Con la llegada de la época invernal, las singulares formas y colores de las auroras boreales desprenden una sensación de magia única digna de admiración
Ver auroras boreales (y australes, en su contrapartida sureña) sigue siendo una impactante experiencia, independientemente de cuántas veces las hayas vivido. Su aura mágica y la dificultad que conlleva ver una de ellas hace del avistamiento de auroras una vivencia única.
¿Qué son las auroras boreales?
Estas «luces mágicas» son realmente el resultado de la interacción entre los gases de la atmósfera y su campo magnético con una corriente de partículas cargadas eléctricamente procedentes del sol, denominada viento solar. Estas corrientes de partículas, llamadas iones, se dirigen a los polos tras chocar con el campo magnético terrestre. Los iones que quedan atrapados en la ionosfera, una de las capas de la atmósfera, impactan con átomos de gas que generan energía liberada en forma de luz.
Este precioso evento fue bautizado con su nombre actual gracias al astrónomo Galileo Galilei, que lo acuñó en honor a la diosa romana del amanecer (Aurora), en 1619. La razón de su denominación fue la creencia errónea de que las auroras boreales procedían del reflejo del sol en la atmósfera, y a pesar de ser una idea equivocada, su nombre se ha mantenido hasta nuestros días.

El registro más antiguo de las auroras tiene lugar en una pintura rupestre encontrada en Francia, que data de hace 30000 años. Así, desde tiempos ancestrales han ocasionado incertidumbre, mitos y leyendas para los pueblos antiguos. De esta manera, los vikingos tenían la firme creencia de que eran los reflejos de los escudos de las valquirias, encargadas de llevar las almas al más allá.
Aunque muchos astrónomos estuvieron años investigando las auroras boreales, no fue hasta principios de siglo XX cuando Kristian Birkeland, físico noruego, estableció su teoría sobre la formación de las mismas.
¿Por qué las auroras tienen diferentes colores?
La variación cromática de este fenómeno depende del tipo de gases que lo forman y la parte de la atmósfera en la que ocurre la unión de elementos. La manera en la que el viento solar choca con los gases de nuestra atmósfera, principalmente nitrógeno y oxígeno, provoca esta diversidad de color.
Cuando las partículas solares impactan con los átomos de oxígeno pueden crear diversos colores. Si chocan con el oxígeno a mucha altura se producirán auroras de color rojo o rosado. En cambio, si la colisión con el gas es más cercana a la superficie terrestre podremos ver las famosas auroras verdes, que son las más comunes por la facilidad del ojo humano para reconocer estas tonalidades.

Cuando el viento solar impacta con átomos de nitrógeno se forma otra gama cromática diferente. Así, esta colisión genera tonalidades azules, violetas o púrpuras. Estas auroras son más difíciles de ver y aparecen en épocas de gran actividad solar. La combinación de las partículas solares con ambos gases provoca la mezcla de colores que vemos reflejada en el cielo.
Así como la altura es clave, la intensidad del viento solar también lo es. Una gran actividad solar provocará auroras boreales más variadas cromáticamente y de mayor viveza y luminosidad.
¿Dónde se pueden ver auroras?
Las auroras boreales y australes son un fenómeno atmosférico que puede admirarse en muy pocas partes del planeta. Para tener mayor posibilidad de ver alguna de ellas tendremos que estar en la «zona auroral» (entre los 60 y 75 grados de latitud tanto al norte como al sur), según informa el Observatorio Geofísico de Tromso, Noruega. Aunque este es el lugar óptimo, también pueden ser vistas en otras latitudes con menor frecuencia.

A esto hay que sumarle cielos oscuros y despejados, además de una contaminación lumínica casi inexistente. En el hemisferio norte suelen destacar lugares como Alaska (Estados Unidos), Canadá, Islandia, Noruega, Suecia, Finlandia o Rusia. Por su parte, en la mitad sur del planeta los lugares más probables son Tasmania (Australia), Nueva Zelanda o la Antártida.
La mejor época para ver las auroras boreales es entre septiembre y abril, siendo en la estación invernal (de diciembre a marzo) cuando el fenómeno se puede disfrutar con mayor intensidad y frecuencia en el hemisferio norte.
En contrapartida, la mejor época para ver auroras australes es entre marzo y septiembre. En estos meses la oscuridad del cielo en el hemisferio sur es suficiente como para poder avistarlas en su máximo esplendor. Una experiencia única y, sin duda inolvidable.

