Cincuenta artículos bastan para soñar con Los Ángeles, con Jim Morrison y el tango si los escribe Eve Babitz
Haciendo de la nostalgia entusiasmo, Yo era un encanto (2026), de Eve Babitz, recorre la historia de la ahistórica Los Ángeles con el humor y la ironía que solo permite el haber sido sujeto de esa misma historia.
Cuando Eve Babitz se fotografió desnuda jugando al ajedrez con Duchamp tenía veinte años y la intención de ser capaz de ganarle una partida. También, fue con veinte años, cuando conoció a Andy Warhol, es decir, el pop antes del pop, antes de los Beatles. Cuando Eve Babitz conoció a Jim Morrison tenía veintitrés años y el mismo convencimiento que todos de que The Doors no es un buen nombre para un grupo. Cuando Eve Babitz se embarcó en el rodaje de El Padrino II tenía treinta años y el desparpajo suficiente como para dirigirse a Coppola o Al Pacino, hacerles un par de preguntas y luego volver a casa como si nada. En resumen, Eve Babitz supo pasarlo bien, arrepentirse, volver a disfrutar, arder y, ante todo, supo estar en el lugar indicado, siempre.
Contra las etiquetas de la elegancia
Normalmente se suele dibujar a Babitz como la eterna fan/la de detrás de Didion/la alocada fiestera/60s It Girl de L.A. Y seguramente sea cierto. Solo que con otras palabras. Por ejemplo, cuando se habla de Babitz parece ineludible hablar de Joan Didion, de su amistad y sus envidias. Algo en lo que profundiza Didion & Babitz (2026), de Lili Anolik y que Carmen Burné explica con Charli XCX de fondo. Y es que Didion es mucha Didion y a cualquiera nos gustaría que nuestro nombre aparecería cerca de ella.
Pero Eve Babitz vivió una California diferente a la de Joan. No escribió desde detrás, sino desde otro lado. Y no es porque no fueran a los mismos sitios o prefirieran a gente distinta, sino porque Didion usó el lenguaje del que mira, disecciona, vuelve a mirar, manosea y deja hecho, y Babitz se sirvió del lenguaje del que se atreve a posicionarse como sujeto del ridículo y de la broma. Prefirió poner el cuerpo y esa ropa tan de Los Ángeles, tan poco de Nueva York y muy alejado de lo que se considera un escritor. Babitz, como señala Burné, escogió la vitalidad frente al sufrimiento, tan recompensado por la industria editorial. En resumen, Babitz prefirió teñirse el pelo de naranja a llevar un jersey negro de cuello alto.

Otro ejemplo sobre usar las palabras erróneas y que, de alguna manera, también guarda relación con lo que supone teñirse el pelo de naranja: catalogar a Babitz de groupie. La ideología sacrificial del arte ha dejado algo claro y es que construirte como un sujeto ajeno a la sociedad, entregado a las musas y sufriente es más válido que dejarte atravesar por lo mundano y participar de ello. Ser buen escritor, en muchas ocasiones, ha significado encontrar esa cara oscura de la realidad. Y genuinamente, casi siempre, no requiere de mucho señalarla.
Quizá, esto sea muy naif, pero ser capaz de escribir sobre lo brillante o, mejor dicho, dejarse sorprender y convertir lo mundano en brillante, no te convierte en groupie, te hace entusiasta. Eve Babitz se enfrentó al cinismo con un bote de tinte y muchos pares de gafas de sol. Y por ello, cuando señala las virtudes y los peligros de ser James Dean, Babitz no nos ofrece un relato sentimentaloide sino una manera de mirar más allá de los pantalones vaqueros y el pelo despeinado; otra forma de mostrarse apasionada por esos mismos pantalones y ese pelo enredado.
A favor de la primera persona
A veces, escribir sobre libros es tosco y poco emocionante. Igual que escribir sobre lo que está sucediendo. Es más, a veces, una intenta escribir sobre lo que está sucediendo y no lo consigue porque no está en el lugar adecuado, o no se entera, o cree que lo que está sucediendo es importante y una semana después no lo es y tiene varios libros nuevos sobre los que escribir y un rato para pensar en qué es lo que esta sucediendo mientras mira al techo.
A veces, una escribe sobre libros solo por poder leerlos. Y luego desea no tener que pulir durante 45 minutos un titular y una entradilla. Y en casi todas las ocasiones, una se enfrenta a un límite de palabras y a una ninguna posibilidad de utilizar el “yo”, a menos que seas un hombre y lleves muchos años en esto de escribir cierto número de palabras.
Encontrarse con Eve Babitz, con Fran Lebowitz o con Joan Didion es descubrir que, en muchas ocasiones, lo que está sucediendo se vuelve interesante cuando una es partícipe. Lo que está sucediendo, en esto del periodismo, casi siempre va más allá del titular y la entradilla. Requiere de contar cómo se llega allí, a quién se ha conocido para enterarse de aquello, colocar algún chascarrillo bien traído y describir cómo se iba vestida a ese lugar en el que suceden las cosas. Así que sí, Eve Babitz era un encanto. Con sus gorros con flores, sus gafas de sol, su flequillo, sus ansias por pasarlo bien y sus ganas de escribir para que nada, de nada, de nada de lo que había vivido, pudiera jamás caer en el olvido. También, eso es el periodismo.

