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‘La fiesta’: descubrimiento y deseo

Tessa Hadley recoge en La fiesta una nouvelle de aprendizaje atravesada por el ansia de vivir

Como si de una crónica se tratase, La fiesta (Sexto Piso, 2025) de Tessa Hadley narra el recorrido innegociable por el que toda chica parece destinada a pasar a partir de la experiencia de dos hermanas, Evelyn y Moira, que, pese a sus diferencias, atravesarán el mismo camino de formación en apenas un par de jornadas.

Hablar de experiencia femenina suele pasar por nombrar aquella cosa vergonzante de admitir, esa necesidad con semántica construida y envenenada, ese impulso galopante que es la validación y que, sin embargo, resulta inevitable: querer verse reconocida en el otro, saberse vista y buscarlo.

En esta búsqueda confluyen Evelyn y Moira. Una búsqueda que les lleva a preguntarse por qué es aquello que ve un hombre cuando les mira pero también que ven ellas al mirarse. Bajo esta premisa, en menos de cien páginas, logra posicionarse con éxito dentro de la tradición de la nouvelle, a la vez que reformula la concepción de novela de aprendizaje en su intención diacrónica.

Tessa Hadley
Fuente: Sexto Piso

Cuánto esfuerzo lleva esta pose

Cargada de ternura y honestidad, La fiesta logra replicar esa impresión dolorosa y propia de la juventud de sentirse constantemente mirada y, en consecuencia, juzgada. Así, mediante el uso de la narración omnisciente, Hadley presenta los miedos, sueños y percepciones de Evelyn y Moira. Y aúna con gran destreza la complejidad psicológica de dos jóvenes de clase media en las que conviven las ganas de gustar y el deseo por conocer el mundo, por formarse.

Una estudiante de moda, otra de filología francesa. Dos mujeres. «Una mujer», escribe John Berger en Modos de ver:

«Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. Cuando cruza una habitación o llora por la muerte de su padre, a duras penas evita imaginarse a sí misma caminando o llorando. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente.»
Modos de ver, John Berger

Y así viven Evelyn y Moira, examinándose. Mirando hacia dentro y hacia fuera. Y preguntándose si es suficiente. Pero, en este cuestionamiento continuo, Hadley introduce una profunda reflexión en torno al estatuto de credibilidad epistémica de los sujetos feminizados. Al ponerse continuamente en tela de juicio su credibilidad, ya sea mediante las interacciones con otros hombres como a través de la percepción de ellas mismas, La fiesta revela el esfuerzo titánico que supone mostrarse disponible y a la vez sensata, ser una buena oyente y conversadora, ocupar un espacio de enunciación y sentirse legitimada para hacerlo. Mientras… mientras se lucha contra la vergüenza.

Descubrir la banalidad

Todo este esfuerzo atraviesa los tres momentos fundamentales de la novela: la fiesta, la casa familiar y la visita a Paul y al resto de la tropa de burgueses venidos a menos. Y sin embargo, el esfuerzo calculado acaba por mostrarse ridículo. Ambas hermanas acaban seducidas por el hombre que aseguraban despreciar sorprendiéndose a sí mismas y sin haberlo podido siquiera imaginar.

Frente a lo que se espera de una primera experiencia, esta no se presenta como reveladora en tanto construida en el tiempo y la imaginación, sino que su valor reside en la banalidad de la misma. La experiencia del encuentro sexual, tantas veces deseado, se materializa como un deseo posterior de seguir conociendo, como una vergüenza de la que reírse y no por la que martirizarse. El encuentro no es mágico, lo mágico resulta de lo poco que ha significado, lo poco que ha cambiado todo y sin embargo, de las ganas de seguir deseando. Eso sí ha cambiado. Eso es lo que se ha despertado con ellas esa mañana.

De esta manera, Hadley en La fiesta subvierte la novela de aprendizaje ya que con el final de la misma no culmina nada, sino que comienza. Comienza el tiempo del descubrimiento. Del secreto compartido entre ambas. Del deseo irrefrenable por situarse en el mundo. De enfrentarse al miedo por no encontrar ese hueco. Y tiempo después mirar atrás y al recordar, pensar «bueno, al menos ya tengo experiencia».

Tener 20 años es eso. Pensar que hay algo muy grande esperando a que lleguemos y, cuando llega, reírse por lo absurdo, porque nunca pudimos imaginar que sucedería así. Compartirlo con quien queremos y convertir en complicidad lo que en un principio era vergüenza.

 

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