La Roja jugará la segunda final mundialista de su historia tras un torneo que ha devuelto la ilusión a todo un país
Dieciséis años después de Johannesburgo, España vuelve a estar a un partido de conquistar el mundo. Pero antes de mirar a la Copa del Mundo, conviene recordar el camino que ha llevado a una generación entera a volver a creer.
Mucho más que una final
Hay victorias que se celebran con un gol en el minuto noventa y otras que empiezan mucho antes, cuando un país entero vuelve a sentarse delante del televisor con la misma ilusión de hace años. España jugará la final del Mundial 2026, sí. Pero lo verdaderamente extraordinario ocurrió mucho antes del pitido final frente a Francia.
Ocurrió cuando las plazas volvieron a llenarse de camisetas rojas. Cuando los bares reservaron mesas para ver a la selección. Cuando las conversaciones dejaron de ser sobre el pasado y empezaron a hablar del futuro. Cuando miles de niños volvieron a salir a la calle queriendo ser Lamine Yamal, Nico Williams o Pedri. Porque esta selección ha conseguido algo que ningún resultado garantiza: volver a emocionar a un país.
Un Mundial construido paso a paso
Nada ha sido fruto de la casualidad. España comenzó el campeonato mostrando una identidad reconocible: posesión, presión alta y un fútbol valiente. Partido a partido, la selección fue creciendo hasta convertirse en uno de los equipos más sólidos del torneo. Pese a que el inicio del Mundial 2026 no fuese el soñado.
En la fase de grupos llegaron los primeros goles, las primeras exhibiciones y la sensación de que este equipo tenía algo diferente. En las eliminatorias aparecieron la madurez competitiva, la capacidad para sufrir y el talento suficiente para resolver los momentos decisivos. La semifinal frente a Francia terminó por confirmar lo que el Mundial llevaba semanas insinuando: España volvía a estar preparada para competir por el mayor título del fútbol.
Los protagonistas de un sueño
Cada gran selección necesita héroes. Lamine Yamal ha vuelto a demostrar que la edad solo es un número cuando el talento habla. Nico Williams ha convertido cada carrera en una amenaza constante. Pedri ha recuperado esa elegancia que hace sencillo lo imposible, mientras Rodri ha seguido siendo el futbolista que sostiene todo el edificio desde la calma.
Pero este Mundial también ha sido el campeonato de los menos esperados. Futbolistas que han aparecido cuando el equipo más los necesitaba, recordando que los títulos nunca pertenecen únicamente a las estrellas, sino al colectivo: Mikel Merino, Pedro Porro o Dani Olmo son aquellos de los nombres que conforman este sueño.

Y por encima de todos ellos, Luis de la Fuente. Un seleccionador que apostó por un grupo, soportó las dudas y terminó construyendo un equipo convencido de sí mismo.
Del legado de Luis Aragonés a la España de Luis de la Fuente
«Ganar, ganar y volver a ganar.»
La frase de Luis Aragonés nunca fue únicamente una declaración de ambición. Era una forma de entender el fútbol y, sobre todo, de convencer a una generación de que España podía competir sin complejos contra cualquiera.
Aquella semilla dio lugar a la Eurocopa de 2008, al Mundial de 2010 y a la Eurocopa de 2012. Hoy, casi dos décadas después, el espíritu sigue vivo.
No porque esta selección juegue igual ni porque tenga los mismos futbolistas, sino porque vuelve a creer en una idea colectiva. Porque vuelve a competir sin miedo. Porque ha recuperado la confianza que durante años pareció haberse quedado en Sudáfrica.
Dos generaciones separadas por dieciséis años
En 2010 estaban Casillas, Puyol, Xavi, Iniesta, Villa o Sergio Ramos. En 2026 aparecen Unai Simón, Cubarsí, Rodri, Pedri, Nico Williams, Lamine Yamal o Mikel Oyarzabal. Compararlas sería injusto. Son tiempos distintos, rivales distintos y un fútbol completamente diferente.
Pero ambas generaciones comparten algo imposible de medir con estadísticas: consiguieron que millones de españoles aparcaran durante noventa minutos cualquier preocupación para reunirse alrededor de un balón.
En 2010, muchos niños soñaban con marcar el gol de Iniesta. Hoy, otros tantos intentan imitar los regates de Lamine en cualquier parque de España. Así es como empiezan las historias que terminan siendo inolvidables.
Un país otra vez unido por un balón
Pocas cosas tienen la capacidad de reunir a tanta gente como la selección española. Durante este Mundial han vuelto las banderas a los balcones, las pantallas gigantes en las plazas, los abrazos entre desconocidos después de cada gol y los mensajes imposibles de responder en los grupos de WhatsApp.
Durante unas semanas han desaparecido las diferencias. Solo ha existido un objetivo común: seguir soñando. Eso también forma parte del fútbol. Y quizá sea el mayor triunfo de esta selección.
Noventa minutos para la eternidad
Ahora solo queda un partido. Argentina será el último obstáculo entre España y la segunda estrella de su historia. Puede que el domingo termine con una celebración inolvidable o con una derrota dolorosa. El deporte siempre deja espacio para ambas posibilidades.
Pero ocurra lo que ocurra, esta selección ya ha conseguido algo que permanecerá mucho después de que se apague el marcador: ha devuelto a millones de españoles la ilusión de creer que todo es posible cuando once futbolistas visten la misma camiseta.
Porque hay Mundiales que se recuerdan por quien levanta la copa. Y otros por el país que consiguieron volver a unir.


