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Andalucía, última parada antes de las generales

La carrera electoral terminará en Andalucía y allí se decidirá buena parte del futuro de la legislatura y del resultado de las próximas elecciones generales

Andalucía es una de las comunidades autónomas más interesantes desde el punto de vista electoral. Es la más poblada y la segunda más extensa del país. Además, forma parte de las mal llamadas «nacionalidades históricas», lo que le permite escapar del régimen general que fija las elecciones autonómicas el cuarto domingo de mayo cada cuatro años.

Esa singularidad ha convertido tradicionalmente sus comicios en un acontecimiento político de primer orden, rodeado de una atención, un análisis y un mimo mediático muy superiores al del resto de comunidades. Además, Andalucía tiende a anticiparse a dinámicas políticas que después terminan extendiéndose al conjunto de España.

Estas elecciones serán las últimas antes de las generales y pondrán fin a casi medio año de comicios autonómicos encadenados. Este carrusel electoral responde a una estrategia diseñada por el PP que, sin embargo, no ha salido exactamente como en Génova esperaban. Guardiola y Azcón justificaron los adelantos electorales en la imposibilidad de aprobar los presupuestos y en la necesidad de sacudirse a Vox de encima. La otra cara de la operación consistía en asistir, elección tras elección, al supuesto achicharramiento electoral del PSOE y exhibir así el presunto ocaso del «sanchismo».

Pese a las victorias del PP en todas esas citas electorales, los populares no han conseguido mermar a Vox, que empieza incluso a acariciar el 20% de los votos. Tampoco ha terminado de cuajar la estrategia de exhibir la supuesta debilidad socialista. Tras el descalabro del PSOE en Extremadura —provocado, entre otros factores, por una candidatura poco competitiva—, Pilar Alegría logró resultados muy similares a los que los socialistas obtuvieron en Aragón en 2015: nada que celebrar, pero tampoco un mínimo histórico del que extraer grandes titulares. En Castilla y León el PSOE ganó dos diputados, de modo que la tendencia, aunque partía de niveles muy bajos, ha sido ligeramente ascendente. La pregunta ahora es otra: ¿qué va a pasar en Andalucía? 

El camino hacia el 17M

En las elecciones castellano-leonesas todos pudieron vender algún triunfo: el PP ganó, el PSOE creció y Vox volvió a subir. Este último no lo hizo tanto como en Aragón o Extremadura porque en Castilla y León ya había irrumpido con fuerza en 2022 y, pese a haber pasado por el Gobierno autonómico, consiguió mejorar sus resultados. También cumplieron sus objetivos los partidos situados a la izquierda del PSOE, empeñados —cada vez de forma menos disimulada— en desaparecer del mapa electoral. En Andalucía, sin embargo, hay bastante más que perder.

Andalucía ha sido históricamente el gran feudo del socialismo español. Durante la Transición, el PSOE izó la bandera andaluza y se convirtió en el gran partido autonomista de la comunidad. Pero tras cuatro décadas de gobierno en la Junta y una sucesión de casos de corrupción, Juan Manuel Moreno Bonilla arrebató el poder a Susana Díaz en diciembre de 2018 con el apoyo de Ciudadanos y Vox.

Paradójicamente, Moreno llegó entonces a la Junta con el peor resultado histórico del PP andaluz; cuatro años después logró una mayoría absoluta incontestable y, a finales de marzo, convocó elecciones para el 17 de mayo, en plena antesala de un nuevo foco judicial que vuelve a situar a la política andaluza bajo el foco: el llamado “caso mascarillas” de la Diputación de Almería, que afecta a dirigentes del PP almeriense y que empezará a declarar en sede judicial tras la celebración de las votaciones. Las encuestas dibujan un escenario muy ajustado: el PP podría revalidar la mayoría absoluta… o perderla por un pocos de escaños.

¿Conseguirá Juanma Moreno revalidar la mayoría absoluta?

El presidente de la Junta recogió en 2018 el testigo del andalucismo y ha sabido capitalizar el desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez, convertido en su principal activo hasta hoy. Además, logró una mayoría absoluta que neutralizó a un Vox especialmente agresivo, lo que le consolidó como un perfil de dirigente moderado, ajeno a los extremos.

Moreno Bonilla ha trabajado también una imagen de político cercano, afable, sobrio y comprometido con su tierra, a lo que ha sumado incluso una faceta musical que ha dejado ver en esta campaña. Todo ello le ha permitido transitar una legislatura de notable estabilidad, hasta el punto de que apenas ha tenido que dar explicaciones por episodios como el de los cribados de cáncer de mama o por las críticas a la deriva de privatización sanitaria que se viene consolidando desde San Telmo.

Su mayoría absoluta no es improbable, sobre todo si se tiene en cuenta que Vox, previsiblemente, podría interrumpir su tendencia alcista. De nuevo, el partido ha optado por un candidato poco conocido, con una campaña muy marcada por la figura de Santiago Abascal y por un repertorio programático calcado, en buena medida, de otras citas autonómicas.

Su discurso, centrado en la «prioridad nacional», ha incluido propuestas como la oposición —según ellos mismos— a la instalación de placas solares en olivares, entre otras ideas de corte más simbólico que estructural. En este contexto, la principal amenaza para la mayoría absoluta del PP no parece ser Vox, sino, en su caso, la capacidad de movilización de las formaciones progresistas.

Las izquierdas

A diferencia de otras citas electorales, en esta ocasión Sumar y Podemos han optado por concurrir juntos, convencidos de que la suma es preferible a la irrelevancia. Lo hacen bajo la candidatura de Por Andalucía, con Antonio Maíllo, coordinador federal de Izquierda Unida, al frente. Por su parte, Adelante Andalucía, sin tutelas de Madrid —como reivindican permanentemente—, intenta posicionarse como una fuerza propia, con un perfil más joven y dirigido a un electorado joven, que el 28 de febrero toma pan con aceite y recita a Lorca y a Machado.

Esta vez, las izquierdas a la izquierda del PSOE parecen tomarse en serio la contienda electoral. Han incorporado a su discurso cuestiones como la vivienda, los servicios públicos o el transporte, dejando en segundo plano el tradicional relato en el que acusaban al resto del país de reírse de su acento. En función del apoyo que logren movilizar, estas formaciones podrían resultar decisivas en el reparto final de escaños en determinadas provincias.

Por otro lado, el PSOE es quizá el partido que más se juega en estos comicios. María Jesús Montero abandonó la vicepresidencia y el Ministerio para ser enviada de vuelta a su tierra natal: Sevilla. La cuestión es si la autodenominada “mujer más poderosa de la democracia” aterriza en Andalucía con paracaídas o sin él.

Esto abre una pregunta de fondo: ¿a quién se parecerá políticamente Montero? ¿A Gallardo, a Pilar Alegría o a Carlos Martínez? Todos ellos sufrieron las críticas de la oposición por la financiación autonómica del Gobierno. Ahora, su principal impulsora, candidata a la Junta, ya no es cómplice del debate: es el blanco directo de una ofensiva que antes se diluía entre varios.

Para aproximarse a un mejor resultado, quizá habría tenido que ensayar una estrategia más pragmática, similar a la que llevó a Carlos Martínez a explorar fórmulas de gobernabilidad en Castilla y León, ofreciéndole a Mañueco que gobernara la lista más votada, aunque este la rechazase.

No basta con competir: también se trata de influir en el resultado final y en la arquitectura de los pactos, aunque sea absteniéndose. Porque no se puede criticar permanentemente a los populares por pactar con la ultraderecha y, al mismo tiempo, no hacer nada para evitarlo; claro que el PP tampoco invita precisamente a la abstención con el nivel de oposición que ejerce a nivel nacional.

Los resultados electorales

En cualquier caso, el próximo gobierno de Andalucía conservará a su presidente con bastante seguridad; la cuestión es si todos los consejeros serán del Partido Popular o si Moreno Bonilla tendrá que abrir la puerta a Vox y, en su caso, cuántas consejerías tendrá que ceder. Si Juanma Moreno se queda a un diputado de la mayoría absoluta, cabe preguntarse si alguna formación de izquierdas tendrá la suficiente altura política como para evitar que quienes desprecian el legado de Blas Infante, así como la propia idiosincrasia del pueblo andaluz, entren en el Gobierno. No es probable, pero sí posible.

Lo que sí puede afirmarse con bastante rotundidad es que el resultado del 17 de mayo será fruto de una campaña atravesada por el populismo más recalcitrante, en la que todos los partidos —incluso Vox, en ocasiones—compiten por el monopolio del andalucismo, revestidos de un verde omeya deliberadamente exagerado, y en pugna por ver quién «tiene más arte».

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