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El camino hacia felicidad pasa por los clásicos

Historia alternativa de la felicidad de Juan Antonio González Iglesias nos muestra cómo los antiguos pueden cambiar nuestras vidas

La búsqueda de la felicidad es uno de los aspectos inherentes a todo ser humano. En todas las épocas, circunstancias, culturas y modelos de pensamiento ocupa un lugar privilegiado. A veces, esa búsqueda se plantea como una angustia por el que no la encuentra – o cree no encontrarla -. Otras, en cambio, se disfruta como un juego, encuentra su consecución en el medio y no en el fin; el camino hacia la dicha parece hacer bienaventuradas a muchas personas.

Hay infinitos modos de tentar a la felicidad. Tantos, insistimos, como seres humanos. Pero, lo que es cierto es que, muy a menudo, es preciso tener un guía o un modelo o, quizás, un profesor que nos muestre la senda correcta, el camino de la dicha. En este contexto, no resulta difícil imaginar la cantidad de libros de coach, autoayuda, autoconocimiento o autognosis que se editan y consumen hoy en día en nuestra sociedad occidental. En muchas ocasiones no tienen nada de malo e, incluso, son beneficiosos por la propia actitud del lector de mejorar su relación consigo mismo y con los demás. No es raro tampoco encontrar en ellos, aún en los menos desarrollados, algunas citas o preceptos de antiguos pensadores, muy comúnmente, filósofos estoicos del estilo de Séneca o Marco Aurelio.

El camino de los antiguos

Es aquí cuando sus pensamientos se ven amenazados. El tratamiento de algunos libros contemporáneos para con los preceptos de la filosofía clásica son claramente liosos y, en ocasiones, tergiversados e incorrectos. Aunque, a decir verdad, no todo es malo. El simple ejercicio de poner la mira en Aristóteles, Platón, Epicuro o Marcial con respecto a la búsqueda de la felicidad y el bienestar, pese a que no se realice en un principio con la corrección precisada, nos delata que, estos pensadores, son una buena fuente de la que beber en nuestra excursión hacia la virtud. Juan Antonio González Iglesias –Catedrático de filología latina en la Universidad de Salamanca y premiado poeta en los más prestigiosos certámenes de nuestro país– es consciente de que el retorno a los clásicos, a su quietud y a su universalidad puede ser enormemente valioso para la conquista de la felicidad.

En su nuevo libro, Historia alternativa de la felicidad, -publicado en la colección Sine quan non de Penguin Random House-, el profesor salmantino explicita que, esas enseñanzas dichosas que podemos recibir de algunos coaches modernos ya estaban –y tal vez mejor expresadas, por lo menos más bellamente– en los poemas, obras de teatro y demás escritos de nuestros antiguos. González Iglesias nos explica, no sólo los preceptos de sus filosofías, sino también cómo pueden estos ayudarnos en nuestras vidas. A priori, muchos pensaran qué puede aportarle Horacio, Virgilio, Catulo o Cicerón a nuestra existencia líquida y contemporánea. Pues la verdad, contra todo pronóstico, es que mucho.

Equilibrio y actividad

Dice Horacio en su Oda X: «Sé valiente en lo adverso y animoso, / pero recoger velas sabiamente / debes si demasiado favorable / soplare el viento«. En estos versos, el poeta latino, hace una llamada al ansiado y sereno equilibrio. Tan peligroso es para el alma el excesivo sufrimiento, como la entrega temeraria a la suerte y los placeres. Es por ello que, tanto cuando nuestro mundo se encuentra en un momento de zozobra, como cuando todos los dioses nos sonríen, debemos guardar la calma y la lucidez de juicio.

En el mundo clásico -pese a que muchos consideren que posturas como las de Epicuro invitan al placer indiscriminado e irracional- resulta tremendamente importante la figura de los límites. Una «sobria ebriedad» había teorizado Filón de Alejandría. Lo explicita el profesor salmantino cuando dice: «Hay que querer lo que somos. Amar incluso nuestros límites, lo bueno y hasta lo malo que nos ha tocado». Ser conscientes de nuestras fronteras de actuación puede hacernos, si no invulnerables, al menos más fuertes para soportar las cargas del pasado, el presente y el porvenir.

Para Aristóteles -y este libro nos lo deja muy claro- la felicidad no es un fogonazo en concreto, ni un estado de animo; es, en cambio, una actividad, un enfoque de la vida hacia el bien, hacia la virtud en su significado más clásico. La felicidad es un arte, un arte entendido como ars la traducción latina del término griego téchne, técnica. La dicha, como arte o técnica, debe ser enseñada y aprendida, compartida entre los seres. No es un momento, es una actitud y una actividad. Debemos trabajar a propósito de la vida feliz o, con el nombre del tratado de Séneca, la Vita beata.

Venus de Paolo Fiammingo | Fuente: Wikimedia Commons

Los tópicos horacianos

No es casualidad que los tópicos que Horacio plasmó en sus poemas hayan sido estudiados y repetidos durante toda la historia de occidente. El carpe diem o la aurea mediocritas cobran una importancia vital en nuestras vidas, aún a más de veinte siglos de distancia.

Quizás el que más tiempo pase en nuestras conversaciones e incluso en el merchandising de muchas empresas sea el carpe diem. El tópico en sí mismo parece ser una llamada al disfrute voraz de los placeres. Nada más lejos de la realidad. La palabra «carpe» no sólo debe ser entendida como «disfruta», sino como «cosecha» o «elige». De esta manera, no se trata de una consigna que obligue a disfrutar ansiosamente todo lo que nos pasa y a buscar experiencias intensas, sino a cosechar y valorar lo bueno de cada momento. Puede ser una invitación a la reflexión y a la serenidad, más allá de un letrero de neón en cualquier discoteca.

La Aurea mediocritras es, según nuestro autor, «una de las más peligrosas. Si la traducimos como ‘mediocridad’, la habremos traicionado totalmente». La «mediocritas» resulta antagónica con la mediocridad, se refiere a la excelencia, al punto áureo, el centro en el que el ser puede analizarlo todo y se encuentra sereno, lejos de los extremos. Precisamente esos versos de Horacio que recordábamos nos invitan a esto, a la claridad de juicio, el autogobierno y el equilibrio. Tenemos claro que, debemos controlar las velas de nuestro barco.

Chiesa distrutta di Santa Maria Liberatrice al Foro Romano | Fuente: Wikimedia Commons

El jardín

Es muy relevante también la figura del jardín o el huerto, ese locus amoenus imprescindible. Dice González Iglesias que: «El amor, la felicidad pueden ser la suma total de nuestra existencia. En la dimensión temporal, un día bueno puede equivaler a una vida, igual que en la dimensión espacial el jardín puede equivaler al mundo«. Tanto el jardín como el huerto aúnan la cualidad de ser recintos vallados dedicados a alimentar; El huerto al cuerpo y el jardín al alma.

El jardín es fundamental puesto que es un fragmento del mundo que ha sido recortado. Es «símbolo del retiro del mundo, los límites humanos y de la individualidad autónoma de cada ser humano» según nuestro autor. La conexión con la naturaleza, con el germen de todo lo existente, aunque sea en un pequeño cercado urbano, resulta poderosísimamente beneficiosa para la salud del alma. En el huerto o el jardín, no sólo se cosechan frutos y flores, también se cultiva la quietud, la calma tan necesaria en este tiempo que corre a velocidades abrumadoras.

Huerto de Calixto y Melibea. Salamanca (Castilla y León, España) | Fuente: Wikimedia Commons

El amor y la amistad

El último punto que trataremos del libro, por no robarles las ganas de leerlo con placer, es su abordaje de las formas del amor y la amistad. En cuanto al vocabulario de los antiguos griegos, podemos distinguir entre tres diferentes tipos de amor: eros, filía y agápe. El primero se refiere al deseo, el amor apasionado, el que proporciona felicidad cuando se sacia con salubridad, pero sufrimiento cuando responde nada más que al goce. Aunque, en realidad, a Eros (deseo) se le tiene por, como dice González Iglesias en el prólogo de su poemario, Eros es más: «una divinidad primordial que gobernaba la propia vida de los dioses. Un principio cósmico que tendía a unir a todos los seres de la naturaleza«.

La filía es, por su parte, el amor amistoso. Se despoja de las ataduras de la pulsión erótica. Para los antiguos este tipo de amor tiene un poder muy especial, se trata de un amor mucho más sereno y perdurable, desinteresado. Epicuro decía que: «De todos los medios de los que se arma la sabiduría para alcanzar la dicha en la vida, el más importante con mucho es el tesoro de la amistad«. Todos conocemos la fortaleza de la que te dota el abrazo, la camaradería, la comprensión de un buen amigo. Eso ya lo sabían los griegos.

Por último, el agápe. Es el amor altruista, incondicional y espiritual por antonomasia. Si eros entiende el objeto de amor como posesión, agápe significa interpretarlo como un regalo. Rige su naturaleza una posición ética de gran exigencia, puesto que prima el bienestar del objeto amado antes que el propio: un amor entrega. Debemos comprender que estos tres tipos de amor deben complementarse, el eros llevará, si las circunstancias se presentan gozosamente, al agápe y, por su parte, filía, se encuentra en el centro, pero más cerca a la entrega que al eros.

La tentación de eros, cuadro de Angelica Kauffmann ubicado en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York | Fuente: Wikimedia Commons

Una lectura constructiva

Independientemente del estado vital en el que se encuentre el lector – si está cómodo con sus circunstancias, disfrutando de su felicidad, como si se encuentra en un momento de abatimiento emocional – encontrará en este libro una enorme cantidad de enseñanzas aplicables a su vida. Si está mal, hallará herramientas valiosas para su búsqueda del bienestar y la virtud. Si se encuentra perfectamente, podrá disponer de claves que le ayuden a perfeccionarse acaso un poco más. Finalmente, si ni lo uno ni lo otro, por lo menos podrá disfrutar de un libro plagado de conocimiento y curiosidades útiles para cualquiera. Una invitación a conocer más del ser humano.

El profesor Juan Antonio González Iglesias es un destacado poeta, una eminencia en el campo de la filología y un inmenso conocedor del mundo clásico. Pocas voces están tan autorizadas y estimadas como la suya para dotarnos de estas enseñanzas. Para saber de quién vamos a recibir estos conocimientos, dejaremos aquí una parte de uno de sus poemas, Confiado del poemario homónimo, que nos demuestra que el autor de este texto, además de un gran teórico, es un gran practicante de todas las influencias virtuosas que nos comparte:

«Pongo mi corazón en el futuro / y espero, nada más. / De los dos monosílabos prefiero / el más claro, el sencillo, el que despliega / un lienzo en el que todo / podrá ser. / […] / No sé cómo decirlo. / En una calle estrecha de Venecia / he encontrado una casa con un lema / breve sobre el dintel, inscrito en piedra / hace siglos, legible todavía, / que franquea la entrada. Ancora spero. / Tenemos que elegir. Ésa es mi puerta»

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