Del derecho a protestar al derecho a competir: la Vuelta interrumpida por la guerra
Las tropas israelíes irrumpen en el terreno vecino, sorteando escombros y banderas tricolor perdidas en el caos. Esas mismas banderas se alzan a miles de kilómetros de distancia, pero en un contexto igual de lejano. Donde la multitud interrumpe la última etapa de la Vuelta a España, para pedir la baja de un equipo israelí.
El domingo 14 de septiembre se vio cancelada por primera vez en la historia la emblemática carrera. La razón fue la colisión de dos deseos opuestos. Por un lado, reclamar la paz, y por otro, completar una competencia esperada. El caos estalló a pocos metros de la recta final, lo que obligó a las autoridades a cesar la revuelta del tumulto y concluir el evento que llevaba varios accidentes.
Entre ellos estuvo la fuerte caída de Javier Romo, quien, más allá del dolor físico, lamentó la razón de su salida: un conflicto completamente ajeno a él. “No siento que tenga que ser yo quien pague por esto” declaró, refiriéndose a la disputa en Medio Oriente. De hecho, la intención de eliminación no recaía sobre Romo, sino sobre el equipo Israel–Premier Tech, financiado por Sylvan Adams. El cual, a pesar de estar conformado mayoritariamente por ciclistas británicos, era a ellos a los que la multitud buscaba interceptar.
Ese señalamiento abrió una discusión que excede lo deportivo y cuestiona el derecho del participante a competir. En ese contexto, la Unión Ciclista Internacional respaldó a los corredores y expresó su “total desaprobación y profunda preocupación por los acontecimientos que han marcado la edición de 2025 de La Vuelta Ciclista a España, en particular por la abrupta interrupción de la última etapa disputada ayer en Madrid”. Del mismo modo, el Comité Olímpico Internacional (COI), máxima autoridad del deporte olímpico mundial, tampoco contempla restricciones de este tipo.
Sin embargo, las protestas en Madrid no fueron una sorpresa. Europa lleva meses siendo escenario de manifestaciones contra la ofensiva israelí. Como lo fue el festival de Venecia el mes pasado, o la marcha “Stop starving Gaza” de Londres a principios de este mes. Dos movimientos que lograron tener impacto y alcance, sin necesidad de destrucción, una característica que lamentablemente no acompañó en la jornada del domingo.
Es triste que un motivo tan delicado e importante como es la lucha contra el genocidio, quede completamente empañado por la actitud alterada de los manifestantes. Bien es sabido, ya en este punto de la historia, que la violencia nunca se logra contrarrestar con más violencia.
Esta conducta abrió el debate también sobre los límites del derecho a manifestarse y cómo podríamos fomentar la causa sin necesidad de herir a 22 policías y descalificar ciclistas (sin vínculo alguno con Israel) que tanta preparación y esfuerzo le dedicaron a la carrera.
Según el artículo 21 de la Constitución española, en la sección de los derechos fundamentales y de las libertades públicas: “Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa y en los casos de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que sólo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes.” Por lo que las protestas son legítimas, pero estarían violando el apartado de manifestación pacífica. No solo por poner en peligro el orden público, sino a varios ciclistas.
Aun así, la controversia no gira en torno a quién está a favor de la manifestación y quién no. El derecho a la vida no está en tela de juicio. Lo que genera debate son las formas de manifestar y la necesidad de herir e inhabilitar a aquellos que no guardan relación alguna con el conflicto. Se puede ser activista y pacifista a la vez.
Y es triste pensar que, al día siguiente, todo siguió igual. Las vallas esparcidas por las calles de Madrid fueron recogidas y los ciclistas dejaron de pedalear para volver a casa. Como si nunca hubiese ocurrido, como si el telón hubiese bajado. Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, la guerra continúa. Los niños siguen muriendo, y el grito de España no se oyó ni como un susurro en Medio Oriente.

