Un apunte sobre identidad racial o cuántos cubatas se necesitan para rechazar quién ser
Las noches siempre fueron un momento maravilloso para intercambiar ideas nuevas entre copa y copa o, al menos, algo parecido. Durante una de esas, alguien compartió conmigo una sentencia que, en ese momento, se diluyó en mi memoria: «Dejas de ser interesante cuando eres la única negra del grupo».
A pesar de todo, era potente. No tardó en hacerme reflexionar por qué, dolorosamente, tenía razón. Repitiéndola como un martillo percutor, entendí por qué tantos enfermaban dentro de sí por lo que los demás esperaban de ellos. La asfixia de tener que desmentir al delincuente que se ha dibujado antes de que abran la boca.
Es precisamente esa asfixia la que empuja al camuflaje. Crecer en un lugar ajeno requiere de supervivencia, pero, aún más, de valentía. Es imposible no pensar en Marji, una joven Marjane que había cambiado el silencio de la teocracia iraní por las noches de fiesta en Austria. Todo era nuevo. El entorno que la rodeaba y ella misma. En Viena volvió a nacer.
Entre adolescentes, lo común era —y es— bromear con cuántos cubatas se necesitan para tener algo con alguien, pero la ocasión también propicia otro tipo de interrogatorios. Cuando el grupo empuja al racializado a opinar sobre los suyos, no hace falta beberse ni uno solo para marcar distancia con ellos. A la calle se salía ya llorado, con la armadura puesta para asumir los juicios de valor que volcarían y las opiniones que tendrían. Era el impuesto a pagar: saber que, cada pisada en el suelo, sería una palada más de tierra que muchos echarían sobre su vida.
Cuando un hombre le preguntó por su procedencia en aquel pub, Marji, en vez de declararse iraní, se dijo francesa. Detrás de aquel juego de seducción, decir la verdad habría sido una obligación de redimir el régimen de su país y, el simple hecho de existir, la ideología asumida por los que la rodean. Es así como Persépolis, el cómic autobiográfico de Marjane Satrapi, planteaba la lucha silenciosa contra su propia conciencia y el lugar en el que las circunstancias la habían forzado a estar. La política hablaba de quienes se sentían eternos extranjeros y las desgracias, de un masificado almacén de apátridas.
Pero no hace falta viajar a la Viena de los ochenta para entender este mecanismo de defensa. Fuera de las fiestas, el mundo se vuelve irremediablemente más pesado. La falta de coincidencia entre cómo sentirse y cómo se es visto, un dolor más agudo. Más punzante. Más oscuro. Los sermones mentales más fuertes. Tanto es así que, en el momento en que escuché a otra persona decir «Si no supieses mi nombre, jamás te enterarías de mi origen», el pinchazo en mi oído ni siquiera se sintió y el café que tomaba me ardía en la mano ante tal disonancia. Porque, como testigo, solo siento vergüenza del mundo que nos ha quedado.
El espacio ya no es de nadie y, por tanto, mucho menos de los que nos ha tocado formar parte de él. El cuerpo que se habita a veces no es templo, y condena a la dura cárcel de sentirse siempre «el otro». Y para eso no hay cubatas, cafés, ni bailes que lo remedien. La ciudad también apaga y solo la generosidad aviva sus farolas. Quizás esta historia no sea mía. Quizás es torpe ser yo la que toma la delantera en este relato. Pero la decencia humana siempre será colectiva. Y lamentablemente eso, ahora más que nunca, ha dejado de ser lo interesante.


