Elegir la «película del verano» supone una tarea tan asfixiante como fácil si caemos en la trampa de la subjetividad
Con este pretexto, para mí, Obsession (2026) se ha convertido en una de las películas del verano. No sé si será cosa de la trama, de los actores o de la repercusión y presencia en redes sociales. Quizá es un poco cosa de los tres factores.
Sucede que Obsession presenta la combinación perfecta de estos elementos: una historia de «amor» llevada a los límites más obsesivos y sádicos, el descubrimiento de una increíble Inde Navarrette que, ya se rumorea, se convertirá en una de las futuras caras de Marvel y un no parar de hablar en las redes sociales que obliga a Obsession a permanecer más tiempo del esperado en la gran pantalla. ¿Es la conjunción de estos elementos el cóctel perfecto para denominarla «la película del verano»?
Enmarcada en contexto de lo más actual, el amor secreto de un chico hacia su mejor amiga acaba convirtiéndose en una maldición. Cualquiera puede desear ser la persona que su amante más quiera en el mundo. Es fácil desear algo cuando no se tiene, así como resulta sencillo dibujar límites para situaciones venideras.
Pero, una vez se le concede al protagonista este deseo, la admiración y el interés se tornan en obsesión, y comienzan a rozar los límites de la moral. El consentimiento de ella queda entonces relegado a un segundo plano, atrapado en la fatalidad y alejado de cualquier forma de reciprocidad.
La obsesión como argumento
El amor obsesivo es una narrativa clásica del cine. Llevamos décadas observando este discurso con sus diferentes matices y hemos interiorizado esta narrativa desde la inconsciencia. Desde las relaciones más tóxicas enmarcadas dentro del disfraz de la media naranja, hasta aquellas que no se esfuerzan un mínimo por esconderse. Hay miles de matices, pero a todos parece que les cubre la capa del intento de la romantización. Un intento que está dando sus frutos. ¿Por qué esta obsesión nos gusta?
Más allá de los aspectos concretos de Obsession, inundado por una estética ciertamente gore, interesa ver cómo la narrativa sucumbe a las ideas de la ausencia de consentimiento siempre en orden o bajo la iniciativa o interés del personaje masculino. Ese es uno de los intereses de la trama, pero, asimismo, no es más que otra forma, diferente y bien ejecutada, de mantener el amor extremo y ciertamente misógino como uno de los grandes motores narrativos del cine.

Una contradicción contemporánea
Resulta curioso cómo este motor choca con el discurso social más actual, donde no paramos de escuchar y observar alegatos a la independencia, la imposición de límites y falta de responsabilidad; es decir, el contexto de las relaciones líquidas. Resulta contradictorio: ¿A qué se debe el éxito y la imparable representación de una realidad que, se supone, se ha perdido, pero que sorprendentemente está más presente que nunca?
El cine no deja de ser una salida a la normalidad diaria, así como una forma de experimentar aquello que en la vida real nos supone más incómodo. Esto tiene su punto con el auge del true crime, por ejemplo, que cubre los instintos más sádicos de la gente así como contribuye a la espectacularización de la criminalidad.
El cine nos permite experimentar emociones que en la vida real rechazaríamos, como cuando vivimos las relaciones más idílicas de la mano de los protagonistas de los clásicos románticos. Con ello, el concepto de la obsesión funciona narrativamente bien porque genera conflicto, tensión, deseo e incluso reflejo de lo reprimido.
¿Qué parte de realidad hay en nuestro deseo de consumo de estas narrativas? Quizá sea necesario distinguir entre nuestro deseo de consumir estas narrativas y la realidad que representan. Porque ¿queremos realmente un amor sano o queremos sentirnos irremplazables? ¿Pueden ser lo mismo?


