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Más allá del ‘Agenda Setting’: el poder de construir realidades

Bernard Cohen decía que la prensa no era exitosa diciéndole a la gente qué pensar, pero sí al decidir sobre qué tiene que pensar

Estos últimos días, a raíz del trágico accidente acaecido en Adamuz, provincia de Córdoba, los medios de comunicación han cumplido su labor de manera excelente: informando de manera clara y útil cada una de las actualizaciones que se tenían al respecto. 

Sin embargo, también han sido muchos quienes, a raíz de un accidente de semejante magnitud —y, en consecuencia, repercusión mediática— no han dudado en publicar todos y cada uno de los accidentes posteriores a la tragedia. Hacer esto nace de una labor informativa, por supuesto, ¿pero acaso nadie se ha parado a pensar qué consecuencias puede tener? La actualidad manda, por supuesto. Pero ¿hasta qué punto se puede tener carta blanca?

A principios de la década de los setenta, los teóricos de la comunicación plantearon la teoría de la Agenda Setting. Esta teoría sostenía que los medios no eran capaces de decir a la gente qué pensar, pero sí que resultaban efectivos a la hora de decidir sobre qué temas se podía pensar. 

Esta teoría comunicativa —traducida al mundo real— sostiene que los medios determinan las temáticas sobre las que gira la conversación pública. No nos dicen qué posición adoptar, pero sí qué asuntos merecen nuestra atención y cuáles quedan relegados al silencio. Y ahí reside su enorme poder —y también un gran problema—.

Y es que cuando tras una tragedia concreta se sucede titular tras titular sobre accidentes similares, el foco informativo se desplaza. Ya no se trata solo de informar, sino de construir una sensación de realidad determinada: la de una realidad al borde del desastre, un peligro constante. El problema no es que se informe, sino que se haga sin pausa, sin contexto y sin reflexión sobre el impacto acumulativo de ese discurso.

La repetición en los medios de comunicación no es inocente ni aleatoria. Este bombardeo constante de información —ya lo vivimos no solo con este desafortunado accidente, sino con muchos otros hechos— acaba generando alarma. Llega a normalizarse el horror, se construye una percepción individual que denota que nada es tan importante e, incluso, se puede insensibilizar al público. Si lo excepcional se vuelve cotidiano y lo trágico pierde su carácter de advertencia ¿dónde termina el ruido?

Informar es necesario, por supuesto. No comunicar sobre la realidad no es la solución, puesto que de lo que no se habla, acaba por desaparecer. Pero también es necesario detenerse a pensar qué se publica, cuándo y —lo más importante— con qué fin.

Porque si los medios deciden sobre qué pensamos, también deberían preguntarse qué tipo de sociedad están ayudando a construir con semejante dinámica.

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