Las redes sociales han convertido la intimidad en una paradoja y, ahora, nos asusta llegar a ella en el mundo real
En Japón ya se han casado con una IA. Una joven de 32 años se casó con Klaus, su personaje creado en ChatGPT. Cuando vi la película Her (2013), protagonizada por Joaquin Phoenix, me pareció algo tan lejano y tan distópico que ni siquiera conseguía imaginarlo. Y ahora, trece años después de su estreno, se está haciendo. ¿Visualizar lo que sucederá de aquí a trece años más? No quiero ni pensarlo.
La forma en la que nos relacionamos ha cambiado, hay que aceptarlo. Cómo y cuándo conocemos a la gente, nuestras impresiones y conjeturas sobre ellos, nuestro flirteo. Todo está mediado por una pantalla. Y el problema no es ese; el verdadero conflicto es pensar que es ahí donde sucede todo, donde se da la vida real.
Bueno, para ser sincera, es evidente que ya está sucediendo todo en ese espacio. Imaginar lo digital como algo ajeno a lo que vivimos no solo es ingenuo sino anticuado. Eso que llamamos «vida real» suena casi a algo mitológico, puesto que nuestra cotidianidad también se está materializando en la nube. Pero supongo que soy de las que se resiste a pensar que debiera ser así y me horrorizan —cuando reflexiono «en frío»— las dinámicas relacionales que estamos adquiriendo.
Lo digital desarrolla nuevos códigos. Nosotros hablamos en otro idioma desde que tenemos un móvil en la mano. Nuevas palabras, sí —sobre todo, en inglés—, pero también nuevos comportamientos y señales que funcionan más como indicios que como significados propios.
Remedios Zafra, en Un cuarto propio conectado (2010), señala: «En la red, no solo nos mostramos, sino que aprendemos a leer y ser leídos: allí se tejen nuevas reglas para acercarnos, responder y reconocernos en el otro.» Se trata de un lenguaje nuevo —y un tanto distópico— que vamos aprendiendo como un niño aprende las sílabas en la infancia.
Y como le sucede, asimismo, a ese pequeño sin espíritu crítico respecto a la autoridad parental nosotros, digitales infantiles, nos estamos impregnando de ese lenguaje y consintiendo que dictamine nuestras relaciones sin ni siquiera preguntarnos ni cómo ni por qué.
Volviendo al ejemplo inicial, las tecnologías están deformando cómo miramos, cómo conquistamos y cómo amamos —incluso a quién—. Claro que tiene sus ventajas. Como dije al principio, sería una ingenua si pensara lo contrario.
Pero ¿en qué otros grados los nuevos códigos están perforando nuestra manera de sentir y acercarnos al otro? Ya no hablo de las apps de citas y su crueldad. Hablo de una de las redes sociales más populares, Instagram, que, bajo la idea de compartir fotografías, esconde su verdadero propósito. O por lo menos, en el que ha devenido: ligar.
La aparición de las stories fue una excusa para pasar mucho más tiempo en la app. Y, luego, el lugar perfecto desde el que realizar el cortejo. Como ese caballero medieval que observaba desde lejos a su amada mientras le escribía esos poemas de amor cortés, el caballero millenial o de la Gen Z prepara, desde la distancia del sillón de su casa, su espectacular mensaje directo por el que te dirá que le encanta la canción que has subido. O mejor: te dará like a la historia.
No digo que fuera mejor ese caballero medieval que este joven tecnológico. De hecho, equiparo sus males: la idealización y el distanciamiento sin confrontación real. Cuántos poemas se escribieron sin que llegaran a las damas y cuántos mensajes ni siquiera se han traducido en un saludo en persona al día siguiente.
Teniendo esto en cuenta, y dada la trascendencia de lo que sucede en línea y la realidad, no son inocuos los movimientos que realizamos en las redes. «Me lleva dando me gusta a la historia meses, pero no me habla», «me ha escrito preguntándome, pero no me ha contestado», «le da like a mi publicación pero nada más».
Un mero botón decide cuál es el curso que debe tomar nuestra vida, ya que cada uno de esos gestos tiene su propia semiótica. Y mientras intentamos nadar en ese mar de códigos difusos, nos alejamos más, nos parece más rara la interacción e idealizamos situaciones que, en muchos casos, ni siquiera se producen.
Vivimos en un platonismo-distópico-digital en el que sustituimos el cuerpo por una intimidad y familiaridad ficticias. Y no voy a decir que yo no caigo en estas trampas. También hablo este idioma. Pero en esos momentos en los que me abstraigo para pensar que medimos el interés de alguien en nosotros en un me gusta, un comentario, un match, —incluso, cuando me descubro a mí misma hablando así—, se me cae el alma a los pies.
Shelley Turkle, en su obra Solos juntos (2011) dice «Esperamos más de la tecnología y menos de los demás. Nos sentimos solos, pero tememos la intimidad. La conexión constante nos hace sentir ocupados, pero no necesariamente acompañados». Tenemos miedo, incertidumbre e incomodidad, pero no sabemos qué hacer con ellas. Por eso apartamos el cuerpo, porque así es mucho más fácil.
La chica japonesa que decidió casarse con una IA no es menos inteligente que tú y que yo. Seguramente, —o eso espero—, también se le haya pasado por la cabeza que es un disparate lo que ha hecho. Pero, ¿acaso no es más fácil crear un ente a tu medida con las respuestas que deseas escuchar, con la voz que siempre soñaste? Es tentador, para qué mentir.
No obstante, denota un gran miedo a la vida. ¿Tenemos miedo a la vida? Yo me lo pregunto muchas veces. ¿Cuánto de realidad hay en el vínculo con una pareja creada en ChatGPT? Creo que a los humanos nos sigue gustando la verdad. Cuando la vemos en el cine, en los cuadros, en la música. Queremos verdad, la ansiamos. Al menos yo sí. Y no sé cuánta encontraremos en una IA, un match o un like de Instagram. Será cierto lo de que la verdad supera a la ficción.


