El día que mamá rompió un plato es la tercera novela de Nicolás Muñoz Avia
Una mujer y sus amigas, una mujer y sus hijos, una mujer y su matrimonio, una mujer y su secreto. Cada una de estas mujeres es Aurora, la protagonista de El día que mamá rompió un plato. La historia cuenta, a través de distintas ópticas, la vida de Aurora. Más que la vida, la decisión que la llevó a extraer 70.000 euros de su cuenta corriente: todos los ahorros que tenía de la herencia de su madre. Sin dar explicaciones ni avisar a nadie.
Pero su hijo le revisa la cuenta corriente y la descubre, supervisión que enfada a nuestra protagonista y que comienza a dibujar el verdadero carácter de Aurora-madre. Su familia: un hijo y una hija de quienes no tiene queja, y un marido que aunque se dibuja claramente machista y chapado a la antigua, “no la trata mal”; se quieren, y si no, se guardan un cariño que les parece suficiente.
Todos ellos deciden hacerle una especie de encerrona para sacarle información: quieren saber dónde está la herencia. Y es ahí cuando Aurora rompe un plato, lo estrella contra el suelo haciéndolo pedazos. Su primer signo visible de rebeldía, de disconformidad, su primer alejamiento de la mujer madre y esposa, una reconexión con su pasado. A partir de esos pedazos, la novela gira en torno al secreto de la protagonista, sin dejar de lado las vidas del resto del elenco.
La sombra que se instaura sobre una mujer relegada al papel de ama de casa puede dejar secretos perfectamente camuflados entre una cotidianidad feliz. Aurora es una caja de sorpresas que se van descubriendo con el paso de las páginas, es un personaje que se resuelve al final con un carácter que sorprende un poco.
Aurora, como mujer y como símbolo
En este libro el paso del tiempo es una constante: la edad de los hijos, cómo funciona la toma de decisiones cuando envejeces, la resignación frente a las ideas del marido, la energía que tiene cada uno… Eso sí que se consigue reflejar. Puede que el autor haya hecho una reflexión sobre cómo los recuerdos y la confianza ciega que despierta el amor, pueden cambiar el rumbo de una persona, por muy mayor que se haga y por muy cómoda y aparentemente feliz que sea su vida.
El autor crea un intento de ensamblar o de mostrar a una mujer que, habiéndose resignado toda la vida a ocupar el rol de madre y esposa tradicionales, intenta reconducirse en la vejez. Sí que mantiene un comportamiento dócil, sobre todo públicamente, pero a la vez el depósito de los 70.000 euros sigue siendo algo secreto. Lo que desvía la atención: durante unos cuantos capítulos (los centrales que abordan la trama) el protagonista es el dinero. Todo gira en torno a eso y al egoísmo de cada miembro de la familia. La única que rompe varas en favor de Aurora es su amiga Elsa.
Esto puede que sea hecho a propósito y que simbolice cómo Aurora, debido a lo tradicional del ambiente doméstico, sea invisible y siempre haya algo más importante que ella. A pesar de estar en un momento vital en el que debería ser el centro de las miradas y los cuidados. Todo el mundo se preocupa cuando ya es tarde. Sin embargo, el giro final que sigue a la trama considero que desvirtúa la posición de una protagonista a la que se ha tachado de rebelde, de forma muy artificial.
Un ritmo que diluye el mensaje
No parece haberse descrito con demasiada destreza la reivindicación de Aurora para hacer lo que ella quiera, aunque pueda entenderse el mensaje, sufre una óptica que lo desvía: demasiados estímulos y demasiados temas alrededor. Y todos ellos (el mensaje principal incluido) son abordados con la misma profundidad, lo que hace que se pierda el punto de la novela.
Es un libro al que parece que le cuesta arrancar, si bien es cierto que una vez terminado, una vez que se deja macerar la historia al completo, todo tiene más sentido. Sin embargo es lento, hasta casi las setenta páginas cuesta entender qué se está leyendo. Resulta brusco, entiendo que el autor ha querido recrear hilos de pensamientos intrusivos, pero parece más una redacción a bandazos. Para ser una voz tan ordenada, tan cronológica, da la impresión de que el hilo conductor no está cohesionado. Hay momentos en los que se pierde el argumento, aunque sí que se recupera.
La estructura del tomo tiende a lo sencillo: cada perspectiva está separada por capítulos que llevan por título el nombre de quien los narra. Es un recurso sencillo y que no arriesga, pero que a fin de cuentas funciona y logra un entendimiento más amplio de lo que el autor quiere transmitir. Por otro lado, las reflexiones de cada personaje parece que surgen sin tener muy claro el porqué. Es un título que parece querer comprender muchos conceptos, justo por eso parece que no se alcanza ninguno a fondo. Aunque se entiende la crítica, esa intención de enmarcar los pormenores de una familia, hace que la novela sea un poco cliché: se basa en estereotipos.
Un final amable y una Aurora humana
La narrativa es simple, en tono directo, con las voces muy distinguidas y un estilo llano. En tonos generales es una descripción bastante estática: los temas que envuelven a cada personaje no evolucionan, ni de manera conceptual ni la forma de describirlos. Es siempre directa, sin demasiada conexión con el avance de la historia. Quien más se transforma es Aurora, la madre, a raíz de su vida privada, algo que no se descubre hasta el final.
Un final que es amable y que deja un buen sabor de boca. Los retales de la historia van cogiendo forma y dirigiendo al lector hacia las páginas finales, de la mano de la Aurora más humana. No es el libro de una generación, pero tiene su atractivo, es sencillo y muestra una realidad que muchas pueden entender como propia. Con un lenguaje amable y cercano el autor consigue que la lectura sea entretenida. Tiene también sus toques de humor, algo que siempre se agradece.


