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‘La madre de Frankenstein’, a la altura de la más grande

La obra protagonizada por Blanca Portillo y Pablo Derqui conmociona a su audiencia

El pasado viernes, 29 de octubre, el Teatro María Guerrero tuvo el honor de estrenar la adaptación teatral de la última novela publicada en vida por Almudena Grandes. En una interpretación muy fiel al texto original, el nivel de sensibilidad en el público alcanzó cotas inimaginables. Promete ser una de las representaciones de la temporada en Madrid

Qué rara, Portillo

Que Blanca Portillo es probablemente una de las mejores actrices de este país algunos ya lo teníamos muy claro. El que todavía no se haya convencido -incrédulo de él- tiene hasta el 12 de noviembre para comprobarlo por sí mismo. Lo de su interpretación en La madre de Frankenstein es simplemente raro. Sí, puesto que algo raro es, por definición, inhabitual, poco frecuente o común y, qué duda cabe, que algo como lo que genera Blanca Portillo en el escenario es categóricamente extraordinario.

Ya es difícil de por sí interpretar a una enferma mental sin caer en su caricatura, pero que, además y lejos de eso, tenga que hacerlo durante varias etapas vitales y cambios de salud ya es de ovación cerrada. No sólo por el hecho en sí, sino por el cómo lo lleva a término. La actriz madrileña consigue insuflar la incomodidad de la paranoia desde sus primeros gestos en escena, así como la rotundidad de un personaje -el de Aurora Rodríguez Carballeira– de una inteligencia expedita y un aplomo militar.

Hay que sumarle que, Portillo, cambia sus gestos, postura corporal e, incluso, timbre de voz a medida que Doña Aurora se acerca a su último aliento. Resultado: calidad actoral inhumana. Sin interés por descubrir ni que sea un pequeño retal de la función, les revelaré que, nuestra actriz de confianza, dispone de un soliloquio final del que, ni siquiera el pétreo Antonio Vallejo-Nágera, sería capaz de salir sin ahogarse en llanto. Simplemente imperdible.

Blanca Portillo en la postura de pensar de Doña Aurora – Fuente: Geraldine Leloutre

El capitán Derqui

Uno de los factores más determinantes y complicados en cualquier obra literaria o dramática es el hilo conductor. En este caso, durante la historia que el doctor Germán Velázquez, brillantemente interpretado por Pablo Derqui, nos narra resulta poderosamente complicado hasta apartar la mirada del escenario. El nivel de compromiso con su papel, sumado a su incomparable capacidad interpretativa, transmutan la labor del actor catalán en la de un perfecto capitán de barco.

Habría que apuntarle a Almudena Grandes el tanto de que este personaje sea un perfecto retrato del extrañamiento que una persona culta podría sentir al entrar de lleno en la España de los primeros años del franquismo. Pero es que, además, estamos hablando de un actor con una habilidad sintetizadora sumarísima. Punto a parte: Derqui permite en su interpretación un enorme espacio para la empatía y la ternura, no es sólo un psiquiatra realizando un proyecto clínico, es un hombre que duele y acredita al público para que duela con él.

Blanca Portillo y Pablo Derqui en escena – Fuente: Geraldine Leloutre

Sin mácula aparente

Quizás haya – pues siempre los hay – individuos avezados en no sé qué estudio o sensibilidad o purismo que encuentren tremendos fallos interpretativos en la compañía de esta obra, quizás los haya. Quedamos aproximadamente 500 espectadores por función incapaces de verlo, pero, en cambio, capaces de dejarlo todo en nuestras butacas, de reír y llorar amargamente con el trabajo de estos actores.

Jordi Collet interpreta magistralmente a Eduardo Méndez, todo un testimonio de miedo y vitalidad a partes iguales. Ferrán Carvajal hace de todo, en el más alto sentido del término, con sus tres personajes. Más de lo mismo cuando hablamos de las aptitudes de David Fernández «Fabu», Gabriela Flores, Belén Ponce de León o José Troncoso. Mención a parte para Macarena Sanz que, con su María Castejón, entra en la disputa por convertirse en uno de los personajes más conmovedores de la obra.

Ferran Carvajal, Blanca Portillo y Macarena Sanz en escena – Fuente: Geraldine Leloutre

Las expectativas

Cuando un espectador encara la puerta de un teatro – más aún cuando es conocedor de la obra que habrá de presenciar – no puede evitar interiorizar ciertas incertidumbres. Una de ellas es la escenografía. ¿Qué harán? ¿Será fiel al tiempo histórico o, en cambio, buscarán un montaje rompedor? En este caso, desde el primer momento en el que se accede a la platea a uno lo invade una sensación de frialdad. Una única plataforma de azulejos blancos se erige en el escenario, trasladándole, en efecto, al centro de la acción: una habitación del Manicomio para mujeres de Ciempozuelos en 1954.

Otra de las dudas que, propios y extraños, manifestábamos en la previa a la representación era inevitablemente su duración. Hablamos de una obra de aproximadamente 3 horas y 40 minutos de duración (descanso incluido). Si bien puede ser un dato que espante hasta a los más asiduos al teatro, los rostros finales del público y el testimonio de quien escribe certifican que valió la pena. Más aún, se llega a comprender que, dada la complejidad de sus personajes, reducir artificialmente la duración de la obra terminaría por mutilarla.

David Fernández «Fabu» y Pablo Derqui en el escenario – Fuente: Geraldine Leloutre

Moraleja

En conclusión, tenemos la posibilidad de disfrutar de un testimonio con nombres y apellidos de una de las etapas más borrosas de nuestra historia. Hablamos de una obra que, si bien se ocupa de temas de una gran enjundia – eugenesia, robo de bebés, enfermedades mentales, represión -, trata mucho más de dignificar a quienes padecieron esos demonios que a quienes los crearon. La habilidad narrativa y actoral de hacer de una de las criminales más aborrecidas del siglo XX una mujer doliente a quien podemos comprender es por lo menos estratosférica.

Harán bien en ir a una representación que, pese a exigir un gran compromiso de su audiencia, devuelve mucho más de lo que pide. Un entorno genial, unas interpretaciones intachables y un texto solamente digno de Almudena Grandes, eso es lo que le están ofreciendo. Más aún, siempre debe de considerarse como un regalo la oportunidad de emocionarse hasta las lágrimas en un teatro. Todos los espectadores se merecen este regalo, no se la pierdan.

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