Después de su estreno el día 5 de septiembre, Romería, nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes a la Mejor Película, es la última de Carla Simón, ambientada en el Vigo de los años 80 y los 2000
Entrar a la sala de cine y ver asientos y asientos ocupados se ha convertido en una extrañeza, algo que parece reservado solo al estreno de una película. Sin embargo, esta es la segunda semana de Romería en los cines y no cabe ni un alfiler en la sala. La última de la trilogía, tras ‘Verano 1993’ y ‘Alcarrás’, pone el broche final al imaginario familiar de Carla Simón, basado en su niñez, el hogar y su identidad. Tanto es el interés por esta directora que el propio Pedro Almodóvar esperaba recibirla en la puerta de los cines Renoir. Cualquier espectador, ya atónito por la película, quedaba aún más sorprendido por la presencia del gran director allí. Mientras, hablaba enérgico con la catalana de ¿planos? ¿personajes? ¿guion? Seguramente de lo difícil que es construir la memoria cuando solo hay piezas sueltas, pequeñas esquelas de lo que el pasado fue.
Una historia sombría con imágenes pastel
Hay un velero blanco, un mar inmenso y un atardecer rosáceo que colman la pantalla cuando comienza la película. Se trata de una imagen placentera, calmada, y así lo son la mayoría de las que aparecen: la fotografía de Hélène Louvart es cándida, ochentera, de colores pastel. Si bien, justo por ello, parece que narrará el despertar adolescente de una joven, se trata de un drama un tanto oscuro, con raíces en la adicción a la heroína y el VIH, el estigma, la vergüenza y la necesidad de una niña, Marina, de saber quién es y quiénes fueron sus padres. Un guion de la propia directora que estriba en la autoficción más personal: la historia de sus progenitores, de su huida de Galicia a Barcelona para escapar del caballo, la repulsión de una familia pudiente al adicto y una joven, ella, que solo desea saber de dónde procede.
Silencio. La película transcurre en silencio. Marina, interpretada por Llúcia Garcia, avanza vergonzosa, cauta, por los recovecos de la familia de su padre, a la par que lo hace el espectador: el desconocimiento de ambos es el mismo. Diálogos cortantes y dudosos, espacios que faltan por rellenar. La película transcurre en silencio porque así ha sido la vida de Marina. En una adinerada familia de Vigo que decidió olvidar, una niña aparece queriendo recordarlo todo gracias al diario de su madre. Se trata de un relato que suscita empatía, cercanía y emoción, porque quién no ha encontrado espacios o huecos por llenar para saber quién es; o mejor, incluso, quién no conoce algún caso de alguien que falleciera por la heroína en los años 80 en España. Una historia dramática que, no obstante, se aleja del cine quinqui y busca otra cosa: quizá la esperanza de quienes sí pudieron salir.

Familia, estigma y surrealismo
En Romería, el espectador es nuevo en la familia de Fon, el padre de Marina, de la misma forma en que ella lo es. Un espectacular tío Lois, interpretado por Tristán Ulloa, como otra de sus tías, encarnada por Myriam Gallego, lo imbuye directamente en las dinámicas familiares de la casa Piñeiro, como también lo consigue Simón en Alcarrás. El trabajo de los vínculos es una de las cosas que más destaca de la película y de los trabajos de la directora. Existe una pequeña tensión entre Marina y Nuno, interpretado por Mitch, el primo de la protagonista, que no se termina de comprender hasta que Marina imagina cómo sería su padre y su relación con su madre. Entre medias, como si dividieran la película en actos, aparecen telones negros con la fecha, julio de 2004, y algunos mensajes: “¿Llevar la misma sangre te hace ser de la misma familia?”.
Algo interesante y llamativo del filme es el episodio, un tanto onírico, en el que Marina ya no es ella, sino su madre; y Nuno, ya no es su primo, sino su padre. Ahora, se reconstruye a la perfección ese diario que es la biblia de Marina, en una especie de juego de espejos con la realidad. Ella, con lo que sabe y ha ido conociendo de Vigo, y sin saber cómo eran sus padres en esa época, se sitúa a sí misma y a Nuno como tales. El velero blanco del inicio retorna, como símbolo del padre, amante del mar. Ahora, el relato se reduce a dos personas, se encierra en ellas, y deja de lado el estigma y la vergüenza que la familia pudiente alberga hacia su hijo.
Decir VIH sin vergüenza
En este sentido, y solo de manera accidentada, Carla Simón subraya cómo la condición económica y de clase define esa mancha que son la droga y el VIH. Una familia de alto escarnio de Galicia no sufre de la misma forma esa resignación social, no ve su honor mancillado de la misma manera. No obstante, el interés de la directora no estriba en esa crítica; tiende más al deseo de encontrar la identidad, la esperanza, la reconstrucción de una vida y el subrayar que hubo gente que pudo continuar y darse una oportunidad de nuevo. Poder decir SIDA, bien alto, bien claro, como lo hace Marina ante el notario cuando preguntan la causa de fallecimiento de su padre. Ese es el objetivo de Simón. Y aunque la película se desarrolló en silencio, algún que otro sollozo breve, el sonido de alguna nariz, se escuchó en ese instante.

A veces, las historias trágicas sí tienen un final feliz y sí son reveladoras o exorcizantes. Así lo señaló la directora en un coloquio improvisado (e inesperado) tras la película. Se encendieron las luces y Mitch caminaba, chulesco y ochentero, hacia la pantalla, seguido por la grácil Myriam Gallego y muy dispuestos, pretendían resolver cualquier duda cinematográfica. Nadie conocía esto, ¿lo sabría Almodóvar? Entonces, Carla Simón apareció, también, entre las multitudes, y con un habla dulce y desenvuelto, explicó las partes oscuras o borrosas de su filme, habló de su vida, de la autoficción, de la importancia de trabajar con los actores y los vínculos entre ellos. La simpatía hacia el equipo, conocer que existen personas detrás de las pantallas y los meses para su elaboración siempre enternecen el corazón de quien, quizá, no ha comprendido la película o quien no la ha disfrutado en demasía.
Saber de dónde venimos
Contar la memoria, sobre todo, ver la memoria propia representada, es una catarsis y un ejercicio muy humano que Carla Simón desarrolla con frescura y algo muy dulce. Si bien la manera de narrarlo es un tanto surrealista –y a veces liosa para entender de forma clara–, dicen eso de que la realidad supera a la ficción y, la emocionalidad, siempre es una baza infalible. La valentía para conocer la historia que no se contó o se contó a medias y la búsqueda de la identidad son motivos, que a mayor o menor escala, toda persona ha experimentado alguna vez. Puede, entonces, que ahí resida el éxito de la trilogía de Simón. ‘Romería’ se trata de un camino, de una peregrinación, con un propósito y un final. Marina transita por las piezas de su vida hasta que conoce a su padre, aunque sea simbólicamente. Una película amable y sanadora.

