El poder se desplaza de manos o, en realidad, nunca las ha tenido
A veces olvido cuánto pesa un lápiz. Cuesta sostenerlo cuando hablar se reduce a imponerse y el silencio a la única distancia frente un poder al que le basta con dominar. Lo importante sería saber por qué el contenedor quemado lo ejerce y el discurso en tribuna parodia promesas.
Para que el mando fuese útil, habría que plantearse primero el motivo por el cual manifestantes y dirigentes necesitan fiscalizarse los errores tanto como la desgracia ajena. En la práctica, seguimos huérfanos. Sin dividir y vencer, no queda espacio para el relato.
De ahí que haya cierto placer en alabar políticas perfectas que jamás han pisado la calle y mentiras disfrazadas bajo pactos electorales. El pueblo, entretanto, responde con miles de abejas creídas reina para un enjambre que boicotea sus propios propósitos. Toda dignidad tiene un precio, y del escaño a la acera se puja por ella a golpe de ego; como si al cerrar una época mala estuviésemos tácitamente obligados a recibir otra peor.
Ante tal panorama, rozaría lo infantil imaginar un final feliz de cuento y grandes gestas. Hasta entonces, seguiremos sumisos y aburridos. Porque se supone que ocupar capitales creará leyes de parche y pata de palo, los cañonazos del petardo abaratarán el alquiler y el negocio destruido del trabajador que había dedicado su vida entera traerá más aulas públicas. La causa de fondo no se habría perdido si la forma no degenerase en vandalismo. Aunque no hay de qué preocuparse. Siempre que queden minutos de protagonismo, querremos seguir defendiendo al eslabón más débil de la cadena.
El derecho a manifestarse por las mejoras llama al consenso, pero la violencia solo sirve de combustible para el populismo. Entendido eso, las calles y las Cortes tardarían menos en vaciarse que París y Marsella con el toque de queda.
Requiere ser valiente el concluir que alguien manda fuera del ámbito oficial cuando los líderes no piensan en quienes los colocaron y el desgaste hace mella en los que no esperan nada. Ahora basta con resignarse al conflicto para dar por hecho su consentimiento. El poder nunca ha necesitado más que vivir del vacío que persiste entre las barricadas y el Congreso, porque nadie legisla sobre lo que no arde.
Con esa misma inercia sostuve el lápiz al cubrir la solicitud del voto por correo. Sin duda, los minutos más útiles para fingir que decidimos algo. Ya entonces las cenizas de la democracia representativa parecían repartidas, aunque creamos cerrar el asunto en las urnas. Mientras tanto, podremos participar en el espacio público disfrutando de la propaganda mejor vendida.


