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Tenemos un grave problema con el porno

Las repercusiones de consumir pornografía son tremendas especialmente en los más jóvenes

Los datos nos muestran que las agresiones sexuales, las infecciones y enfermedades de transmisión sexual y los trastornos psicológicos derivados del sexo están al alza en nuestro país. Más aún entre los adolescentes. Lo más sorprendente es que esto suceda precisamente con la generación que mayor y más fácil acceso ha tenido a la información y educación sexual. No podemos evitar preguntarnos: ¿qué impacto tiene el consumo de porno en todo esto?

En nuestro país son denunciadas 55 agresiones sexuales y 14 violaciones cada día según el Ministerio de Interior. Además, de acuerdo con la Fiscalía de Menores, este tipo de actos han aumentado un 116% entre adolescentes. En los últimos tiempos, numerosas fuentes autorizadas han comenzado a apuntar al consumo, cada vez más temprano, de pornografía como uno de los factores de riesgo que conducen a este tipo de comportamientos y otros de su misma naturaleza.

Un estudio realizado por la organización Save the Children muestra que siete de cada 10 adolescentes ven material pornográfico regularmente en nuestro país. Más preocupantes se vuelven los datos cuanto más afinamos el muestreo. El 53,8% de los menores de entre 12 y 15 años reconocen haber tenido su primera toma de contacto con el porno sin haber cumplido los 13. La media de consumo son los 12 años. En ocasiones, lo ven antes de llegar a la Educación Secundaria. El entorno digital se ha vuelto poco seguro para los menores en la etapa más determinante de su desarrollo, evidenciando que es necesaria una educación afectivo-sexual adecuada y cada vez más temprana, tal y como lo es la exposición a este tipo de contenidos.

Gráfica de respuestas de los adolescentes encuestados ante la pregunta «¿Has visto alguna vez pornografía?» | Fuente: Save The Children

¿Cómo afecta a los adolescentes?

La edad en la que comienza el consumo de material pornográfico es cada vez más baja. La sexualidad, la orientación sexual, la afectividad y las formas en las que estas regulan nuestra identidad y comportamiento se conforman durante la adolescencia. Es una etapa fundamental para la educación afectivo-sexual de una persona. El problema es que, con la llegada de Internet, cada vez se consume más pornografía y se hace antes. En el último mes, el 81,6% de los chicos de entre 13 y 17 años han visto porno y el 40,4% de las chicas.

La imaginación, la sensualidad y la autoexploración son factores clave a la hora de desarrollar una sexualidad saludable. El doctor Miguel Ángel Rando, psicólogo clínico, sexólogo, exdirector del Servicio de Atención Psicológica de la Universidad de Málaga y docente en esa misma institución encuentra preocupante el consumo de este material explícito, antes incluso de haber tenido las primeras experiencias sexuales. Por eso explica: «actualmente muchos adolescentes consumen pornografía antes de haber experimentado relaciones sexuales de cualquier tipo, con lo cual la pornografía se ha convertido en su educador sexual, y en grandes cantidades».

«¿Qué más da? Si es solamente ver un vídeo un par de veces por semana», se podría pensar. Parece que una cosa tan pasiva como observar no va a tener ningún perjuicio en sus vidas pero, por el contrario, el 52,1% de los jóvenes reconocen que la pornografía ha tenido una influencia clara en su desarrollo. Tanto así que la línea entre la realidad y la ficción que representa el porno no está muy clara. Casi el 55% de los adolescentes afirman que les gustaría poner en práctica lo que han visto en los vídeos. A menudo lo hacen y, a menudo también, sin consentimiento de sus parejas.

Gráfica de respuestas de los adolescentes encuestados ante la pregunta «¿Has consumido porno en los últimos 30 días?» | Fuente: Save The Children

Su efecto en la educación

Hay que ver si es importante poner la educación sexual de los jóvenes en el punto de mira, ya que el 37% se informa sobre sexualidad en Internet. ¿Tan deficiente es la información que les dan —y a veces ni siquiera les dan— en los institutos, que tienen que descubrir la sexualidad online? Puede ser que los talleres que se imparten no consigan saciar su curiosidad, tal vez porque su único objetivo suele ser la prevención de embarazos e ITS, que tampoco consiguen, como veremos más tarde. Todo apunta a que necesitamos reformar el modelo educativo que aplicamos a los adolescentes en materia afectivo-sexual, pero ¿cómo?

El doctor Rando explica que «una adecuada educación sexual debería incluir la eliminación de muchos mitos sexuales (uno clásico es seguir hablando de orgasmo vaginal y clitorideal en las mujeres). Debería analizar qué miedos tiene cada persona respecto a su sexualidad. También debería ampliar el abanico erótico de las personas hacia conductas altamente placenteras y que no están basadas únicamente en la genitalidad, en la penetración y el orgasmo (caricias, masajes, expresiones, etc.). También debería informar de la amplia gama de conductas sexuales que pueden existir y que son sanas y adecuadas».

Es decir, habría que buscar dejar de reducir estas charlas al hecho de ponerse preservativo porque, a la vista está, no es suficiente. El objetivo ha de ser explicarles a los jóvenes la sexualidad como un aspecto inherente a la vida humana que se expresa en multitud de campos y que tiene una gran importancia.

Uno de los jóvenes entrevistados para el presente artículo revela que «toda educación sexual que tuve a través de mi colegio o de los profesores era profundamente heterosexual y estaba condicionada por el pensamiento religioso». Otro testimonio cuenta que, a las charlas en su instituto, «les falta todo lo demás a saber poner un condón». Más preocupante es aún que, incapaces de recibir una formación a la altura de sus expectativas, 4 de cada 10 consideren que la pornografía es una buena fuente de aprendizaje. Algo estaremos haciendo mal como sociedad. Tal y como nos dice el doctor en sexología: «el porno no es precisamente un buen educador sexual debido a los sesgos de género que introduce (rol de dominación masculino, sexo agresivo hacia la mujer, excesiva genitalidad de la sexualidad en detrimento del erotismo y la sensualidad, etc.)».

La ausencia de afectividad

Estamos centrando la educación de los jóvenes exclusivamente en el acto sexual en sí, en su mecánica básica, y nos olvidamos de su dimensión afectiva, dándole la razón al porno. Si no educamos en el mundo de los afectos, ¿cómo queremos que los desarrollen de una manera sana? En la pornografía no hay ni un ápice de cariño, cuidado o delicadeza, factores indispensables para cualquier relación sexual, dado el nivel de vulnerabilidad e intimidad que representan. Sin afectividad es complicado que encuentren en el sexo un lugar seguro.

En el porno no hay manos, se esconden o sacan estratégicamente del plano. No las hay porque estos contenidos no buscan la sensualidad, sino la penetración. El único contacto mostrado en cámara durante la mayor parte de las escenas es el del miembro con la cavidad penetrada. Si dejamos la educación de los jóvenes en manos del porno, van a terminar entendiendo que el sexo es únicamente lo que pasa mientras un pene se introduce en una vagina. Otro de nuestros entrevistados nos decía que, en su experiencia, los hombres «tan solo quieren metértela, como si el placer sexual sólo pudiese articularse a través de la posesión» (volvemos a esa idea de dominar al otro).

La normalización de la violencia

Ya solamente atendiendo a la etimología de la palabra «pornografía», nos damos cuenta de su relación con la dominación masculina. Viene del francés pornographie que, a su vez, se conforma de dos elementos traídos del griego antiguo: porné, «prostituta», y graphô, «grabar». Es decir, la pornografía es la grabación de la prostitución. El porno no es una representación de un acto sexual saludable, es la ejemplificación de la esclavitud sexual violenta y despótica del hombre sobre la mujer. Es más grave aún porque, aunque no entraremos en este tema, rara vez se podría demostrar que quien vemos en escena está allí por voluntad propia o sea mayor de edad.

El problema, como nos cuenta el doctor Rando, es que el porno «normaliza conductas violentas haciéndolas pasar por «excitantes» y muy en especial de hombres hacia mujeres. Por lo tanto, sí que aumenta la aparición de estas conductas» (bofetones, escupir, azotar, agarrar del cuello…). Se naturaliza el daño y la violencia, de tal manera que los chicos empiezan a identificar el placer sexual con la intensidad de esas dinámicas y, como con cualquier proceso dopaminérgico, van necesitando subir la dosis. Cuando los límites se desdibujan, entramos en un terreno muy peligroso.

El olvido del consentimiento

Si en el porno no vemos ni siquiera las manos, menos aún algún indicio de consentimiento. Todo lo contrario, las expresiones y sonidos que emiten las actrices están más relacionados con el dolor, el desagrado y la incomodidad, entrando estos gestos en el imaginario de excitación de los varones. Una práctica de riesgo es aquella que puede afectar al bienestar y la integridad de una persona. Además de reducir la exposición a la violencia, es necesario proteger la salud psicológica. Toda relación sexual debe ser consensuada mutuamente durante todo su desarrollo. Esto quiere decir que, en cualquier momento, ha de existir la posibilidad de detenerla sin que medie ningún tipo de presión o amenaza, ya sea explícita o implícita. Y el porno, lejos de enseñarnos esa responsabilidad, nos demuestra todo lo contrario.

El mayor peligro es que se comience a articular el deseo en torno a lo que se ve en las páginas web pornográficas. Se corre el riesgo de que interpreten que el consentimiento, los límites o las preferencias no tienen que ser tenidas en cuenta e, incluso, que se llegue a erotizar la insistencia o las relaciones forzosas. El 70,3% de los chicos admiten que hay violencia en el porno, en el caso de las chicas es el 73,5%. Pero, si retiramos del conteo a los varones homosexuales y bisexuales, este porcentaje baja hasta menos de la mitad. Es decir, menos del 50% de los chicos heterosexuales son capaces de reconocer que el 88% del contenido sexual en internet muestra agresiones físicas o conductas delictivas.

Los desafíos para la salud

Lo que el porno y la sociedad dicen a las chicas es que solo llegarán a ser dignas de amor y respeto si son capaces de ser deseadas sexualmente. Es decir, entran en una dialéctica en la que se entiende el cuerpo como un bien de mercado, se le da una finalidad: el consumo. Las implicaciones que una narrativa como esta pueden tener en su salud son desastrosas. Esto deriva en que la autoestima dependa del éxito sexual y adoptar una posición de servidumbre afectiva. Lo que, tristemente, ante la dictadura de la imagen corporal, de la rectora mirada masculina, suele desembocar en los TCA. Los datos son muy ilustrativos: 9 de cada 10 personas con un trastorno de la conducta alimentaria son mujeres.

En el caso de los chicos, si toman como referencia todo lo que ven en su página porno de confianza, terminarán creyendo que su valor social depende de sus conquistas sexuales y de su desempeño en las mismas. La virilidad se erige en su capacidad para la penetración. Si quieren estar a la altura de lo que ven, poder competir con los referentes que tienen en pantalla, necesitan tener un pene de proporciones heroicas, erecciones perpetuas y la capacidad de someter sexualmente a sus parejas con la mayor de las facilidades, plegándolas como si, en lugar de sexo, estuvieran practicando papiroflexia.

Además, si antes hablábamos de la intensidad ascendente en las escenas pornográficas que buscan, esto tiene un poder destructivo muy alto. Tal y como relata el doctor Rando «se habitúan a unos niveles muy altos de excitación conseguidos de forma muy rápida. Cuando tenemos relaciones sexuales “reales” la excitación no es tan rápida y contiene momentos de baja intensidad y esto provoca que aparezcan trastornos sexuales de excitación. Nos estamos encontrando en las consultas de sexología con un aumento de trastornos de excitación masculinos y en sujetos más jóvenes de lo que encontrábamos hace algunos años».

Vamos muy atrás en la prevención de ITS

Si uno de los errores que hemos apreciado en la educación sexual es la exclusividad de su enfoque en la prevención de infecciones sexuales, ¿cómo es posible que estén aumentando? En muchos institutos estas jornadas se reducen a cómo evitar un embarazo. Puede ser que esto tenga algo que ver con el aumento de chicas que consumen o se implantan métodos anticonceptivos. Ante el desconocimiento, lo que un joven puede pensar es que si la mayor preocupación era un embarazo y ella lo evita de esa forma —con las consecuencias que eso puede tener para su salud— no hay nada más de lo que preocuparse.

Gráfica de respuestas de los adolescentes encuestados ante la pregunta «¿Utilizas preservativo u otro modo de prevención?» | Fuente: Save The Children

Pues no. Puede ser que con los anticonceptivos hormonales se eviten los embarazos, pero en ausencia de los métodos barrera —tales como los preservativos—, se permanece en peligro de una infección de transmisión sexual. En los tiempos de la generación más informada de la historia, insistimos, parece mentira que el 46,1% reconozca que no siempre utiliza protección cuando tiene relaciones sexuales. Sobre todo, cuando el Ministerio de Sanidad pública sus Informes anuales de Vigilancia Epidemiológica sobre este tipo de infecciones y, año tras año, seguimos batiendo récords.

En 2022, hubo en España 788 nuevos casos de VIH en edades comprendidas entre los 15 y los 29 años, un 26,6% del total de positivos. Si tenemos en cuenta las tendencias y otros tipos de enfermedades, nos daremos cuenta de la gravedad del asunto. Desde el año 2016, los casos de sífilis han aumentado un 241% y los de clamidia un 366%. De esta última, el 37,7% de los diagnósticos fueron en jóvenes menores de 25 años. Si en lo único que estamos centrando la educación afectivo-sexual es en la prevención de enfermedades y ni eso lo hacemos bien, ¿para qué estamos perdiendo el tiempo? Por cierto, ¿alguien ha visto un condón en un vídeo porno alguna vez? ¿No? Por supuesto. Es raro encontrárselos.

El porno es una droga

Como todas las actividades relacionadas con una excesiva segregación de dopamina, el consumo de pornografía puede ser muy adictivo. Tal y como cuenta en su último libro la psiquiatra Marian Rojas Estapé, la liberación de esta hormona cuando se ve porno es tan alta que genera una tolerancia y exige cada vez más exposición e intensidad. Altera tanto nuestro sistema de gratificación que dejamos de experimentar placer con actividades más sencillas. Podemos saber que se ha convertido en una adicción cuando se dejan de hacer otras cosas importantes para poder consumir, se piensa continuamente en ello, se descuida el entorno o surge ansiedad y nerviosismo ante la abstinencia.

Puede tener consecuencias hasta en las vidas de quienes tienen pareja, como confesaba un joven de 21 años: «emocionalmente me ha desbastado: me ha robado de la apetencia sexual que mis parejas merecían y, por mucho que yo sepa que aquellas semanas de falta de interés eran debidas al porno, la adicción no me permitía parar de consumirlo […] cuando uno prioriza esos momentos porque son más cómodos e instantáneos, está abocado a desgastar su vínculo sexual y afectivo con cualquier persona».

Gráfica de respuestas de los adolescentes encuestados ante la pregunta «¿Ha influido la pornografía en tus relaciones?» | Fuente: Save The Children

Hagamos un diagnóstico de nuestra juventud: en el estudio de Save The Children, ante la pregunta «¿Consumes más porno del que deberías?» el 35,3% de los chicos responden afirmativamente frente al 17,4% de las chicas. En un ejercicio ilustrativo, si tenemos en cuenta que, según el INE, hay 1.201.494 chicos entre los 13 y los 17 años, un total de 424.127 al menos reconoce que ve más porno de lo que debería. Aún más, el 19,4% admite que ha dejado de hacer otras actividades para poder ver pornografía. Lo que es, a todas luces, un rasgo de adicción. En el mismo ejercicio que antes, vemos que habría potencialmente 233.090 chicos enganchados al porno en nuestro país.

En los casos de jóvenes LGTBIQ+

Encontrándonos —como estamos— en un país diverso que tiene la obligación de atender y proteger dicha diversidad, debemos preguntarnos cómo afecta este déficit educativo a los jóvenes que no entran dentro de los cánones de la heterosexualidad. Ante el tabú que esto representa en nuestra sociedad, parecen haber sido olvidados por completo, condenados a tratar de entenderse por su cuenta. Según cuenta el doctor Rando: «Las dos vías principales de acceso a la información sexual son los amigos/as y la pornografía. En el caso de los adolescentes LGTBIQ+, si no cuentan con un grupo de referencia en el que se sientan seguros/as ya dejan de contar con una de las vías mencionadas. Y si recurren al porno, se van a encontrar con un sexo predominantemente heterosexual y machista. Con lo cual, la segunda vía también será deficitaria».

La confusión y el hecho de no encajar, sumados a un posible acoso escolar o la culpabilidad moral que suelen sufrir estos jóvenes, sólo pueden remediarse con acompañamiento y con la verdad: que no deben de avergonzarse por ser distintos y que tienen el derecho a descubrir quiénes son en realidad. Pero, en un sistema educativo que es incapaz de educar a la mayoría, es imposible que las minorías encuentren una ayuda. Caer en la tutela del porno es terrible para cualquier adolescente LGTBIQ+, precisamente porque son quienes más dudas tienen y, en tal posición de vulnerabilidad social, los que más están dispuestos a sacrificar para adaptarse.

Herederos del patriarcado y la homofobia

Además, es inverosímil que, sin un asesoramiento adecuado, escapen de los terribles efectos que la homofobia y el patriarcado les tienen reservados. Hablando con un veinteañero homosexual, nos contaba: «En el caso del porno gay, observo la reproducción de los roles de género (hombre-mujer/activo-pasivo) lo que, en algunas ocasiones, queda deformado bajo la idea de dominación de uno sobre el otro. Hasta el punto de incurrir en un aspecto violento» para añadir que «a veces pensamos que lo queer es revolucionario con respecto a lo heteropatriarcal, pero, en ocasiones, no lo combate, sino que lo perpetúa». Los jóvenes LGTBIQ+ son incapaces de escapar de esos prejuicios si toman papel y boli cada vez que ven un vídeo porno.

Incluso, en un testimonio que bien podría servir de ejemplo para la educación afectivo-sexual en general, nos reveló que lo que le llevó a comprender y aceptar su orientación sexual no fue su entorno, ni Internet, ni el porno, «sino sentir por primera vez una intimidad romántica con alguien, más allá del sexo, esa afinidad o entendimiento que es el milagro de coincidir». Los jóvenes LGTBIQ+ están obligados —por motivos de supervivencia— a reflexionar sobre sexualidad más que el resto y, tal vez por eso, ha tenido que ser en uno de los pocos testimonios pertenecientes al colectivo, en el que encontremos la pieza que le falta a todo esto: de lo que hay que hablar, fundamentalmente, es de intimidad.

Todo lo que falta

Queramos o no, vivimos en un mundo sexualizado. La sexualidad forma parte de nuestras identidades y civilización hasta en los aspectos más ínfimos. Por esto, negarles a nuestros jóvenes esa parte de su educación es una crueldad, les condena a sufrir por ese desconocimiento íntimo. Dejar a la deriva a los adolescentes en un aspecto tan fundamental como la intimidad significa lanzarles al mundo habiéndoles extirpado la seguridad en sí mismos y la habilidad para relacionarse sanamente con los demás. Si dejamos la educación de las nuevas generaciones en manos de una industria delictiva que cada año suma millones de beneficios y desarrolla nuevas fórmulas para captar su atención, será imposible rescatarles después, volver atrás el tiempo y reparar ese daño.

Mientras tanto, irán por ahí sin saber nada de consentimiento, de violencia sexual, sin dignificar al otro y tratándolo como un objeto. Vivirán su dimensión sexual en constante contacto con la adicción, la falta de autoestima y el descuido por su salud. Si el único remedio contra el sufrimiento social es conocerse a uno mismo, en continuo desconocimiento de su propia intimidad, irán dando palos de ciego.

El objetivo, sin querer extender más este texto, es abrir los ojos. Hay que buscar regalarles a los jóvenes una sexualidad sana y enriquecedora que les permita vivir en bienestar y libertad, sin el temor a dañarse entre ellos o a esconder quiénes son. El sexo tiene que ser seguro, física y emocionalmente. De lo contrario, «estamos apañados».

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