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Ha pasado un año desde el fin del mundo

Hace un año que cambió la realidad y la sociedad se aferra a que este es un cambio finito, pero ¿y si esta forma de vida es para siempre? ¿Cuánto tiempo podemos mantener la ilusión de volver a la normalidad?

Es marzo y los días empiezan a ser más largos. Han florecido los almendros frente de la facultad de ciencias. Se acerca el verano. El otro día en el gimnasio una chica decía: “Estuve seis meses sin ver a mi abuela y ha muerto igual.” Es marzo y va a cumplirse un año del fin del mundo.

“Debí haber ido a verla” seguía. “¿De qué ha servido no hacerlo?”. Hace un año que los estudiantes de la capital volvieron corriendo a las provincias. Porque era mejor estar encerrado en la casa del pueblo que en un piso de 30 metros en Tetuán. Pero ahora Madrid es la única comunidad en la que el dinero vale más que la vida y los estudiantes han vuelto a la capital. Porque para los estudiantes, como para el pequeño Kenny McCormick, la vida es infinita pero no lo es el dinero. Gobierno y autonomías se deshacen en un tira y afloja publicitario por tomar las decisiones correctas. Ahora la pregunta de la chica tiene sentido. ¿Merece la pena no vivir para vivir luego?

¿Y si no existe un luego? Todos a mi alrededor sueñan con el final de la pandemia como si esta es la única fuerza que los mueve a continuar. En redes se acumulan mensajes que idealizan ese día. Los locos años 20, predice Nicholas Christakis. “De desenfreno sexual, de derroche económico.” Quiero llamar a Christakis y decirle: «¿Qué harás si esos años no llegan?». Si basamos nuestra felicidad en un hecho futuro, ¿qué haremos si no ocurre?, ¿nos lanzaremos al vacío desde los rascacielos de Wall Street? Las plásticos que nos cubren la cara, la ausencia de contacto físico, la despersonalización. ¿Y si esta es la forma que adopta ahora la vida? ¿Y si es para siempre? ¿Cuántos años puedes seguir siendo feliz sobre la proyección de un futuro que nunca llega?

¿Cuántos años puedes seguir siendo feliz sobre la proyección de un futuro que nunca llega?

Ahora sabemos que la cepa del virus muta. Si tardáramos más en producir una respuesta para las nuevas variantes del virus, de lo que el virus tarda en mutar, entraríamos en un ciclo. De momento es poco probable -se habla de la posibilidad de adaptar las vacunas en seis semanas-, pero es un futuro a considerar y apenas he leído esta idea en prensa o en redes: quizás la vida anterior nunca vuelva. Y apenas he leído esta idea porque es dura y triste y nadie quiere oírla. Nuestra vida puede no volver a ser como antes.

¿Tiene sentido entonces tomar todas estas precauciones? ¿Y si estamos cuidando un mañana que no existe? ¿Y si dejo de ver a mi abuela para protegerla y ya no vuelvo a verla? “No pudimos enterrarla”, dijo luego la chica del gimnasio.

Pero creo que la paciencia de la población es finita y sólo hay dos escenarios posibles. El primero es que los locos años veinte lleguen, haya acabado o no la pandemia. Y si no ha acabado, será una etapa de caos y de crispación social, de manifestaciones, de violencia.  La vida misma se volverá precaria y los valores deberán reescalarse. Ahora estamos viviendo el inicio de este período.

El otro escenario es la oclusión de la conducta humana. La huida hacia el interior, alejándonos de la vida social y aceptando el papel sumiso de la hormiga en un escenario post apocalíptico. Donde la rabia sea contenida y se repita que ahora “estamos mejor”. Que la pandemia te ha dado la oportunidad de desarrollarte en soledad y ahora has aprendido a pintar con acuarelas o a hacer pan. Pero nada es más falso que está felicidad de plástico. Si te dieran a elegir, volverías al mundo anterior. Porque prefieres ser un animal social que saber hacer pan.

Ha pasado un año del fin del mundo y ahora hago pan mientras escucho a Ozuna romantizar cuando los clubes estaban abiertos. Me siento el perrete del meme que bebe café mientras su casa esta en llamas.

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