Septiembre, el segundo e irremediable inicio de año
Septiembre, ese momento en el que, como decía Amaral, ya «no quedan días de verano». Ese momento en el que empezamos nuevas etapas. Especialmente, aquellos que nos dedicamos o dedicaremos al sector de la educación.
Los últimos días de agosto son cruciales para nosotros, para nuestras cabezas. Son esos días que encierran ya un cierto atisbo de nostalgia, tristeza e, incluso, miedo. Nos encontramos en las postrimerías del verano, un perfecto paralelismo de una larga tarde de domingo, en la que reina una angustiosa sensación de incertidumbre y, al mismo tiempo, ilusión, ambas emociones centradas exclusivamente en lo nuevo que acontece.
Intentamos disfrutar de nuestros últimos días de playa pero, como una fuerza imparable que nos arrasa, nuestra cabeza termina sucumbiendo a la necesidad de reorganizar nuestros pensamientos, de planear rigurosamente la etapa que comienza en las próximas semanas.
Y, cuando menos lo esperamos, ya está con nosotros. Ha llegado septiembre y, con ello, una nueva versión de nosotros mismos. Una versión renovada por cantidades suficientes de sol, agua y arena. Unas cantidades que nos generan nuevas fuerzas para los nuevos meses y las nuevas estaciones, a las que llegamos con una anhelada motivación, confiando en que esta se prolongue durante el máximo tiempo posible y que nos impida cualquier tipo de depresión postvacacional.
Sin embargo, septiembre no es solo el mes de nuevos comienzos, también el de nuevos finales. En ocasiones, no nos queda otra que aceptar que no podemos con todo. Que, a veces, la vida nos exige demasiado. Que, a veces, debemos dejar cosas atrás, cosas que ya no podemos compaginar con la nueva coyuntura que está por venir. Y para conseguirlo, hay que estar preparado. Porque pocas cosas ha sufrido la humanidad tan dolorosas como las despedidas.
A la hora de lidiar con todos aquellos nuevos retos que la vida nos pone por delante, necesitamos un pequeño empujón, una pequeña ayuda. Necesitamos rodearnos de las cosas que nos hacen felices: música, personas, libros, comida, naturaleza. Todas esas cosas, en un primer momento, intrascendentes, pero las más necesarias para conectar con nosotros mismos y para no dejarnos caer en el monótono mundo de la rutina. Porque, sin duda, la monotonía de nuestro día a día no es otra que la que nosotros permitimos que sea.
Y, en todo ello, consiste septiembre. Un mes que abruma pero que, a la vez, ilusiona, que te ofrece la oportunidad de avanzar, de evolucionar, de estar cada día más cerca de ser quien realmente quieres ser. Un mes introspectivo, en el que empezaremos a luchar por aquella motivación hacia la vida que hemos logrado tener. El mes perfecto para no rendirnos, para seguir combatiendo todos los obstáculos, para dejar todo lo que no importa a un lado, y centrarnos en nosotros mismos, sin perder el foco en aquello que queremos conseguir.


