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Patios traseros: débiles, sumisos y atados

Las elecciones en Chile han dado como ganador a José Antonio Kast, un abogado pinochetista de familia alemana que es afín a Donald Trump y a sus políticas migratorias y económicas

La nación hispanoamericana es la última en la región en girar radicalmente de la izquierda a la derecha. Pero más allá de que sea por consecuencia de la corrupción, la inseguridad o una mala gestión política, es innegable que Estados Unidos influye de cierta forma para «dirigir» Iberoamérica a su antojo.

Chile, Bolivia o las ya más consolidadas Argentina y Ecuador son los ejemplos de cómo los partidos conservadores relevan a los izquierdistas en los gobiernos. Estos cambios no son solo fruto de un deseo de sus habitantes por querer cambiar las cosas a mejor (en el caso de Bolivia, por ejemplo, el gobierno socialista de Luis Arce no supo gestionar la crisis del gas) sino también de las ansias históricas de Estados Unidos de tener sometido a todo el continente a su forma, tal y como lleva haciendo el país norteamericano desde el siglo XIX con la Doctrina Monroe.

No solo en lo político lleva Estados Unidos a cabo esa doctrina, sino también en lo militar, tal y como lleva haciendo en Venezuela desde que Donald Trump ordenase en septiembre abatir a barcos que supuestamente —según la Casa Blanca— son «narcolanchas». Eso, sumado a un amplio despliegue militar frente al Caribe y una recompensa económica por entregar a Maduro a EE.UU., da a entender que Washington quiere acabar con el gobierno venezolano, pero también que vuelve a hacer de las suyas en su llamado patio trasero.

Este enfrentamiento con Venezuela es el último de tantos en los que Estados Unidos ha intervenido política y militarmente a lo largo de la historia, sobre todo desde el XIX y más fuertemente desde el XX para impedir que el comunismo «invadiese» Iberoamérica.

Pero EE.UU, no es el único que quiere dominar sus patios traseros. En Europa, Rusia es la gran «ganadora». El Kremlin lleva, desde hace años, intentando influir de diversas formas en los países que antaño fueron parte de la Unión Soviética, y lo consigue eficazmente en Asia Central, un poco menos en el Cáucaso (aunque sigue teniendo influencia) y prácticamente está resurgiendo en Europa del Este, especialmente en Ucrania de forma militar, pero también de forma política, como por ejemplo en Moldavia, donde en las pasadas elecciones de septiembre, el Kremlin intentó influenciar con desinformación y compra de votos el resultado electoral, aunque no lo consiguió.

Pero quizás los casos más conocidos de cómo Rusia opera en Europa son Hungría y Serbia. Budapest lleva años siendo fiel a Moscú para socavar la identidad europea y haciendo presión en la Unión Europea a la hora de votar decisiones importantes en lo que concierne a sanciones de Bruselas contra el gobierno ruso o a la hora de apoyar a Ucrania. Belgrado, por otra parte, mantiene fuertes lazos históricos, culturales y religiosos con Rusia, apoyándola internacionalmente y siendo el principal aliado de la nación soviética en los Balcanes.

Sin embargo, en los últimos años, otro actor se ha erguido internacionalmente y ha seguido el camino de Estados Unidos: China. El gigante asiático ha conseguido importantes aliados como, por ejemplo, Corea del Norte y, más recientemente, desde 2021, cuando Myanmar sufrió un golpe de estado, colaborando militarmente con ambos regímenes para contrarrestar la importante presencia norteamericana en la región, aunque Beijing también ejerce cierta presión política, especialmente en Sri Lanka y Camboya con inversiones altas y apoyo político.

Estos ejemplos muestran, sin duda, que las grandes potencias continúan dominando de forma distinta países donde todavía pueden ejercer cierta presión de formas variadas para conseguir recursos, apoyo político o, simplemente, cambiar completamente la situación para que sigan teniendo influencia.

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