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Mar de tiburones

Los pilares geopolíticos se tambalean y el futuro parece impredecible

Tras una semana desde la forzosa entrada de Trump en Venezuela —un hecho histórico que no dejó indiferente a nadie— resulta llamativo que, aunque se preveía algún tipo de conflicto entre ambos países, ningún analista político habría imaginado lo que ocurrió ni la forma en que ocurrió. Lo más curioso del suceso ha sido la reacción en Occidente y ciertas preocupaciones que requieren explicación para combatir la incertidumbre y comprender realmente qué nos depara el futuro geopolítico.

Trump siempre consigue acaparar todos los focos de atención con su política exterior extrema, y personalmente siempre he sido fan de poner los puntos sobre sus íes. Sin embargo, este acontecimiento —con el que se ha inaugurado el año— ha sido uno de los más impactantes de nuestro tiempo.

El magnate, en un tiempo récord de apenas una hora, entró y salió de un país con la persona más protegida del mismo maniatada y rumbo a rendir cuentas. Para mi sorpresa, la reacción en redes sociales se centró únicamente en el hecho en sí, y casi nadie se cuestionó cómo fue eso posible. Todos hablan del fin del imperialismo sin ni siquiera preguntarse cómo y quiénes han permitido una operación de tal calibre. El tablero internacional está revuelto y es necesario desglosar lo ocurrido.

¿Qué buscaba Trump en Venezuela? Esta es una pregunta que muy poca gente se hace y que resulta clave para entender el porqué de todo esto. Un gran porcentaje respondería automáticamente que Trump buscaba las enormes reservas petrolíferas de Venezuela. Sin embargo, si nos fijamos en los datos, Estados Unidos encabeza la lista de países con mayor extracción de petróleo, seguido de Arabia Saudí y Rusia. Si EE. UU. dispone de tanto petróleo, ¿por qué le interesaba de esta manera hacerse con el control de Venezuela?

La respuesta está en el tipo de crudo. Estados Unidos extrae principalmente petróleo ligero, y aunque cuenta con una gran capacidad exportadora, no dispone de grandes reservas de petróleo pesado. Ahí es donde entra Venezuela: es el país con mayores reservas de petróleo pesado del mundo. Además, Venezuela destinaba cerca del 80 % de sus exportaciones petrolíferas a China. Esta ecuación solo tenía una solución: Trump necesitaba el control de Venezuela.

Sin embargo, deberíamos mantener la calma. Las protestas antiimperialistas se han multiplicado esta última semana, pero esto no va a derivar en un “Cuarto Reich”, como algunos lo describen. Actualmente, en Venezuela gobierna quien fuera vicepresidenta, Delcy Rodríguez, que —de forma cuanto menos, sospechosa— ya mantiene contactos con Trump. Con ella, el conflicto con el chavismo no parece ser tan importante como con Maduro; saquen ustedes sus propias conclusiones.

Lo que está claro es que Venezuela afrontará una transición. No será a corto plazo, pero con Trump, de una u otra forma, el cambio acabará produciéndose. En lo que respecta al resto del mundo, no hay motivo para encerrarse ni para mirar al cielo pensando que cualquiera puede ser el siguiente. Principalmente porque vivimos en Europa, y ni Estados Unidos ni ningún otro actor político desea un conflicto directo con el continente.

El nuevo punto caliente se encuentra ahora en Groenlandia, el gran interés emergente de Trump, que mantiene en vilo a toda Europa. Su motivación es puramente estratégica y él lo presenta como una urgencia, pero, a diferencia de Venezuela, no será tan fácil.

Es cierto que Estados Unidos ha agitado el mar internacional y que su política exterior se caracteriza por este tipo de maniobras llamativas. No obstante, para estudiar a un tiburón blanco es fundamental saber cuáles son —y cuáles no— sus presas.

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