Fallece el periodista y corresponsal de guerra Ramón Lobo, uno de los más grandes dentro de la profesión
A los 68 años, con sus vivencias en los Balcanes, Chechenia, Afganistán, Irak, Argentina, Haití, media África y otras muchas coberturas, muere a causa de un cáncer de pulmón. Uno de los miembros de la tribu de periodistas españoles que pasaron gran parte de su vida cubriendo conflictos.
Ramón Lobo fue, para cualquiera que haya podido leer sus crónicas, reportajes y libros, un claro y posicionado altavoz para los que sufren las guerras, las víctimas del horror. En sus textos nunca aparecía como el protagonista de la acción, a pesar de ser a través de él por el que conocimos tantas historias de tragedia. En Isla África, El héroe inexistente y Cuadernos de Kabul nos habla de un periodista que ve la tragedia en lo cotidiano de las personas en una guerra.
Narró la muerte de cientos de personas, incluso de amigos cercanos de la profesión como la de Miguel Gil en Sierra Leona, Julio Fuentes en Afganistán y Ricardo Ortega en Haití. Una de sus novelas incluso empezaba con la muerte de Ryszard Kapuściński, mientras él cogía un vuelo a Mogadiscio (El día que murió Kapuściński).

Lobo, nació en 1955 en Maracaibo (Venezuela) y creció en el Madrid de la dictadura y posterior Transición. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense y trabajó en diversos medios hasta su entrada en el diario El País en 1992. Ahí —con treinta y largos— empezó en la sección internacional, arrancando con el conflicto de los Balcanes y consolidándose en los siguientes años como corresponsal.
Pasó allí 20 años como enviado especial y vivió juntando su pasión por viajar y escribir, el sueño húmedo de cualquier aspirante al periodismo. A pesar de ello, también hablaba de las huellas que deja en uno este oficio, de los remordimientos y los exámenes de conciencia en los que se piensa uno si actuando de otra manera hubiese ayudado a tal persona o el qué será de aquella madre y sus hijos. Este mundo le dejó una mirada que le ayudo, sin poder ser de manera cínica como dijo Kapuściński, a desempeñar el oficio y la vida —que en esta profesión se fusionan— de una manera ejemplar; señalándote dónde hay que mirar y a la gente que nadie quiere mirar.

Quien compartió con él sus últimos momentos —multitud de amigos, compañeros y familiares se han acercado a verle en estas últimas semanas— comenta que sigue con su usual humor negro y con una entereza estoica afrontando la muerte. Gervasio Sánchez le dedicaba hace unos días Antes que anochezca, querido Ramón, que era como el mismo dice “una declaración de vida, admiración y amor».
Gervasio le decía en este último adiós: «Te vas de este mundo arropado con el cariño de tu red de amigos que has pulido durante décadas. Y te vas con el amor de los más cercanos que nunca olvidarán los mejores años de nuestras vidas.»

Sólo para hacer un retrato de cómo era Ramón, se tiene que ver cómo hasta los últimos instantes de su vida comentó el panorama político de este país por Twitter y se esmeró en adelantar el final de la novela que estaba escribiendo. Una que al comienzo empezó siendo una disertación y reflexión sobre la muerte de su madre y acabó tornando en un reflejo de su propio final.
Con esto y con todo, Lobo vivió, y vivió de una manera que hacía a los demás partícipes de ello, tanto a los que lo admiraban, como los que lo leían, como los que lo vieron desde la competencia. Como reflexión final no queda otra manera que añadirla de la cosecha del periodista, que siempre, en todas las entrevistas y lugares donde le preguntaron, afrontó la guadaña que sabía le esperaba de manera estoica: “La muerte es un problema si no has vivido”



