Las últimas palabras de Donald Trump sobre la situación el estrecho de Ormuz han irritado a diversos aliados
Francia, Grecia e Italia han confirmado que no participarán directamente en el conflicto bélico. No obstante, el presidente Trump ya ejerce presión diplomática sobre estos aliados exigiéndoles que colaboren con Estados Unidos para desbloquear el paso del estrecho y garantizar la libre navegación en la zona ante la crisis.
¿Qué es la OTAN? Esta pregunta, que parece fácil de responder, en verdad no lo es. Pero entonces, ¿qué respondemos a la pregunta inicial? Como he señalado, es difícil, porque mientras algunos partidos defienden que la OTAN es «malvada, terrorífica y la encarnación de Estados Unidos», otros afirman que es «una salvación frente a la enemiga Rusia». Y ambos se equivocan y no.
Es cierto que la OTAN ha tenido muchas polémicas y que siempre Estados Unidos ha llevado la voz cantante, por mucho que veamos a europeos como secretarios generales. En 2015, representantes europeos de la OTAN y la Unión Europea pidieron disculpas por no haber evitado el genocidio en la ciudad bosnia de Srebrenica. Los cascos azules neerlandeses de la ONU estaban a cargo de proteger a los musulmanes, ya que esa ciudad fue declarada como área segura, pero no actuaron, lo que permitió a los serbios cometer su genocidio. La OTAN. que también intervino en Afganistán de 2006 a 2014, cuando se retiraron y después, los talibanes comenzaron a resurgir con más fuerza. Pero tampoco se puede negar que ha sido útil o, al menos —así lo afirman ellos— como arma de disuasión frente a las incursiones que a Rusia le gustaría llevar a cabo en Europa.
Parece que las dinámicas continúan igual. Me refiero a ser vasallos de Estados Unidos, aunque cada vez menos aliados están dispuestos a esto. Un ejemplo de ello es Groenlandia. Donald Trump, seguramente, no habría dudado en que negociar con Dinamarca para venderle la isla sería una tarea fácil.
Pero no lo fue, porque la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, se negó a vendérsela a Trump, a pesar de que el presidente estadounidense llegó a decir que una invasión militar era una opción. Fue la voz de alarma para que otros aliados como Francia o Canadá abriesen embajadas y mostrasen su apoyo a Dinamarca.
Sin embargo, Groenlandia, de momento no le interesa a Trump. Provocó ruido pero no gritó como hizo en Venezuela o como hace ahora mismo en Irán, donde junto a Israel intenta desmembrar un país que vive bajo un régimen que viola derechos humanos y que sufre las consecuencias de sus políticas con sanciones internacionales.
La nación persa está cada vez más tocada no solo por dentro —como muestran sus ciudadanos hartos de vivir con esas políticas cada día— sino también por fuera, ya que los ataques de Estados Unidos e Israel tienen como objetivo debilitar a Irán para que no apoye a Hamás y no pueda producir uranio enriquecido.
Y eso, al final, salpica a todos. Pakistán ha conseguido que el petrolero Karachi consiga pasar por el estrecho de Ormuz y, mientras tanto, Europa fragmentada, Estados Unidos desatada y Rusia tocada. Aunque todo puede cambiar, a Trump no le importa que el precio del petróleo suba, aunque eso tenga consecuencias en los consumidores estadounidenses.
Este aumento del petróleo, al final, golpea sobre todo a Europa, que carece de recursos naturales a gran escala y, muchas veces, lo poco que tiene no sirve para alimentar el viejo continente. Pero mientras Trump se lucra con el petróleo y Europa está preocupada, Irán sigue manteniendo el control del estrecho de Ormuz, por lo que el presidente de Estadus Unidos ya ha afirmado que los aliados «deben colaborar» para reabrir el estrecho o, si no, a la OTAN le deparará un «muy mal futuro».
Las amenazas que Rusia hace a Europa constantemente —o la situación en Irán— obligan a replantear el futuro de la OTAN, porque no puede ser que, en el primer caso, se le dijese a Rusia que los países que habían estado bajo el mando soviético serían «libres» y luego se les diese acceso a la OTAN, lo que provocó que Rusia se viese amenazada de alguna forma y respondiese como lo ha hizo en 2022 en Ucrania y que luego en Irán no se tenga una hoja de ruta clara porque los países miembros no quieren seguir el juego a Trump.
Resulta desolador escuchar que todavía hay partidos y personas que creen firmemente en la desintegración de la OTAN, especialmente cuando la mayoría de sus miembros son países europeos con ejércitos mucho menos eficaces y poderosos que el de Estados Unidos.
Si, en un caso hipotético, España o cualquier otro país europeo sin armas nucleares abandonara la Alianza, ¿qué sucedería? Sus defensas colapsarían en cuestión de días. Ese discurso aislacionista es insostenible hoy en día, sobre todo cuando las amenazas se han diversificado: ya no hablamos solo de tanques, sino de drones, ciberataques y guerra económica
Pero, al mismo tiempo, es ilógico decir que se debe seguir la corriente a Estados Unidos en la OTAN. Si se creó para protegerse a todos los aliados, las decisiones se deberían tomar en conjunto y no uno sólo que dicte y otros cumplan.
La OTAN todavía tiene vida, pero se debe rediseñar todo. No valen las políticas de su fundación, en este siglo donde el enemigo es otro y donde la OTAN no se debe usar como un apoyo militar sin consenso. Al contrario, sólo debería utilizarse cuando haya una amenaza real contra todos como el terrorismo, pero no para provocar un caos en una país y luego pedir ayuda porque no se sabe como salir de allí.


