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¿Pensamos lo que votamos? La política entre la polarización y la desinformación

Quince años después del 15M, el algoritmo y la desinformación secuestran la nueva lucha ciudadana

El 15 de mayo de 2011, miles de personas salieron a las calles de distintas ciudades de España empujadas por la crisis económica, el desempleo, la emergencia habitacional y el hartazgo institucional. Aquella protesta llenó las plazas de tiendas de campaña y convirtió la Puerta del Sol en el epicentro de un movimiento histórico. Quince años después, el kilómetro cero madrileño vuelve a estar ocupado por lonas y sacos de dormir, pero el ecosistema en el que germina esta nueva reivindicación ha mutado radicalmente.

Hoy, la vivienda vuelve a ocupar el centro de la protesta. Tras el desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años, decenas de miles de personas tomaron Madrid el pasado 26 de septiembre, desembocando en nuevas acampadas. Sin embargo, mientras la protesta pide soluciones a un problema que afecta especialmente a las nuevas generaciones, el debate político y social parece desplazarse rápidamente hacia otro terreno: el enfrentamiento entre quienes se sitúan a un lado y al otro del eje ideológico.

En redes sociales y en las mesas familiares, la legítima existencia de un techo acaba convertida en una reyerta entre «rojos» y «fachas», entre quienes culpan a un gobierno y quienes criminalizan al que protesta. La pregunta sobre qué está ocurriendo —y cómo lo solucionamos— es aplastada por la urgencia de decidir quién pertenece a nuestro bando y quién no.

Y es precisamente ahí donde surge la pregunta principal que vertebra este artículo: si nuestra opinión política se construye a partir de lo que vemos en redes y de las personas que nos rodean o si, en realidad, el único motivo es la desinformación.

Nuevas formas de estar al tanto sobre política

Las nuevas tecnologías han supuesto un gran avance, nos hacen la vida más fácil. Sin embargo, la verdadera cuestión es si lo más fácil es siempre lo más adecuado o solo la forma más rápida de alcanzar una respuesta.

Hace no tanto tiempo, gran parte de la información tenía que ser buscada. Leíamos el periódico, escuchábamos las noticias, consultábamos distintas fuentes y dedicábamos tiempo a conocer diferentes puntos de vista. Hoy, en cambio, buena parte de la «información» llega hasta nosotros sin tener que buscarla. Basta con abrir una red social para encontrarnos toda clase de noticias, opiniones y debates políticos.

Esta transformación también ha cambiado, por supuesto, la manera de informarnos sobre política. Digital News Report España 2026 señala que el acceso a las noticias está cada vez más mediado por plataformas digitales, y que el 40% de los españoles se informó a través de creadores de contenido durante la última semana, destacando principalmente los jóvenes. Curiosamente, el estudio muestra que las cabeceras periodísticas siguen teniendo, todavía, más credibilidad que las redes sociales.

Recibir información no significa estar informado

Pero que la información llegue hasta nosotros no significa, necesariamente, que estemos informados. Cada vídeo que vemos, cada cuenta que seguimos, cada publicación a la que damos like y cada contenido que compartimos ayuda a construir nuestra experiencia en redes. Los algoritmos utilizan nuestras interacciones para mostrarnos nuevos contenidos, provocando que determinados temas o formas de interpretar la realidad aparezcan con mayor frecuencia en nuestro feed.

Las redes no nos muestran toda la realidad, solo una parte de ella. Si gran parte de la información política que recibimos aparece en nuestro móvil sin que la busquemos, ¿hasta qué punto elegimos nosotros qué queremos conocer?

Cuando la polarización política oculta el verdadero problema

La política es compleja, y exige más que escuchar una opinión y asimilarla sin cuestionarse nada. Requiere informarse, contrastar fuentes y conocer los argumentos que existen alrededor de un tema. Cada vez es más importante distinguir, en el contexto mediático en el que vivimos, distinguir entre quienes ofrecen información y quienes intentan convencernos de algo.

Cuando dejamos de cuestionar lo que consumimos, corremos el riesgo de aceptar como propia una opinión que nunca hemos analizado. La desinformación no explica por sí sola la polarización en España, pero contribuye a intensificarla y a convertir las diferencias políticas en enfrentamientos personales.

El pasado 12 de octubre, tras la celebración del Día de la Fiesta Nacional, grupos de personas, en su mayoría jóvenes, se dirigieron a la Puerta del Sol, donde se encuentran los acampados. Algunos llevaban banderas franquistas y falangistas, mientras atacaban a los acampados con consignas políticas y despectivas. La tensión obligó a la Policía Nacional a intervenir para separar a ambos grupos. Lo ocurrido plantea una cuestión que va más allá de un enfrentamiento puntual, ¿cómo puede una reivindicación relacionada con un problema social acabar convirtiéndose en un escenario de confrontación entre personas identificadas con distintas posiciones ideológicas?

El debate político sustituye los problemas reales

El problema no reside en que existan opiniones diferentes ni en que los ciudadanos salgan a la calle para defenderlas. El no estar de acuerdo forma parte de cualquier democracia. El problema aparece cuando el debate deja de centrarse en las propuestas y los problemas que afectan a la sociedad y pasa a organizarse alrededor de etiquetas, descalificaciones y enfrentamientos entre bloques.

En lugar de preguntarnos qué soluciones existen para facilitar el acceso a la vivienda, podemos terminar discutiendo quién merece tenerla, quién tiene la culpa o a qué ideología pertenece cada manifestante. Así, el problema inicial corre el riesgo de pasar a un segundo plano mientras el enfrentamiento ocupa toda la conversación.

Las palabras «izquierda» y «derecha» representan posiciones políticas diferentes, pero no deberían convertirse en una clasificación automática entre personas buenas y malas, ni servir para sustituir los argumentos por prejuicios. Defender una política económica conservadora o progresista no equivale a defender una dictadura; del mismo modo, el uso de símbolos franquistas o la difusión de discursos racistas y homófobos merecen un análisis mas profundo que no puede solucionarse simplemente siendo una diferencia de opinión.

La desinformación y los prejuicios políticos

En este contexto, la desinformación puede convertirse en un factor que empeora las divisiones. Cuando un vídeo se comparte sin contexto, una declaración política se recorta para cambiar su significado o una afirmación falsa circula miles de veces, resulta más difícil comprender qué ha sucedido realmente.

Si, además, ese contenido confirma lo que ya pensamos sobre el otro bloque político, podemos aceptarlo sin comprobarlo. El resultado es una conversación en la que cada parte cree tener razones para desconfiar de la otra, mientras los hechos quedan en segundo plano. Esto no significa que todos los conflictos políticos nazcan de una mentira, sino que la información engañosa puede reforzar prejuicios que ya existían.

Por eso, la pregunta no debería ser únicamente por qué estamos tan enfrentados, sino qué hacemos para evitar que nuestras opiniones se construyan sobre información incompleta o engañosa. ¿Nos detenemos a comprobar una noticia cuando perjudica al partido con el que simpatizamos? ¿Exigimos las mismas pruebas a quienes defienden nuestras ideas que a quienes las cuestionan? ¿Somos capaces de reconocer un argumento válido cuando procede de alguien con quien no estamos de acuerdo?

Antes de decidir nuestro voto, informarse debería significar algo más que seguir a un creador de contenido, ver un vídeo viral o escuchar las opiniones de nuestro entorno. Contrastar lo que escuchamos, acudir a fuentes fiables, consultar las propuestas de los partidos y distinguir entre los hechos y las interpretaciones que se hacen de ellos. No se trata de renunciar a nuestras ideas ni de pensar todos por igual, sino de comprender por qué defendemos una posición y qué argumentos la sostienen. Porque si queremos exigir responsabilidades a quienes nos gobiernan, primero necesitamos conocer sus decisiones y poder juzgarlas por lo que realmente hacen, no únicamente por lo que otros dicen de ellas.

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