Los manteros y vendedores ambulantes se buscan la vida de forma digna ante la mirada de la ley y de ciudadanos que a menudo no respetan su trabajo
Hay una serie de factores determinantes para los vendedores ambulantes. En primer lugar, el redundante hecho de que estás precisamente ahí, en la calle. Si hace frío, hay que aguantarse. Si hace calor, también. Y si hay tormenta, ni te digo. O coges el paraguas para cubrir el producto u otro día que no vendes nada. Además, los permisos para poder vender son muy tediosos y, encima, la mayoría de ellos tienen que estar pendientes de que la policía no les pille vendiendo.
No conforme con ello, los vendedores se enfrentan no solo a la ley, sino a las miradas furtivas de muchos transeúntes. “Es que no entiendo por qué tienen que ponerse aquí en medio de la calle molestando al que pasea”, comentaba Alberto, un peatón no muy empático que paseaba por la calle Montera, en el centro de Madrid. Los hay, por supuesto, que apoyan a este colectivo. Como Elisa, que defiende el trabajo de los comerciantes callejeros, y de hecho comenta que “compra siempre que puede”.
Alambre para salir adelante
Al subir la calle Fuencarral desde Gran Vía en busca de algún vendedor, me encontré con una mujer que estaba sentada en una caja de cartón explicándole a dos señores de unos sesenta años cómo realizaban y vendían el producto que tenían encima de una manta en mitad de la acera. No eran camisetas de fútbol, ni bolsos, ni siquiera colonias. Eran figuras de alambre: hormigas, mariquitas, arañas… Esta técnica se denomina «alambrismo» y se caracteriza por el uso de un tipo de aluminio moldeable que facilita el trabajo de manualidades y creaciones de bisutería.

Comenta la mujer, que no supera los cuarenta años, rubia y con expresión jovial, que ella no es quién puede dar la mejor visión sobre su trabajo, sino su marido, que se encontraba a diez metros del puesto jugando con sus hijos. También con un aspecto risueño, su mujer le llamó y se acercó mientras empujaba un carrito de bebé con dos compartimentos, en el cual dos hermanos, que no superaban los tres años, estaban jugando con el móvil.
Cristian, con paso firme y rimbombante, que saca una sonrisa a cualquiera que pase a su lado, se abre a hablar sobre su experiencia. Lo primero que le sale al preguntarle es: “La calle es muy dura, hay mucha gente que te acepta y otra que te mira por encima del hombro como si tú fueras menos que esa persona”. Comentaba que parte de la sociedad tiene una creencia, falsa, de que los vendedores como ellos malviven y piensan que “estos se sacarán mil euros”.
Rebosante de humildad y modestia, afirmaba que en la actualidad gana entre 2.000 y 3.000 euros al mes, lo cual le permite vivir y criar a su familia cómodamente. “La gente te mira como si estuvieras cobrando una mierda, te mira así de mala gana porque a lo mejor llevo unas zapatillas sin marca, cuando lo cierto es que si quiero me compro las que valen 500 euros. Pero uno es más humilde”, recalcó. Lleva diez años vendiendo estas figuras por la calle. A veces es complicado, comentó, debido a factores climáticos, policiales o externos. “La gente, con el tema del alcohol, pasan y destrozan el paño, o hacen bromas, o me destrozan piezas porque las pisotean”, explicó. El trabajo que hace lleva mucha labor y tiempo que podría estar dedicando a su familia. De hecho, está enseñando a su mujer esta técnica, pues ella se interesa en aprender la pasión de su marido y ayudarle siempre que pueda.
“Yo al principio cerraba el paño, me iba con mil euros y dormía en la calle”, alegó Cristian. Llegó a esa situación tras abandonar el domicilio de su madre después de una trifulca. Ambos se drogaban, a menudo juntos, y fue a raíz del encuentro con un hombre que realizaba esta técnica en la calle lo que le llevó a aprenderla. Es como si Dios le hubiese enviado una señal. Un día se puso una tela en la calle y comenzó a vender. “Me han fallado mi madre, mi hermano… pero mis piezas nunca, es mi tarjeta de crédito; y hay mucha sensibilidad detrás de lo que se ve”, afirmó.
Destacó, además, la libertad de movimiento que le ofrece su trabajo. Si le va mal, si viene época de tormentas, o si quiere un cambio de aires, coge su manta y se mueve a otra ciudad. Ha estado en Bilbao, Málaga, Zaragoza, etc. Le gusta, es su vida. Concluyó: “Tú puedes sacar a un hombre de la calle, pero la calle de un hombre no la puedes sacar. Estoy fuera de lo que ves, fuera de la sociedad, hay una burbuja que me separa de vosotros”.
En la acera también crecen las flores
En otra parte de la zona centro se encuentra Lina, que regenta un quiosco de flores en la plaza de Tirso de Molina. Muy característica es la imagen de ella cortando el tallo sobrante de un ramo con el que un chico se declarará finalmente a la persona con la que lleva tanto tiempo quedando. O el amigo que quiere darle una sorpresa a otro por haber conseguido eso que tanto ansiaba. O, en la otra cara de la moneda, el ramo que va a acompañar a una corona de crisantemos con una banda en la que se lee: “Recuerdo de tu esposa, hijos y nietas”.
El puesto de flores es un quiosco tradicional, al uso. Como los que había cuando compraban nuestros abuelos el periódico. Lugares que, aunque escasean cada vez más, transmiten una esencia y estampa única. Se encuentra, además, en una zona privilegiada de la plaza, que da la bienvenida a todo el que salga de la boca de metro. Seguro que más de un turista se ha llevado de vuelta a casa un retrato de este rincón en su cámara.

Lina ha conocido multitud de historias. “En este campo es muy general el público, vienen desde niños, adolescentes, personas de mediana edad hasta mayores, que vienen muchísimos”, comentaba. Todos los días se le presentan situaciones, caras y sentimientos diferentes. “Una vez vino un señor muy nervioso a pedir el ramo más bonito para que lo entregáramos a domicilio. Después vino un hombre enfadado y con ese mismo ramo en la mano a preguntar quién había mandado ese ramo porque su destinatario tenía pareja. Muchas veces pienso: ¡Vaya tela!”, contó Lina.
Se nota inmediatamente en la manera de pedir las flores por qué las compran. Por ello que el trato cambie notablemente. Aun así, según ella, las miradas del exterior dependen de la cultura de donde venga la persona. Es muy común en la cultura europea el encontrar vendedores callejeros. Por eso hay más respeto y comprensión, casi nunca un trato despectivo. Sin embargo, “según la cultura americana, centro, norte y sur, ven un poco raro estar vendiendo en la calle”. Comentaba también que incluso su grupo de amigos, latinos al igual que ella, veían raro al principio que estuviera vendiendo en un puesto de la calle.
Cuando se vende en la calle, las personas piensan que todos los precios son negociables, y lo cierto es que no; la política en este tipo de comercios es trabajar precios económicos para brindar una mejor atención. Están, de hecho, muy estudiados para tener beneficios. Y cuando hay mucho aire o tormenta eléctrica, Lina se ve en la obligación de cerrar o incluso de no abrir en todo el día debido a que “las sombrillas no lo soportan”. Además, en verano, las ventas caen mucho debido a que las flores, con temperaturas extremas, sufren y las personas no pasan tanto tiempo ni hacen tantas actividades en la calle.
En cuanto a la obtención de la licencia fue una “diligencia larga”. Obtuvo la plaza a través de un concurso del Ayuntamiento en el que salió elegida. Aun así, tuvo que cumplir con multitud de requisitos y “trampillas de estas que te piden un papel y no puedes hacer nada hasta que no lo consigas, y así sucesivamente”, tal y como dijo Lina. Lleva un año alegrando la plaza con el color de las flores y, según su permiso, podrá seguir haciéndolo durante cuatro años más.
“El mes de octubre, de castañas y setas se cubre”
En la plaza de Jacinto Benavente, en pleno centro madrileño, había un trabajador removiendo castañas en un puesto pequeño a la entrada hacia calle Carretas. Abre seis meses al año, de octubre a marzo. Los otros seis, viaja de feria en feria en distintos puestos de hostelería. Es de origen venezolano, está a punto de jubilarse e irradia una felicidad que todo vendedor querría tener. Piropea de buena gana a la mayoría de sus clientes. “Adiós, guapa”; “chao, majo” o “que tengas un día tan bueno como estas castañas”, son algunas de las expresiones que dice al entregar la bolsa de doce castañas por dos euros.
En su caso no tiene problemas de permiso. “Nosotros tenemos nuestro permiso y la policía lo sabe. Aunque hay seis meses que no se abre y aun así hay que pagarlo por el espacio que se está usando”, afirmó el vendedor. Tienen que contrarrestar entre ventas y gastos porque “este año está muy extraño, y las ventas fatal”. Los meses que ha estado en las ferias vendía hamburguesas. Pero vendía la mitad de ellas porque las ventas han caído. Steven comentaba que no sabía “si la gente había cogido miedo a la comida en la calle o qué”, pero que no fueron ni la mitad de los que estaban acostumbrados.
En cuanto al trato que ha recibido a lo largo de su carrera, que no ha sido precisamente corta -trabaja desde hace 30 años como vendedor ambulante- comenta que “hay de todo, desde muy bueno a muy déspota, o borde como dicen ustedes”. Hace poco vino un señor que, recién sacadas las castañas del fuego, le dijo que estaban frías. “Imposible, las acabo de sacar del fuego” le respondió educadamente Steven, a lo que el cliente contestó: “¿Pero estás tonto o qué?”. Al tiempo, le llegó una denuncia de ese mismo comprador. “Increíble, es increíble”, concluyó el comerciante.
Persecuciones a lo “Tom y Jerry”
En la misma plaza de Lavapiés se me acercó un hombre y me dijo: “¿Quieres una lata de cerveza a un euro?” Le agradecí la propuesta y aproveché para entablar una conversación con él. No se fió mucho y estuvo reticente en contar su experiencia como vendedor ambulante. “No, amigo, no quiero responder a nada”. Estaba constantemente pendiente de que la policía no le viera vender las latas verdes de Mahou que llevaba en una bolsa blanca de plástico. Indagué y me dijo que era procedente de Pakistán. Tenía una actitud alerta y desconfiada y apenas quiso decir nada más. “Es duro, es duro”, repetía. Ni siquiera quiso decir su nombre.
Es el juego del ratón y el gato. Este joven, que no pasaba de los 30 años y transmitía frialdad y lejanía -aunque a su vez compasión- estaba más pendiente de no ser pillado que de vender sus propios productos. Estas son las consecuencias de una venta ilegal que, lejos de ser protegida por las autoridades, es perseguida de forma tenaz. El 15 de marzo de 2018, Mame Mbayé, que llegó a España tras saltar la valla de Melilla en 2004, murió de una parada cardiorrespiratoria mientras era presuntamente perseguido por la Policía Municipal de Madrid, aunque otras fuentes declararon que ocurrió cuando volvía a casa después de su jornada de venta ilegal de productos de perfumería.
Los hechos sucedieron cuando el senegalés estaba supuestamente con dos compañeros en la Plaza Mayor de Madrid y los agentes les pidieron la documentación. Los manteros huyeron rápidamente, pues acostumbraban a reaccionar así para evitar ser sancionados, y, tras recorrer el camino desde la plaza hasta la calle del Oso, cayó desplomado.

La misma noche en la que Mbayé murió se produjeron disturbios en Lavapiés tras los rumores de que el incidente había sucedido a causa de la brutalidad policial. Hubo enfrentamientos con los vecinos y destrozo del mobiliario urbano y vehículos, lo que derivó en la carga de los antidisturbios frente a los manifestantes. Fueron heridos diez policías nacionales, seis locales y cuatro civiles, además de la detención de seis personas.
Varios colectivos homenajearon su muerte tiempo después. Madrid Street Art Project, asociación que difunde y promueve el arte urbano en Madrid, realizó un grafiti en la Plaza de la Corrala. Esta obra fue aprobada por el Ayuntamiento presidido por Manuela Carmena en 2019. Un año después, el consistorio gobernado por el Partido Popular hizo desaparecer el grafiti debido a que podía estar incitando al odio y alentando la conflictividad que había en esa zona de la ciudad.

En 2003, se estableció en el Código Penal que la venta de material falsificado tenía como consecuencia la prisión. De hecho, alrededor de 550 manteros fueron encarcelados entre 2003 y 2010, año en el que se retiró el “top manta” como delito y se tradujo en multas. En 2015, sin embargo, el Partido Popular reformó la ley y le devolvió el carácter penal y el castigo de prisión. Un constante avance y atraso por la causa y lucha política. Tras la muerte de Mbayé, Podemos planteó que se volviese a castigar con multa en vez de prisión, siempre y cuando las ganancias por la venta fueran menores a 400 euros.
La venta callejera tiene su propia organización que defiende los derechos del trabajador: el Sindicato de Manteros. Según la RAE, las organizaciones sindicales son “Asociaciones de trabajadores para la defensa y promoción de sus intereses”. En España hay dos organizaciones principales: el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes, en Barcelona y Pantera, el de manteros Madrid. Ambos, además, cuentan con su propia tienda de ropa, en la cual promueven lemas como «Legal Clothing, Illegal people» («Ropa legal, personas ilegales»).

Hay de todo…
Cada vendedor ambulante tiene su propia historia. Unas más conmovedoras que otras, pero todas tienen algo en común: el camino es largo y tedioso. Nadie regala nada, eso es un hecho, pero ellos han tenido que regalar y sacrificar su tiempo para hacerse un hueco en la calle.
Lluvia, viento, persecuciones, miradas despectivas, buscarse la vida como sea. Pero también honestidad, clientes amables, vitalidad y sonrisa al público. Lo decían todos los vendedores con los que hablé: “Hay de todo”. Sí, habrá de todo, de todo menos apoyo legal a estos vendedores. O de todo menos facilidades burocráticas para tramitar permisos. “Hay de todo”, sí, de todo lo posible por que no te vean las autoridades; o de aguantar que un grupo de borrachos te pise los productos que hay encima de la tela. Muchas veces hay de todo menos respeto.


