Madrid, un día de lluvia es un día de Stormykid
Continuando con su gira Guapo y Raro, Stormykid hizo su tercera parada en Madrid el pasado 12 de abril, esta vez en la Sala Bardot. En una ciudad donde el tiempo parece no encontrar su sitio, al igual que Stormy. Aún así, el valenciano supo encontrar su lugar en el escenario rodeado de aplausos y un público entregado.
Momentos que no se olvidan
No hace falta cámara lenta, ni un vídeo con transiciones, hay noches que se graban solas en la memoria. Madrid, viernes, lluvia de fondo y una sala llena. Stormykid llegaba a Bardot con su Guapo y Raro Tour y, aunque fuera hacía falta paraguas, dentro solo bastaban las ganas. Lo que empezó como un concierto más, terminó convirtiéndose en uno de esos directos que no se cuentan, se viven. Y aquí dejo las pruebas.
Canciones que calan
El concierto fue avanzando entre temas que los fans coreaban como si llevaran años tatuados. Uno de los momentos más especiales llegó con Caballo, un tema que Stormykid confesó que siempre le remueve por dentro, ya que le recuerda una etapa personal difícil. No hacía falta que dijera mucho más: bastó con mirarle mientras cantaba para notar que la emoción había llenado la sala, y más de uno se tragó la lágrima para seguir cantando con él.
Pero, sin duda, la noche se volvió emotiva cuando llegó El último, una canción que Stormykid no solo interpretó, sino que vivió sobre el escenario. Con los ojos brillantes y la voz quebrada, confesó: “Es como estar desnudo”. Y no es para menos, porque más que cantar, parecía estar abriéndose en canal delante de todos.
El adelanto que nadie esperaba
Entre canción y canción, Stormykid se guardaba una sorpresa bajo la manga: anunció que este año sacará nuevo álbum, y como adelanto presentó El dinero no vale para nada, un tema que sorprendió a todos por su aire rumbero, alejándose del sonido más habitual de sus lanzamientos anteriores. La mezcla de géneros es algo que Stormykid ya ha demostrado saber manejar, pero esta vez pilló a más de uno desprevenido, dejando entre líneas que su próximo disco podría traer más de una sorpresa.
Favoritas y ausencias
En el setlist tampoco faltó Ganando la Loto, una de sus canciones favoritas —como él mismo confesó— que hizo que la sala entera subiera el volumen de las voces por encima de los altavoces. Y aunque en temas como Ella me enseñó a vivir así y Mi médica las colaboraciones originales con Llvna y Delgao no pudieron estar físicamente sobre el escenario, la energía del público cubrió cada verso como si hubieran estado allí. Fue un recordatorio de que la música es algo que se completa en quien la escucha, incluso cuando falta alguna pieza.
Un tanga dice más de lo que parece
Otro de los temas que puso a cantar la sala a todo pulmón fue su viral Que bien queda tu tanga. Entre risas y complicidad, Stormykid recordó que la escribió en un estudio durante el confinamiento de 2020 y reflexionó sobre cómo cada persona le da un significado diferente a las canciones: “Puede que para vosotros signifique algo más, y eso es lo bonito de la música”, explicando que cada tema tiene vida propia en quien lo escucha.
Y es que esa es, quizá, la verdadera magia de la música: no necesita explicación. Una letra que para alguien es la banda sonora de un verano puede ser para otro el recuerdo de un adiós, o simplemente un estribillo que se queda dando vueltas en la cabeza. La música no obliga, no pregunta, solo se acomoda en cada uno como quiere y, a veces, consigue decir justo lo que no sabías que necesitabas oír.
Final con ibuprofenos y abrazos
La despedida no podía ser con otra que Ibuprofeno, su tema más conocido. Primero lo entonó desde el escenario, y después bajó a tierra firme, rodeado por su público, para cerrar la noche en un círculo, abrazados y coreando como si aquello no fuera un concierto, sino la sobremesa de un grupo de amigos que se saben todas las canciones de memoria.
Y, como si la música no hubiera sido suficiente receta, sacó unos ibuprofenos (de mentira, claro) que repartió entre el público, en uno de esos gestos tan suyos: simples, cercanos y con más cariño que postureo. Durante toda la noche, las voces de la sala no solo siguieron sus letras, sino que las sintieron tan fuerte que hubo momentos en los que Stormykid parecía ser un espectador más de su propio concierto.
Quizá esa sea la mejor definición de un buen concierto: salir con la voz ronca, la piel de gallina y la sensación de que, aunque las luces se enciendan y las puertas se abran, esa noche se queda contigo. Stormykid no solo llenó la sala, llenó las cabezas y las playlists de todos los que estuvieron allí. Y, como toda buena tormenta, dejó claro que siempre vuelve, aunque nunca sepas cuándo.

