Alexandra Roma firma el desenlace de Sadie y Dacre cuatro años después de los acontecimientos del primer libro.
Dacre ha abandonado la interpretación, mientras que Sadie atraviesa un momento complicado en su carrera. El reencuentro reabre una historia marcada por la tensión, las heridas no cerradas y la compleja relación entre ambos, en un entorno donde la ficción y la vida personal vuelven a entrelazarse.
Pregunta: Cuando hablamos por primera vez sobre esta historia, todavía quedaban muchos secretos por descubrir. Ahora que Cada maldito segundo ya está en manos de los lectores, ¿cómo estás viviendo este momento?
Respuesta: La verdad es que estoy nerviosa, como siempre que se publica un libro o cualquier otro proyecto, y más aún porque este es el desenlace. Por una parte, estoy nerviosa porque, al final, es una parte muy importante de la historia. Pero, por otra, también estoy muy ilusionada, porque creo que, de los dos libros, este es mi favorito. Así que tengo muchas ganas de ver cómo responde la gente.
P: ¿Ha cambiado en algo tu forma de ver esta historia desde que la terminaste hasta que los lectores han empezado a hacerla suya?
R: Creo que sí. Los lectores muchas veces te aportan otro punto de vista. Al final, descubren cosas de tu propia historia y te dicen: «Ah, esto es por tal motivo», cuando, en realidad, a lo mejor tú no lo habías pensado así. De repente, te hacen ver detalles de la historia que ni siquiera habías sido consciente de que estaban ahí.
P: Dijiste que Cada maldito segundo contiene tus escenas románticas favoritas. Ahora que ya está en manos de los lectores, ¿sigues sintiendo que es el libro más especial de la bilogía para ti?
R: Sí, lo sigo sintiendo. Creo que, al final, todos los cierres son el broche final; es el sabor con el que te quedas. Igual que en una película, el inicio tiene que engancharte mucho, porque si no, te aburre; la continuidad tiene que mantener el ritmo para que te entren ganas de seguir leyendo.
Pero, cuando llega el final, es donde están los fuegos artificiales, en todos los finales. Y yo sigo pensando que esta historia, en su conjunto, tiene un final que, por lo menos para mí, es muy especial.
P: ¿En qué momento supiste que ese era el final que necesitaban Sadie y Dacre y no otro?
R: Pues mira, mientras lo estaba escribiendo. Yo quería darles otro final… O sea, es verdad que esto suena muy bohemio, pero en este caso es cierto: ellos han tenido mucha voz propia. Y ella también, porque normalmente yo me considero entre brújula y mapa; tengo bastante planificado, pero también dejo un poco las riendas a los personajes, no estoy ceñida a una escaleta. Sin embargo, en este caso ellos tenían muchísima personalidad.
Yo sí que sabía, a grandes rasgos, cómo quería que fuera el final: si acababan juntos, si acababan separados, qué pasaba con ellos… eso sí lo tenía claro. Pero quería que ocurriera de una manera concreta, y no lo conseguía; estaba como enquistada. No lo lograba.
Y al final dije: «Venga, a ver cómo queréis que acabe». Y me sorprendió. Me gustó mucho más. Sentí que lo mío era impostado, como cuando te imaginas una escena y no encaja del todo, y lo otro era más real. Y creo que por eso también fue incluso más especial y que encajaba mejor con ellos.
P: ¿Qué ha sido más difícil: escribir el primer encuentro entre ellos o escribir la última despedida del lector con estos personajes?
R: Uf. A ver, creo que las despedidas siempre son difíciles. O sea, creo que el primer encuentro es como todo el principio: como cuando empiezan las vacaciones o cualquier etapa nueva; está toda la ilusión, están todas las fuerzas, no hay cansancio, no hay nada. Es como cuando algo empieza y estás en ese momento de inicio.
Sin embargo, en la despedida ya tienes un vínculo mucho más estrecho con los personajes que al principio. En el primero te pueden hacer gracia, pero ahí ya les quieres. Entonces creo que el final es necesario porque, de algún modo, sientes alivio, porque es como «por fin he acabado la historia, lo he logrado».
Pero, por otro lado, te da mucha pena, sobre todo porque, al final, como son las últimas palabras, mientras que al principio todo son posibilidades, estás cerrando una puerta. Entonces es como que quieres cerrarlo de una manera que te diga algo.
P: Han pasado años entre un libro y otro. ¿Quién crees que cambia más durante ese tiempo: Sadie o Dacre?
R: Él, sin lugar a dudas. Yo creo que la gente se va a encontrar con un personaje totalmente distinto. Dentro de sus peculiaridades, porque no puede perder su personalidad. Yo creo que el Dacre del primer libro era una persona egoísta, fría…
Creo que aquí han pasado años, ha madurado, también ha tenido mucho tiempo para reflexionar y se encuentra en un punto distinto al de Sadie. Me refiero a Sadie; por hacer un resumen rápido, ella ha seguido en la actuación. Primero tuvo buenos papeles, pero lleva una temporada en la que lo selecciona mal; entonces está un poquito, digamos, asustada, como cualquier actor cuando se ve en esa tesitura.
Y luego, por otro lado, está Dacre, que dejó de actuar. Entonces no tiene ese miedo a la pérdida; es más libre, no lo tiene. Ella está un poco más… entonces yo creo que Dacre va a ser la gran sorpresa dentro de sus peculiaridades. Igual que decía en el primero que era muy difícil quererle, en el segundo creo que es muy difícil no hacerlo.
P: Si pudieras sentar frente a frente a los protagonistas del primer libro con los del segundo, ¿qué crees que se dirían?
R: Pues yo creo que Sadie se diría a sí misma «confía en ti», y Dacre se diría «bueno, es que tienes que pasar por este camino».
Es que, al final, yo creo que, por muchos errores que cometen, son esos errores los que les llevan a lo que son, ¿sabes? Entonces, creo que lo que ella se diría es “confía en ti” o “no te compliques”, pero él se diría “lo vas a pasar mal, pero tienes que vivirlo”.
P: Después de escribir esta bilogía, ¿ha cambiado tu forma de mirar las promociones, los rodajes o incluso a los actores cuando los ves en una entrevista?
R: Yo creo que siempre les he mirado distinto, porque esta bilogía nace de mi experiencia, ¿no? Entonces siempre he tendido a humanizarlos.
De hecho, me cuesta mucho cuando el mundo, ahora mismo muchas veces, trata a las personas como objetos. Creo que cada vez nos estamos convirtiendo más en un producto; incluso la gente anónima, a través de lo que muestra. Como que tienes que vender una imagen, un producto, y creo que es algo que va a más.
Antes eran, digamos, los cuatro famosos, pero ahora cada vez hasta tu mejor amiga quiere proyectar algo en redes. Entonces sí que es cierto que yo intento humanizarles, porque, por mi trabajo, les he visto fuera de todo eso y no quiero que se me olvide nunca que son personas.
Cualquier persona es fácil de juzgar. Y no sé, yo tengo una regla: no escribas en redes algo que no serías capaz de decirle a la cara, ¿sabes?
P: Has comentado que esta historia te devolvió la libertad como escritora. Una vez terminada la bilogía, ¿te ha cambiado también como autora?
R: Sí. A ver… yo creo que siempre con el primer libro eres más libre, porque al final pones lo que quieres, no tienes esa parte técnica que luego aprendes, que en edición te dicen “esto no va así”, entonces te vas modelando.
Entonces sí que es cierto que llega un punto en el que has recibido tanto feedback por todos lados que es muy complicado no perderte, no intentar complacer, no intentar hacer algo que guste. Yo tuve un bloqueo muy grande por ese tema.
Y con esta historia, que de repente no es igual que las cosas que escribo —porque creo que cada historia es diferente—, fue como volver a hacerme una pregunta. Me la hice con esta bilogía y me la he vuelto a hacer con el proyecto que estoy escribiendo ahora.
Y es: si esta fuera la última novela que vas a escribir, porque no sabes qué va a pasar mañana en tu vida, ¿cuál querrías que fuera? En el caso de esta historia lo tuve claro. Y cuando ahora no sabía con qué ponerme, volví a hacerme la misma pregunta.
De hecho, era un proyecto al que siempre le he tenido mucho vértigo, porque era como «algún día lo escribiré… pero no, por si acaso no sé qué». Y dije: «Es que algún día igual no llega nunca. Pues inténtalo. Si no sale, tampoco se va a paralizar el mundo porque un proyecto tuyo no salga bien.»
P: Si un productor llamara mañana para adaptar Algo como nosotros, ¿qué escena de Cada maldito segundo sería absolutamente innegociable para ti?
R: A ver, si un productor llamara para… bueno, primero creo que me daría algo, ¿no? Pero luego, pensándolo con la mente fría, creo que para adaptar una novela tienen que darse dos cosas, por lo menos en mi opinión.
La primera es marcar líneas rojas, es decir, esto es necesario, porque si no, dices: «¿para qué coges esta novela si lo que quieres es adaptar otra?» Pero luego, por otro lado, hay que ser generosa, porque no es el mismo lenguaje. Tú te puedes tirar tres capítulos en los pensamientos de Dacre, pero en la pantalla tiene que ser una imagen.
Hay una escena que no tocaría ni una coma, y es un baile de máscaras. Todo lo que ocurre alrededor de esa escena, tanto el antes, el durante como el después, me parece muy bonito.
Hay cosas que se pueden ajustar, pero hay momentos que, con el lenguaje del cine, se tienen que respetar en esencia, porque son los que hacen a los personajes ser quienes son.
Por ponerte un ejemplo, el beso de Titanic dura tres líneas de diálogo. A lo mejor en cine hay que cortarlo o simplificarlo, pero dejarlo icónico. Lo importante es mantener lo que los hace ser ellos.
P: Después de despedirte de Sadie y Dacre, ¿hay algún personaje al que todavía sigas echando de menos cuando cierras el ordenador?
R: A ver, a mí me costó mucho despedirme de ellos, porque al final fueron dos años. Yo recuerdo que siempre termino todas mis novelas llorando al escribirlas, y esta la terminé más estoica: «Pues ya he terminado, qué bien».
Total, que ese mismo día por la tarde me fui a llevar a mi niña a natación y, cuando iba volviendo, fíjate hasta dónde estaban interiorizados en mis rutinas… pensé: “bueno, ¿y mañana qué va a pasarles a estos?”. Y de repente caí: «no, mañana no les va a pasar nada, ya está».
Y ahí me puse a llorar, pero fue una sensación de mucha pena, de “¿cómo que ya no?”, de verdad. Mucha, mucha pena, porque después de tanto tiempo…
Sí que es cierto que les echo mucho de menos en sus dinámicas de diálogo y tensión, sobre todo en el segundo libro. Me gustaba muchísimo trabajar eso: cuando, dentro de lo aparente, hay sentimiento, pasión contenida, tensión… y cada diálogo es como una cerilla encendiendo otra.
Entonces sí, les echo de menos, pero también creo que cuando una historia se cierra, hay que dejarla. Nunca digo nunca, pero ahora mismo la historia está finiquitada.


