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Edward Weston, el fotógrafo obsesionado por las formas

Comisariada por Sérgio March y con la coordinación de Victoria del Val, la muestra se concibe como una pequeña antología de las facetas de Weston a lo largo de 35 años de oficio

Sinuosa, esbelta y sensual; una flor enraizada, la apertura a la Vida… ¿Quién diría que se está hablando de una simple col? ¿O de un pimiento? Incluso, ¿de un inodoro? Edward Weston (1886-1958) fotografió todo cuanto sus ojos vieron y encontró la belleza de aquello que los demás despreciaron. La exposición de la Fundación Mapfre, La materia de las formas, –disponible hasta el 18 de enero de 2026–, recoge un conjunto de imágenes que resumen con claridad la carrera del fotógrafo y periodista norteamericano: una oda a la simpleza, a la morfología, a las olas, a los torsos y al paisaje colosal sin intervención humana. Su obra no solo se rinde a lo bello de la madre naturaleza, sino que plantea un ensayo visual del propio valor de la fotografía y su lugar como categoría técnica, estética y de percepción. 

Primeros pasos 

Edward Weston nació el 24 de marzo de 1886 en Highland Park, Illinois. La primera foto de la historia se había realizado tan solo 60 años antes en Francia por Joseph Nicéphore Niépce, y mejorada luego por el daguerrotipo de Daguerre. Este nuevo arte, el de la fotografía, se presentaba como un mundo desconocido y atrayente, más fidedigno que la pintura: se trataba de una manera de representar la realidad y de dar cuenta de los sucesos relevantes. Señalar que algo fue real y nadie más que el objetivo pudo captarlo. Por ello, en 1911, ese joven de Illinois montó su primer estudio fotográfico en California y decidió que, la fotografía, sería su manera de concebirse, relacionarse y presentarse al mundo.

Exposición en la Fundación Mapfre | Fuente: El Generacional (@blaasco.lucia)

La fotografía como arte propio

Edward Weston comenzó su carrera atendiendo a escenas semejantes a la pintura, en la línea de las corrientes artísticas de la época y de los pintores paisajísticos norteamericanos: fotografía escenas pastoriles, niños, montañas… Pero, rápidamente, en su viaje a México en 1923, descubrió el otro poder de la imagen: no solo es un medio de representación literal, sino uno simbólico. Una fotografía puede expresar cualidades estéticas como la belleza, el dolor, la fealdad… Al mismo nivel que otras artes lo hacían. De esta manera promueve, junto a otros pioneros como Paul Strand o Alfred Stieglitz, la emancipación de la fotografía como arte por sí mismo por su potencial poético, fenomenológico y estético. 

Sus viajes a México

De este periodo es una de sus fotografías más llamativas, Excusado, un inodoro esbelto, ondulado y brillante, en el que, que según dice, encontró “todas las sensuales curvas de la “divina forma humana”, pero sin sus imperfecciones”. Es en esta imagen donde asienta el que será el leit motiv de su vida: desgranar la forma, atender a las líneas, pintar las sombras y los contornos. En México, los cuerpos ocupan su imaginario: cuerpo desnudos, encorvados, retorcidos; sin rostro, con él; en habitaciones pequeñas, frente a paredes blancas o tumbados en mitad del desierto. La mirada de Weston se posa de manera específica en función del cuerpo que retrata, respetando el juego de líneas y de sombras como una tipología formal. Así, él mismo indica, “incluso la respiración puede estropear una línea”. Los pliegues, los tendones, los pelos, las costillas… Todo eso es bello en cuanto a creador de formas.

Desnudo (1936) | Fuente: El Generacional (@blaasco.lucia)

En estas salas, el fondo es azul oscuro, generando una sensación de mayor intimidad; de escasa claridad, quizá, en las propias ideas de lo representado. Un joven Weston, atraído por el cuerpo y la sencillez de la vida mexicana, da los primeros pasos en su búsqueda casi ontológica y obsesiva de la esencia de la fotografía: la atemporalidad de lo natural y el detalle nimio como expresión máxima de la esencia del objeto. A continuación, la siguiente sala es blanca, la iluminación algo tenue y las sombras de lo representado, más acentuadas. Se trata de una nueva fase, de una madurez fotográfica. 

Bodegones y capacidades de la cámara

Si bien los cuerpos fueron la obsesión primera, las hortalizas, las conchas o las nubes, fueron la segunda. En este periodo, ya no solo es fundamental la morfología, sino la composición en sí: el espacio, la profundidad, el encuadre… La obra de Weston se convierte en meticulosa y calculada; esos cuerpos derribados en la arena se dejan atrás por el deseo de mostrar los pliegues y recovecos del pimiento. Aunque en el fondo, esa hortaliza curva se asemeja al torso enrevesado previo. Pero más allá de la morfología, siempre presente, el detalle y la calidad técnica de las imágenes se eleva, acentuada por el carácter bidimensional de la fotografía.

En sus trabajos, Weston no solo propone una mirada concreta hacia el mundo, sino una reflexión filosófica o metafísica de su oficio como arte y como medio de reproductibilidad técnica. Con sus bodegones, subraya las capacidades duplicadoras y perceptivas del medio fotográfico y atiende al detalle como una forma de fragmentar y aislar nuestra mirada hacia lo que él desea. Su obsesión por la escena perfecta se refleja en sus escritos: “Trabajé todo el domingo con las conchas, literalmente, todo el día. Solo hice tres negativos.[…] Me agoté probando todas las texturas y los tonos imaginables para los fondos”. 

Concha (1927) | Fuente: El Generacional (@blaasco.lucia)

Sobre la esencia de la Vida

Las formas de las hortalizas adquieren semejanzas corpóreas: las estrías de la col podrían ser arterias humanas; las de la seta, tendones; las conchas simulan serpientes; las manos, las formas de los cactus en Arizona. Todo lo que vemos en el mundo es un espejo, es algo que ya antes hemos visto. Para Edward Weston, todos estos elementos son “partes independientes e interrelacionadas de un todo, que es la Vida.  Los ritmos vitales que se perciben en cualquier parte se convierten en símbolos del todo”. Fotografiar, entonces, no es solo representar, es asomarse a un cuerpo formado por otros cuerpos, por otras conchas, por todo un estímulo y una fuerza única que es la vida. Como él indica, “la fotografía como expresión creativa debe ser algo más que ver. Ver solo significa registrar hechos. La fotografía no es en absoluto ver en el sentido en el que ven los ojos”.

Pimiento nº 35 y Desnudo en la arena | Fuente: El Generacional (collage propio)
Manos de Kreutzberg y Saguaro, Arizona | Fuente: El Generacional (collage propio)

Melancolía, sombras y paisajes

En su etapa final, hacia 1940, el tratamiento de la luz y la búsqueda de paisajes vírgenes determinan su trabajo. Su imaginario, más denso y oscuro, no obstante, es tan atrayente que Walt Whitman lo elige para la publicación de Hojas de Hierba, la obra maestra del poeta. Con motivo de este libro, emprende un viaje de dos años por EE.UU, donde su cámara se llena de imágenes de cementerios e  iglesias abandonadas de Luisiana y Georgia, pero también de paisajes húmedos, edificios destruidos y elementos destinados a desaparecer. La muerte, la finitud, la soledad. Su fotografía ya no es inocua ni idealista; se torna crítica con la naturaleza, la cultura, la alienación y la tensión social en la vida estadounidense. Una puerta blanca, cerrada, que parecería la de una casa, se trata de la Iglesia de Hornitos. Todo lo que parece, no siempre es. 

Son muy llamativas, del periodo final, las fotografías de Point Lobos, en California: el mar abierto choca contra la costa, creando espirales de espuma, ritmos marítimos, fuerzas, una belleza salvaje. La imagen es de tal detalle y nitidez, a pesar de la distancia con la que es tomada, que hace cuestionar el método de Weston para conseguirla. Ni siquiera un dron conseguiría esa panorámica. También en Oleaje, el tema y el escenario son fundamentales: surge de una mirada estética concreta e intuitiva. Estas son sus últimos trabajos, después de ser diagnosticado con Párkinson. Años antes, en 1937, había sido galardonado con una beca Guggenheim, la primera concedida a un fotógrafo. En Point Lobos se saborea la nostalgia, la reflexión, la retrospectiva. De hecho, es aquí donde esparcieron sus cenizas en 1958.

Oleaje (1938) | Fuente: El Generacional (@blaasco.lucia)

Por y para el arte

Edward Weston consagró su vida a la fotografía y a la defensa de esta como un arte independiente y  significativo. Con una ambición naturalista y estética, sus obras se alejan de la perfección y el retoque actuales, para ofrecer una imagen sin tapujos, sin arreglos y sin otro añadido más que la acentuación de las propias calidades de los objetos, los cuerpos y los paisajes. El título de la exposición, La Materia de las formas, es el idóneo para resumir el interés de Weston por el morphé  y la fisionomía; además de la búsqueda incansable del ángulo, del fondo, del encuadre perfectos. Como señalaba Annie Ernaux en El uso de la foto, “(La fotografía) era la única huella objetiva de nuestro goce”. Y la carrera de Weston, lo demuestra.

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