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¿Qué tienen en común los dumplings y la guerra de Irán?

 

Entre la seducción cultural y el vacío estratégico: el ascenso del gigante asiático como alternativa de estabilidad frente al cuestionado liderazgo de Occidente

Durante los últimos años, China ha demostrado un aumento de poder e influencia a lo largo del globo, y no solo lo ha desarrollado a niveles tradicionales —como el poder militar o económico—, también ha venido implementando lo que se conoce como poder blando, una tendencia que se viene estudiando desde hace décadas, con el objetivo de comprender transversalmente el desarrollo del gigante asiático. 

Este concepto de poder blando —o soft power, acuñado por Joseph Nye, define la capacidad de los estados de ejercer influencia con medios no directamente coercitivos, es decir, atrayendo «semiinconscientemente» al resto. Se basa principalmente en tres pilares: la cultura, los valores y políticas nacionales, y las políticas exteriores. De este modo, el país que lo desarrolle resultará más atractivo al resto de naciones, y, al menos a un nivel de consciencia superficial, legitimará las políticas que implemente. 

Como ya adelantaba, China no es ajena a este tipo de poder. Paralelamente al avance de su «poder duro», ha desarrollado interés por fomentar su poder blando a lo largo del terreno internacional. Ya en 2023, Xi Jinping expuso durante el Vigésimo Congreso del Partido Comunista Chino el objetivo de incrementar el poder blando del país de cara al año 2035. 

Se trataría entonces de un acercamiento por parte de un estado a través de elementos que integramos sin mayor esfuerzo en nuestra propia realidad, algo que acerca las culturas y suaviza las relaciones internacionales. Una «diplomacia inconsciente», si se quiere. Y qué acercamiento cultural hay más agradable que la gastronomía. La integración de elementos de tipo gastronómico —como los dumplings— es también muestra de una expansión de elementos culturales. 

Cuestión más controvertida es la integración de los valores y políticas internas Chinas. En este sentido, existe una contraposición frontal a todo modelo seguido por los países de la Unión Europea.

Consagrando un sistema autoritario, China rechaza abiertamente los valores democráticos característicos, precisamente, del soft power europeo. Esto no deja de generar importantes contradicciones a los países europeos, contradicciones que se absorben sin mayor problema en China.

Personas que se reúnen en la calle durante la noche
Personas que se reúnen en la calle durante la noche | Fuente: Unsplash

Por otro lado, este «ascenso pacífico» del gigante asiático se topa en el plano de políticas exteriores con lo que considero un posible elemento de refuerzo de su papel geoestratégico: la guerra de Irán. 

El temor por la escalada del conflicto, junto con los innegables intereses económicos globales en el Estrecho de Ormuz, afectados por el conflicto actual, han puesto una vez más el foco en la potencial respuesta de China, aliado estratégico de Irán. Sin embargo, sus declaraciones respecto de la Guerra de Irán se han limitado a pedir el alto al fuego, o a intentar mediar entre las partes en conflicto. 

Si bien es cierto que desde una lógica realista clásica la falta de una respuesta «contundente» por parte de China podría verse como una debilidad, el terreno geopolítico y sus dinámicas están evolucionando hacia un punto incierto, por lo que, quizás, en el momento actual este tipo de respuesta funcione como catalizador del soft power chino, asentándola como una figura mediadora, que únicamente trata de expandir su narrativa pacifista que —asegura— solo abandonará como último recurso. Una narrativa de paz y estabilidad que desde Europa se venía ligando tradicionalmente a Estados Unidos, y que, hoy, se tambalea. 

Las comparaciones siempre son odiosas, pero una cosa es clara: el tradicional aliado estratégico de Europa está haciendo que nos cuestionemos con cada titular cuánto tiempo más seguirá «de nuestro lado«, si es que aún lo está.

Mientras tanto, su principal rival en el terreno geopolítico se presenta como una figura pacífica, cuya narrativa aparenta no pretender un dominio militar.

Sin ánimo de obviar en ningún caso las patentes y muy relevantes contradicciones que surgen de la aceptación íntegra del poder blando chino desde Europa, resulta interesante plantear cómo evolucionará la situación para las naciones europeas y si, al menos parcialmente, «girarán la cabeza» hacia el Este, buscando un «nuevo gigante», con una nueva —y vieja— narrativa.

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