Un apagón eléctrico masivo y centenares de personas atrapadas en un ascensor
A eso de las 12:20 de la mañana, bajé al súper con un objetivo claro: queso en polvo. No era un capricho, solo quería hacer carbonara. Tenía que comer antes de irme a trabajar, y no iba a hacerlo sin el ingrediente estrella. Lo que no sabía es que el queso sería lo último que me iba a preocupar esa mañana.
Con el queso en la bolsa y la misión cumplida, decidí —por razones que hoy cuestiono seriamente— subir en ascensor a un segundo piso. Y fue ahí, en la cápsula metálica del destino, donde el mundo dijo «hasta aquí». A los dos segundos de cerrar las puertas, pum, me veo encerrada a oscuras.
Mi primer impulso no fue pulsar el botón de emergencia, sino llamar a mi padre. ¿Por qué? Ni idea. Supongo que cuando una tiene claustrofobia y empieza a sudar ansiedad en cubitos, busca lo familiar. Él estaba trabajando y lo último que se esperaba era recibir esa llamada. Yo llorando, intentando explicarle que estaba encerrada y que por favor hiciera algo. Pero no entendí su respuesta, solo ruidos, como si mi padre se hubiese convertido en el mismísimo Dark Vader. Plan fallido.
Siguiente intento: mi vecina Bea. Confiaba en que, jubilada, estuviera en casa. Y lo estaba… bueno, llegando. Me dijo con esa calma de quien ha vivido guerras: “Aparco el coche y aviso al conserje”.
En ese minuto de espera, aún con algo de cobertura, mandé dos mensajes al grupo familiar: “ayudadme” y “me he quedado encerrada en el ascensor”. Y entonces, como si el universo dijera «suficiente comunicación por hoy», se colapsaron las redes móviles. Sin cobertura. Sin internet. Pulsé el botón de emergencia del ascensor y me recibió una voz grabada que me puso en espera debido al alto número de llamadas, con musiquita incluida. Imagina estar al borde de un ataque de pánico mientras suena una versión de Für Elise.
Golpeé las paredes, grité y nada. Nadie me oía. Por fin, tras lo que pareció una eternidad (pero fueron unos 15 minutos), aparecieron el conserje, el administrador y un vecino que —bendito sea— resultó ser bombero. Entre los tres intentaban adivinar en qué planta estaba. Yo, claro, justo entre el 0 y el 1. Ni arriba ni abajo. Como mi estado emocional.
Me dijeron que iban a avisar a la policía a pie, porque los móviles no funcionaban. Así que ahí me quedé, activando y desactivando los datos como si mágicamente fueran a volver. Logré leer un mensaje en otro grupo que decía: “se ha caído la red eléctrica en todo Madrid”. Ah, estupendo, pensé. Pero lo que no sabía es que el apagón era en España, Francia y Portugal, y menos mal que no lo sabía, porque entonces en vez de los bomberos viene la ambulancia a atenderme.
Llevaba ya unos 45 minutos encerrada cuando volvieron mis tres mosqueteros. Me dijeron que los bomberos vendrían, pero yo no aguantaba más. No tenía linterna -la del móvil está rota- así que les pedí que intentaran abrir la puerta para ver si había alguna salida. Cortaron la luz (aún más) para evitar accidentes y abrieron. El hueco era mínimo, pero cabía una persona en horizontal. Les dije que por ahí salía yo. Literalmente, hice el limbo de mi vida para arrastrarme fuera.
Una vez me rescataron, solo podía llorar, puede que sea una dramática pero solo me salía eso… Al llegar a la entrada de la urbanización, unos 20 vecinos me aplaudieron como si acabara de cruzar la meta de una maratón. Y ahí, entre los vítores, apareció mi padre, corriendo. Había entendido mi llamada entrecortada, se asustó al no poder contactar con nadie y decidió venir él mismo, atravesando el caos de un Madrid paralizado. Lo que no sabía es que yo le acababa de salvar de un atasco tremendo.
He de decir que tuve muchísima suerte. Hubo personas que pasaron horas y horas en situaciones mucho más complicadas: con bebés en brazos, personas mayores, perros… Lo mío fue un susto, sí, pero dentro de lo que cabe, salí bien parada. Al menos me llevo una buena anécdota… y la firme decisión de no volver a coger un ascensor en una buena temporada. Gracias por tanto, Europa.


