El poder del «no»
¿Por qué es tan complicado decir «no»? Si es una palabra de dos letras, que a la vista parece una minucia. Una ene y una o, que no son ni la consonante ni la vocal más utilizadas del lenguaje español, ni tampoco es una palabra difícil de decir vocalmente. Pero no os dejéis engañar por su aspecto pequeño y su fácil escribir y pronunciar, porque el «no» tiene un gran poder y, tanto la gente que lo usa como la que calla cuando tiene que decirlo sufre sus consecuencias.
Una de las definiciones de la RAE para el «no» es: “adv. Expresa negación” pero ¿qué es la negación? Volvemos a buscar en el diccionario: “Acción y efecto de negar” y, ¿qué significa negar? La Academia dice: “Decir que algo no existe, no es verdad o no es como alguien cree o afirma/ Dejar de reconocer algo, no admitir su existencia/ Decir que no a lo que se pretende o se pide, o no concederlo/ Prohibir o vedar, impedir o estorbar/ Olvidarse o retirarse de lo que antes se estimaba y se frecuentaba/ Dicho de un reo preguntado jurídicamente acerca de un delito de que se le hace cargo: No confesarlo/ Desdeñar, esquivar algo o no reconocerlo como propio/ Ocultar, disimular/ Excusarse de hacer algo, o rehusar el introducirse o mezclarse en ello”. Pero la RAE va más allí, añadiendo lo siguiente negarse alguien a sí mismo: “No ceder a sus deseos y apetitos, sujetándose enteramente a la ley y gobernándose, no por su juicio, sino por el dictamen ajeno conforme a la doctrina del evangelio.” He ahí el quid de la cuestión.
El «no» no solo significa no, también significa negación y negar, más todo lo que eso conlleva. Ya no parece una palabra tan inocente.
Cuando alguien te dice que «no» a algo, se abren dos caminos, uno en el que todo sigue igual, y otro donde, todas las consecuencias que te podías imaginar, se hacen realidad. Por eso es tan difícil decir que no. Si solo existiera el primer camino, negarse a algo sería muy fácil porque no tendrías esa incertidumbre de que todo pueda cambiar. No sentirías que estás fallando a esa persona, y no te costaría tomar la decisión. De hecho, el primer camino es que se suele elegir cuando no se conoce o no te importa una persona, porque te dan igual realmente las consecuencias. Aunque si eres una persona complaciente, que no quiere quedar mal con nadie, déjame decirte que la cosa se complica. Porque siempre vas a ver el segundo camino, el de las consecuencias.
Este camino también se divide en dos: las consecuencias imaginarias, y las consecuencias reales. Porque en esta opción entran al juego las inseguridades, los miedos y la culpa.
El “si digo que no, puede que…” la frase favorita de las consecuencias imaginarias, provocadas, también, en parte, por el no saber decir que no. Tú te montas en tu cabeza todos los posibles escenarios, obviamente todos negativos, de las consecuencias que pueden tener el decir que no. Una ruptura de amistad, que la relación no vuelva a ser como antes, que ignoren tu decisión y te hagan hacerlo igualmente, que no vuelvan a pensar en ti para lo siguiente que quieran hacer, que te anulen completamente, que tú digas que no y que la otra persona que entre por ti sea mejor y ya no cuenten más contigo… Solo escribiendo esta lista, me he cansado mentalmente.
Por todas estas razones, y seguro que me estoy olvidando muchas más, hay mucha gente que, aunque no pueda más y tenga mucha carga tanto física y como emocional, se calla y acepta. Porque no sabe decir esa palabra de dos letras que, como he visto anteriormente, no tiene un pelo de inocente. Y seguro que la persona que acepta todo es perfectamente capaz de hacerlo, pero ¿a qué precio?
El principal problema de la gente que no sabe decir «no» es el miedo a defraudar a la persona a la que se lo dicen. Sobre todo, en esos momentos donde no sabes qué vínculo tienes con esa persona o en esos momentos donde la relación está evolucionando. Donde no quieres meter la pata en nada. Porque cuando un vínculo ya está consolidado, te cuesta decir que no porque quieres a esa persona, pero sabes que, a no ser que algo muy fuerte pase, la relación va a seguir adelante. Sin rencores y, si alguno tiene un problema con la decisión, se va a poder hablar sin ningún problema. Sin embargo, en una relación que no está consolidada y que tu quieres seguir manteniendo, no es tan fácil.
Y luego están las consecuencias reales, que algunas veces, hasta te producen una risa interna por haberte estado comiendo la cabeza para que la respuesta sea: “no pasa nada, lo entiendo”. Que, al final, es lo que quieres escuchar. Que todo está bien y que no pasa nada por no poder hacerlo. Algunas veces, hasta le molesta más a la otra persona estar esperando un sí o un no, que decir no directamente. Porque se ahorra tiempo.
Con todo esto quiero decir que el «no» es una palabra muy significativa, con un poder tremendo. Que implica tomar una decisión negativa con la que no todo el mundo va a estar de acuerdo y, que cuesta mucho decir si no quieres que nadie se moleste. También implica una incertidumbre incómoda que no se quiere tener cuando estás consolidando un vínculo con otra persona. Pero ¿de verdad merece la pena esa persona si cuando le niegas algo se enfada contigo? Habría que pensarlo detenidamente.

