La archiconocida región montañosa vive aferrada a su pasado comunista, pero al mismo tiempo desean avanzar
Los Balcanes ostentan una de las economías menos desarrolladas de todo el continente, pero al mismo tiempo, cada vez más diversificadas gracias, por ejemplo, al turismo.
Cuando uno piensa en los Balcanes, lo primero que se le viene a la cabeza son montañas altas, pueblos pequeños, bonitas ciudades y una innegable historia llena de sufrimiento a lo largo de los años, agravada durante el siglo XIX y buena parte del XX.
Es difícil enumerar qué países componen los Balcanes, ya que, según unos estudios, incluyen también a Rumanía o a Bulgaria; otros a Eslovenia, y así podríamos desgranar más naciones y unirlas a los Balcanes, pero nos quedaremos con la definición más tradicional: Albania, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Montenegro, Macedonia del Norte, Serbia y Croacia son los Balcanes. Algunas personas pensarán que Kosovo debería estar incluido en la lista, pero lo vamos a dejar para más adelante por lo particular de ese lugar.
La historia trágica de los Balcanes está ligada al comunismo. Más allá de ideologías políticas o modelos económicos, es innegable que, si hoy se ve un mapa de Europa, se piense en una brecha en el centro que divide al oeste, a los países más ricos y desarrollados, y al este, a los más «pobres» o emergentes.
Digo esto del comunismo porque todos esos países que cayeron bajo la órbita rusa levantan cabeza de forma desigual. Algunos, como Polonia, consiguen crecer, según la Comisión Europea, y otros, como Macedonia del Norte, crece menos de un uno por ciento, según Trading Economics.
Esa unión histórica al comunismo ha provocado que se hereden no solo tradiciones, sino también una relación amor-odio con Rusia. La mayoría de naciones decidieron, una vez disuelta la URSS, que se unirían a la UE y ahora, una vez han visto que lo de Ucrania es solo un ejemplo de lo que podría sucederles a ellos, se han rearmado. El último, Croacia, que esta semana ha vuelto a instaurar el servicio militar obligatorio después de 20 años sin él. Serbia, por su parte, piensa en instalarlo —obligatoriamente también— en un año.
Detrás está la guerra en Ucrania, pero también un respuesta como la que se está llevando en otros países de Europa, como en Bélgica o Alemania, donde se ha instaurado voluntario y hasta obligatorio, como en Escandinavia.
No obstante, a pesar de que se vuelva a retomar el servicio militar por temor a Rusia, hay que recalcar que la influencia que el Kremlin tiene en la región sigue siendo importante, y un ejemplo de ello es Kosovo.
Oficialmente, pertenece a Serbia, pero declararon su independencia porque son albaneses. Hablan albanés, son musulmanes y tienen toda una tradición y proximidad ligada a Albania. Esto continúa siendo un punto de conflictos menores, más diplomáticos, muchas veces, entre serbios y kosovares.
Esos conflictos me recuerdan a la terrible situación de las guerras que tuvieron lugar cuando Yugoslavia se dividió después del fallecimiento del mariscal Tito, donde se interpusieron religión, lenguas y culturas como detonantes bélicos. Además, la OTAN llegó a intervenir directamente en el conflicto, como en la matanza de Srebrenica, donde fueron asesinados 8.372 musulmanes, lo que fue criticado por no haberlo impedido.
Actualmente, ese pasado bélico resuena en la región y es una herida que difícilmente se podrá cerrar adecuadamente. Algunos países ven en la Unión Europea la salvación económica, y otros creen que Rusia es la que tiene razón en todo, como Serbia, donde la «rusofilia», el sentimiento de patriotismo hacia lo ruso, ha ido aumentando a lo largo de los años.
Sin embargo, están dándose avances positivos en esa región: el turismo está siendo una importante fuente de ingresos, que ha hecho que los países balcánicos crezcan un 3% en general el año pasado, según el Banco Mundial. Un buen dato si se compara que sus economías se basan principalmente en la agricultura, lo que representa entre un 5 y un 20% del PIB.
Además del turismo, la región destaca por su estabilidad política, desarrollo en infraestructuras y mejoras en educación y salud. Aunque estos cambios se están haciendo poco a poco, al menos son una señal positiva del futuro que quieren tener.
Estar ligados al pasado puede no ser bueno, y los Balcanes ha sabido cómo evolucionar. Aunque todavía tengan enormes desafíos que afrontar y solucionar, poco a poco se van alejando de Rusia y acercando a la Unión Europea para poder evolucionar económicamente.


