Más o menos cien días hay de vacaciones y hay quien siente el final del verano como un año nuevo, o eso dicen
Toca despedirse del tiempo en familia y las sobremesas, de los reencuentros, de las escapadas con el Verano Joven, de los juegos de mesa hasta las tantas, de los helados hasta decir basta, de estar en el pueblo a la fresca y de los viajes a la playa, a Portugal o a Polonia. En definitiva, de no hacer absolutamente nada, ¿verdad?
Ojalá. Porque hay quienes no descansan. Y no me refiero a los Servicios de Emergencias ni a los turnos de guardia. Hablo de quienes han convertido el descanso en otra tarea pendiente de la lista. Hablo de la rueda constante de la autoexigencia: querer prepararte las oposiciones, pero no perderte ningún plan con tus amigas; retomar el inglés —como esa relación tóxica a la que vuelves después del verano— o encadenar un trabajo temporal (y precario) mientras haces por escaparte unos días al pueblo para «desconectar».
Todo se hace cuesta arriba y más si comparas tu verano con la vida «idílica» que ves en redes sociales. Porque irte con la caravana a los Pirineos se ve mejor que si una tarde te tumbas en el sofá a no hacer nada (lo que comúnmente se conoce como descansar). Ahí aparece esa voz interior que te dice: «Haz algo de provecho, anda». Pero, ¿qué es eso de hacer algo de provecho? ¿Algo productivo? ¿Útil? ¿Monetizar mi tiempo libre? ¿Que dé envidia a la gente?
Por desgracia, el descanso ajeno casi siempre recae sobre otra persona que (por lo general) le toca pringar, incluso en verano. Esa que se encarga de hacer la comida y de que esté lista a la hora, ¡faltaría más! Porque claro, la hora de la cerveza en el bar con los colegas se puede alargar un poco más de lo previsto, pero con la hora de comer no se juega, ¿verdad, Antonio?
Esa que está pendiente de que sus hijos se hayan echado crema solar antes de bañarse, tiende las toallas cuando volvéis de la playa o simplemente pone la enésima lavadora para que tengas un bañador que ponerte al día siguiente. Qué pena que no haya una máquina que lo haga todo por ti.
Mientras unos se dan el lujo de descansar a tiempo completo porque llevan a rajatabla alguna frase inspiracional que han leído como: «Desconectar para reconectar»; otras no encuentran el momento de hacerlo y si paran, se sienten culpables consigo mismas por no estar haciendo nada «de provecho». Qué irónico.
El verano tiene muchas caras, más allá de la batalla entre el verano cayetano —o de postureo— y el verano en el pueblo —romantizarlo todo—. La trampa sigue siendo la misma para todo el mundo, porque parece que llenamos de expectativas las vacaciones y preferimos vivir en una postal para contarlo antes que estar ahí para vivirlo. Quizás el descanso no sea otro que no hacer que todo sea de provecho, sino de aprovecharlo.


