Hablar sobre el síndrome del impostor es el primer paso para dejar de sufrirlo
El síndrome del impostor es esa sensación de que tus logros no hablan realmente de ti. Es como si hubiera una distancia entre lo que haces y lo que crees que eres capaz de hacer. En pocas palabras: consigues cosas, pero no te las terminas de creer. No es modestia, ni inseguridad puntual. Es una forma de pensar que te hace atribuir tus éxitos a factores externos, la suerte, la ayuda de otros, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, en lugar de reconocer tu propio esfuerzo, tu capacidad o tu talento.
Los demás ven tus resultados con claridad mientras tú te quedas revisando cada detalle porque “podría haber salido mejor”. Y no porque no seas capaz, sino porque te mides con un nivel de exigencia que en el fondo sabes que no aplicarías a nadie más. Y aunque eso no te impide avanzar, sí que a veces te roba una parte bonita: disfrutar de lo que consigues al cien por cien. Sigues adelante, pero con esa sensación de que en cualquier momento alguien va a darse cuenta de que no eres tan buena como parece, aunque no haya ninguna evidencia real de eso.
Hay algo que me sigue sorprendiendo: cuando hablo del síndrome del impostor, muchos me dicen: «Eso me pasa, pero no sabía que tenía nombre», y ahí entiendo que no es algo aislado. Es algo que casi todos hemos sentido alguna vez, sobre todo en etapas de estudio, cuando la autoexigencia se dispara. Porque en esos momentos vivimos midiendo cada resultado, cada nota, cada avance y, cómo no, comparándonos con el de al lado, como si todo definiera quiénes somos y cuánto valemos.
Esa presión constante nos empuja a creer que nunca es suficiente. Que podríamos haber estudiado más, rendido más, entendido más. Ahí es donde aparece la duda. No una duda suave, sino esa voz insistente que dice «No estás a la altura.» Lo más irónico es que esa misma voz no respeta niveles de éxito: se cuela tanto en quienes parecen tenerlo todo bajo control y desde fuera parecen “los mejores”, como en quienes trabajan duro pero no destacan tanto. El síndrome del impostor no distingue entre logros ni resultados, aparece donde menos lo esperamos, especialmente en quienes más se esfuerzan.
Pero luego están las redes. Ese escaparate donde parece que todo el mundo tiene la vida bajo control: sin ojeras, sin dudas, sin días malos. ¿Cómo no vamos a compararnos? El problema no son las redes en sí, sino el mecanismo que despiertan: acabamos comparando nuestra versión sin filtros con la versión más editada de los demás. Y claro, así cualquiera siente que va perdiendo. Lo que a veces olvidamos es que todos fallamos, todos dudamos y todos tenemos días torcidos. La experiencia es la misma: nadie está tan seguro como parece.

Sinceramente, estoy cansada de la idea de que todo tiene que ser perfecto y luminoso. Nadie vive así. Y aun así seguimos comparándonos con vidas que ni conocemos, idealizando a personas que, si pudiéramos verlas sin filtros, probablemente tendrían tantas dudas como nosotros. En ese intento de alcanzar un estándar imposible, terminamos engañándonos, aspiramos a ser versiones irreales de otros y olvidamos que lo auténtico, lo que de verdad nos construye, también incluye fallos, tropiezos y días torcidos (por muy cliché que pueda llegar a sonar). Y quizá ahí está la clave de todo: en la distancia entre lo que mostramos y lo que somos. En la presión por parecer impecables cuando, en realidad, nadie lo es.
Con el tiempo me he dado cuenta de que esa voz interior no se va. Sigue ahí, pero cambia la manera en que la escucho. Ya no la tomo como una autoridad, ni como un diagnóstico, ni como una verdad absoluta. A lo sumo es una interpretación rápida y, en sus peores días, una distorsión. El síndrome del impostor nos hace creer que engañamos a los demás, cuando en realidad lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos. Y quizá el primer paso para romper ese ciclo sea empezar a hablar de esto sin vergüenza, sin miedo a parecer inseguros, sin esa presión de tenerlo todo claro siempre, porque la cruda realidad es que no tenemos prácticamente nada bajo control. Ser capaces no siempre implica sentirnos capaces. Pero reconocer esa diferencia cambia todo.

