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Ximena Maier: «No me han hecho una escritora mejor, me han hecho una escritora»

Una casa portuguesa, la historia de la casa y la vida de Ximena Maier

Lumen publica Una casa portuguesa, el nuevo libro de la ilustradora y ceramista madrileña Ximena Maier. La evolución de su casa, el descubrimiento de una de sus vocaciones, su pasión por la cerámica y la historia de su familia en este lugar.

Una casa portuguesa

Pregunta: ¿Cómo y cuándo surgió la idea de escribir Una casa portuguesa?

Respuesta: En realidad, ha sido bastante adelantamiento por la derecha. Porque la idea, el libro original, en realidad era un libro sobre el azulejo renacentista. Porque yo hice Cuaderno del Prado y me gustó mucho ese formato de cuaderno de viaje, en este caso en un museo. El azulejo renacentista, cuando descubrí su historia, me di cuenta de que estaba geográficamente bastante localizado y bastante cerca de mi casa la mayoría de las cosas, y yo quería ir a verlas porque no hay fotografías buenas, no hay un libro. La única manera era ir y verla.

Siempre que estaba viendo todo esto, yo lo dibujaba porque siempre hago eso. Pensé que sería un libro muy bonito porque es una parte de nuestro patrimonio que no es nada conocida y es precioso. Yo estaba ya loca de “hay que conocer el azulejo renacentista”. Cuando le dije la idea a mi agente dijo “es un tema un poco complicado, pero bueno, vale. Pero hazme un primer capítulo, que sea explicando por qué te ha dado por aquí”.

Yo tenía esas ideas, todos los azulejos, las ermitas que hay en Cáceres, en Toledo… Pero hice el primer capítulo de “entré a la cerámica porque cuando entramos en esta casa pinté un azulejo para la chimenea…” y dijo “este capítulo es muy chulo”. Le di unos cuadernos que tengo gigantes de todo el proceso de la casa y me dijo “este es el libro”. Así que vuelta a empezar y escribir ese libro. Como dice Lola, la editora,

no han sido unas ilustraciones hechas para un libro, sino un libro hecho para unas ilustraciones.

Porque los dibujos ya estaban y ha sido escribir todo el relato. Que ha sido para ellos una labor de edición titánica porque realmente había tanto material. Ha sido un trabajo complicado, pero esto muy contenta con el resultado.

La evolución de la vida

P: En Una casa portuguesa vemos la evolución de la casa, pero también de tu vida, de tus cambios, la pasión que te surge por la cerámica. ¿Cómo ha sido ver esta evolución, este paso del tiempo en el libro?

R: Ha sido un cambio muy radical realmente, pero muy gradual también. Eso está bien porque yo vivía aquí, en Malasaña, pero han pasado quince años, no ha sido una cosa inmediata y he ido poco a poco. También viví en el centro de Évora, que es una ciudad muy chiquitina, que realmente es un pueblo, y era una vida muy agradable. Pero decidimos ir a las afueras, aunque nunca pensé que nos iríamos a vivir allí.

No pensaba que fuera a ser un cambio tan tan bestia teniendo en cuenta que las afueras de Évora están al lado porque Évora es mínimo. Pero lo que no sabía es que iba a volverme completamente loca con los jardines y con todo esto. Siempre me pasa lo mismo, no es “ay, que bonita esta planta” es “anda esta planta” e investigo la historia de las plantas, los jardines, los huertos. Todo tiene muchísimo detrás que me voy metiendo y me hundo un poco, pero me encanta también. Me ha pasado con la cerámica y me está pasando con los jardines también.

Vocación y azar

P: Hablas también de encontrar esa vocación, pero también del azar y, por otro lado, las decisiones que te han llevado hasta encontrar esta casa y esta vocación. ¿Cómo querías enfocar esto en el libro?

R: La idea era que tuviera una historia, un principio y un fin. Porque al principio estaban todos estos dibujos y escribía casi pies de foto largos. Pero tenía que tener una dirección. Y me di cuenta de que el tema del libro realmente era el cambio, esa transformación. Lo que pasa es eso, el azar. Yo no lo buscaba, no es que yo tuviera el sueño de “voy a dejarlo todo y me voy a ir al campo y voy a ser una granjera”. No es así para nada y la agricultura es otro mundo.

Yo vivo en el campo, pero no vivo del campo. Por suerte, porque es durísimo y ha habido un éxodo rural increíble. Yo vivo en una zona vaciada porque era una vida muy dura y todo el mundo se ha ido. Y todo el mundo se está yendo a vivir a Luxemburgo, a Lisboa, donde sea. Yo estoy ahí un poco de espectadora por un lado, pero metida dentro y aprendiendo a dejarme llevar, pero de una manera muy activa también por otro lado. Aprendizaje continuo e interesante para mí.

Aislamiento conjunto

P: Aparecen unos “personajes”, que son tu familia, tus vecinos, los obreros… ¿Qué papel querías que tuvieran estas personas en el libro?

R: Era también para darle más interés. Porque al final sino puede ser una cosa un poco autocomplaciente, narcisista, de yo, mi casa. Porque es verdad que hay mucha vida. En el campo realmente te das cuenta de que, por mucho que te veas sola y en medio del aislamiento total, no es así porque están los vecinos. Son superimportantes. Y todo lo que se mueve por ahí, necesitas mucho su ayuda. Sobre todo, yo que no sé nada, que me han tenido que enseñar a todo.

También mi familia, que son los habitantes de la casa. Y los animales también, que están los animales que elegimos voluntariamente. Que primero nos regalaron dos cacatúas, pero luego ya tenemos los perros, los gatos…

Luego hay animales involuntarios para mí, como los ratones. Siempre estás manejando un poco las cosas que quieres y las que no quieres, todo un poco a la vez. Porque además te crees que dispones de tu idea de “hoy voy a hacer esto” y hoy no vas a hacer eso porque de repente se ha roto no sé qué y tienes arreglarlo. Siempre intervienen cosas imprevistas y tener gente alrededor es muy importante.

También participar en ese proceso porque la familia, mi marido y yo, somos los que disponemos un poco, los niños se han metido ahí sin quererlo ellos, pero han crecido ahí también a la vez que se ha ido haciendo la casa, han ido creciendo los niños, ha ido surgiendo toda esa transformación. Muy orgánico todo, pero siempre bastante insospechado.

Al detalle

P: Me gustó mucho, tanto en Cuaderno del Prado como en Una casa portuguesa, que te das cuenta de muchos detalles que igual muchos pasamos de largo y en tus dibujos tú le das esa importancia a ese animal o a esa planta. ¿Por qué le quieres dar siempre esa importancia a esos detalles o por qué te fijas siempre en esos detalles?

R: Para mí la manera de entender las cosas es dibujarlas, dibujalas para plasmar todo, eso que voy captando. Yo no soy capaz de mirar durante media hora nada, pero si soy capaz de dibujarlo. No media hora, sino tres. Que eso me pasó con Cuaderno del Prado, que pensaba que lo conocía muy bien, pero una vez que empecé a dibujar y estás parada, estas quieta, y no solo estás viendo lo que están viendo tú, sino que estás oyendo lo de los demás y dentro de todo eso que no era solo sobre las obras sino sobre la experiencia de estar en el museo. Y esto es también eso.

No es la casa en sí, sino el jardín, el campo, todo visto por mí o por alguien que no tiene ni idea de nada y que se está enterando de todo y lo voy dibujando y lo voy entendiendo. De esa forma también la obra, dibujarla, era una manera de centrarme un poco, porque te puedes desesperar muchísimo. Pero también el hecho de verlo en un cuaderno, parecía que no avanzaba nunca y pensaba “me voy a morir sin entrar en esta casa”. Pero luego cogías el cuaderno, veía el proceso y me centraba bastante.

Con el jardín es al revés más bien porque yo no partía de una idea previa. De hecho, llamarlo jardín me parece una exageración casi, pero voy aprendiendo un montón de cosas de las semillas, los esquejes… Y los árboles que planté hace cinco años, aprendiendo a usar la azada, ahora están dando frutos. Es muy bonito porque estás en el ahora, pero estás en hace cinco años y en dentro de cinco años. Vayas donde vayas, el tiempo ha cambiado de definición para mí totalmente.

Portugal

P: Vemos este choque cultural dentro del libro. Añades palabras en portugués, vemos un poco la forma de ser de la gente, su cultura… ¿Cómo querías plasmar esto en tus ilustraciones y en el texto?

R: Lo que pasa con el choque cultural con Portugal es que por un lado te parece que es lo mismo, igual, porque realmente se parece tanto que no sientes que estás en otro país para nada. Y el idioma, el 85% del vocabulario es el mismo, o sea que es prácticamente lo mismo.

Sin embargo, es tan diferente que es que es muy gracioso porque el choque es bastante continuo, pero más que nada en la actitud. Porque ellos tienen una solemnidad y una pena del alma que es muy bonita, es muy poético todo. Has dicho antes la palabra azar y he pegado un respingo mental porque azar en portugués significa mala suerte.

Es como ser extranjera, pero tampoco tanto. Es como estar en casa la de tus primos, que es tu casa, pero no es tu casa. Dentro de que a los españoles nos tienen un poco de recelo de “que no se crea que por ser española sabe más”, que eso para nada.

Una gran labor editorial

P: ¿Cómo ha sido el proceso creativo de Una casa portuguesa? ¿Cómo fue decidir de qué hablar en cada capítulo?

R: Ahí tengo que agradecer muchísimo la labor editorial.

Siempre se dice que los buenos editores hacen mejores escritores, pero en mi caso no es que hayan hecho una escritora mejor, es que han hecho una escritora.

Porque yo no soy escritora. Yo llegué con los cuadernos superfeliz y fue como “escríbelo” y yo como “ya está escrito”, y ellos como “tiene que ser más largo porque tú ya eres autora”. Me mentalicé de me tengo que convencer a mi misma de que soy escritora, voy a disfrazarme. Me iba a la biblioteca de Évora, que es muy bonita, un edificio antiguo con una colección con todos los libros antiguos del siglo XVIII, encuadernados de cuero, dorado, con unas lamparitas verdes… Me ponía ahí y decía “sí, soy una autora”.

Como pienso ahora “qué pesada soy que solo hablo de mí misma”, pero porque es una entrevista tengo que hablar de mí misma, con el libro igual. Yo escribía, pero era como “cuenta algo más largo”, “pero no quiero ser pesada”, “que no estás siendo pesada, que es tu libro”. Lo escribía más largo, pero luego ahí ya me ayudaron con la estructura y el orden desde la editorial. Una colaboración bendita para mí porque realmente yo creo que ha quedado una cosa bien hecha gracias en mucha parte a toda la ayuda que me han dado. Se nota que es mi voz, es mi historia, pero toda la parte de estructura ha sido mucha labor de edición.

Historia como parte del proceso

P: También me ha gustado que además del desarrollo de tu historia, hay datos históricos y apartados, que lo hacen muy dinámico.

R: A mí me interesa mucho la historia. Siempre me gusta saber de dónde vienen las cosas. Y muchas veces los cambios artísticos, por ejemplo, que te crees que son de alguien que un día se levanta por la mañana y dice “voy a redescubrir esto” o “voy a hacer este tipo de toma que no se ha hecho nunca en el cine, voy a ser yo el primero”. A veces pasa eso, y otras se va haciendo y otros lo van implementando también. Muchas veces la técnica manda.

La cerámica, por ejemplo, ha sido así. En mi caso, por decorar una chimenea me metí en esto y descubrí la historia e intenté hacerlo. Son cosas que piensas que son externalidades, pero luego influyen mucho para bien. Me divierte. La historia creo que siempre es muy fértil para mí. Para mí la tradición es un trampolín. Me sirve para pegar un salto y descubrir cosas divertidas.

El proceso creativo

P: ¿Cómo es tu proceso de dibujar y ahora también tu proceso creativo con la cerámica? ¿Qué momentos le dedicas a esto? ¿Qué colores utilizas?

R: A mí también me gusta dibujar sin más. Lo que diferencia el dibujar a ilustrar es que hay un texto de base de alguna manera y tiene una función, es para acompañar algo o para aclarar algo. A mí me encanta dibujar porque sí, entonces mi proceso normalmente siempre, si tengo una entrega, antes de nada, me pongo a dibujar tonterías mías para mí en mi cuaderno.

Son unos cuadernos, que tengo millones, una pared entera, a lo largo de toda la vida. Esas son cosas que hago sin pensar mucho. También porque muchas veces trabajo con el ordenador, pero eso siempre es a mano. La tinta, la acuarela, el lápiz, el papel… Toda esa parte de texturas me encanta y disfruto mucho, pero también muchas veces lleva cosas que no te esperas porque cae un manchurrón de algo que luego tienes que mezclar, pero dentro de eso estás más en control.

En cerámica mucho menos control porque físicamente es mucho más difícil. Entran el juego de la cocción, que de repente pueden fallar un montón de cosas. Pero, por ejemplo, la elección de colores, a mí siempre me ha gustado usar solo colores que sean gamas de escuelas tradicionales de cerámica. Porque la cerámica normal, que yo nunca me había fijado y me parecía que los colores eran así porque eran bonitos y ya está. Porque hay amarillo, verde, azul y marrón-negro. Pero eso no es porque sí, no es porque nadie dijera “estos son los que nos gustan”.

Es que son óxidos metálicos que son lo único que puede servir para fundir a esa temperatura. Mientras el azul es cobalto, que es un metal… Son cosas que solo pueden ser eso. Esa restricción te abre en realidad muchísimo campo porque te quita de mucho lío. Luego descubres que la cerámica turca del siglo XXII sí tenía rojo y dices “voy a probar a la turca, solo turquesa y rojo” y “voy a ver a los ingleses que metían rosa, pero eso ya en el siglo XVIII”.

Una casa portuguesa real

P: ¿Cómo fue la elección del título y de la ilustración de la portada?

R: El título, hay una canción muy famosa de Amália Rodrigues, que es la supercantante mítica portuguesa de fados que todos la veneran muchísimo, y tiene una canción muy famosa que se llama así, Una casa portuguesa. Si ves la letra, parece casi una descripción de la mía: una casa blanca, con dos rosales en la puerta, unas uvas en la parra, un azulejito en la fachada… Es que es está casa totalmente.

La portada tenía que tener la fachada de la propia casa. Estoy yo en el jardín podando con mi look de siempre, que me pongo siempre un pañuelo para no tener el pelo en la cara. Está Bambina, la perra, que fue la primera que recogimos, que es una perra que está completamente loca, pero siempre está conmigo porque me cuida, dentro de que le da pánico todo, pero aunque ella esté pensando que puede pasar cualquier catástrofe, quiere estar vigilando a ver que no me pasa nada a mí. Si es que me paso el día así. Si puedo estar fuera, estoy fuera. La casa por dentro está bien, pero por fuera me encanta.

Casas desde siempre

P: ¿Quiénes son tus referentes o qué influencias has tenido, tanto para hacer este libro como en general?

R: El libro fetiche de la casa, que ya lo era antes, incluso antes de vivir aquí, que es Mi familia y otros animales de Gerald Durrell, que me encanta. Es el libro favorito de mi marido también. De hecho, él es biólogo y este libro para él es lo máximo. Luego están Las cosas del campo, que es el libro de su abuelo, que es un libro de prosa poética maravilloso, nada que ver con este mío porque este mío es otro tono por supuesto.

Luego, me encanta por ejemplo Carl Larsson, que es un pintor e ilustrador sueco de principios del siglo XX, que se hizo una casa y tiene muchísimas acuarelas de ella, su familia y se fue a vivir al campo. Tú ahora lo ves y te parece una casa maravillosa, pero comparada con la estética que había en ese momento era una casa de la vida simple. Ha tenido mucha influencia en el diseño del siglo XX, de simplificar los interiores.

También libros sobre casas que yo leía de pequeña y me encantaban tipo La casa de la pradera o Robinson Crusoe. En realidad, todas esas historias de llegar y hacerse una casa siempre me han fascinado bastante.

P: ¿Qué esperas que sientan o que se lleven tus lectores cuando lean Una casa portuguesa?

R: Espero que pasen un buen rato. Que sea como si vinieran a mi casa una tarde a merendar, a pegarse un chapuzón y estaríamos hablando y me dirían “Está casa, ¿cuándo la compraste?”. Que sea una cosa ligerita y simpática. Que sea para pasar un buen rato.

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