Si no fuera por las sílabas del sábado, premio Sao Paulo 2023 a la Mejor Novela del Año, es traducida al castellano
Mariana Salomão Carrara, autora brasileña, publicó Si no fuera por las sílabas del sábado en 2023; inspirada en sus vivencias con un vecino anestesista y adicto a la anestesia, que tras varios incidentes con el gas de su apartamento hizo reflexionar a Mariana sobre la fragilidad de su vida, sobre cómo la vulnerabilidad de su vecino podría convertirse en la vulnerabilidad propia. La novela ha sido recientemente traducida al castellano por la editorial Tránsito y aborda esa capacidad del azar de intercalar unas vidas con otras, desde un dramatismo encarnado.
Si no fuera por las sílabas del sábado es un pellizco que se hará caricia. Es la historia de una mujer cansada, depresiva, la historia de una mujer que tiene una hija pero no tiene muy claro si es madre. Es la vida de Ana después de que André, su marido, muriese. Es una muerte estruendosa, puede que absurda, pero es una muerte que Ana arrastrará como propia, vivirá a través de ella, sumida, absorbida.
La historia de dos mujeres unidas por el dolor
André no murió solo, el accidente dejó dos víctimas y dos cuerpos. Miguel y André muertos, Madalena y Ana hechas de hueco, vacías, solas. Ana embarazada, Ana doliente, Ana viuda, Ana cuidada por Madalena. El libro presenta el dolor a través de dos mujeres, una con derecho a replicar, a culpar a señalar; otra con la cabeza gacha, condenada al silencio, al olvido, a tragarse su pena.
Catarina es la hija de Ana y la huérfana de André. Crece rodeada de mujeres: su madre, a veces ausente aunque siempre ahí; la vecina Madalena, que también será su profesora en el colegio; su cuidadora Francisca, que llega a casa para que el aire vuelva a ser aire y su madre vuelva a ser Ana.
Las grandes protagonistas son Ana y Madalena. La relación entre ellas evoluciona lenta pero segura. La obra plasma a ambas desde el único prisma de la muerte de André, del mundo interior de Ana, de sus divagaciones sobre este o aquel motivo, de los odios, del amor y del recuerdo. Cada momento que se escapa es un motivo para recordar a su muerto y para mantenerse en vilo, pausada frente al tiempo real.
Ana es como su casa: rígida, vacía, hueca
La historia comienza con Ana descubriéndose a sí misma, tras la muerte de André y en el Instituto de Medicina Legal, a partir del rictus de Madalena. La autora despieza a Ana, quien deja de ser una mujer por sí misma para ser un pensamiento, para ser rencor. Dibuja cómo la pérdida o el trauma, que deriva en una depresión, cambian la vida de una persona. Ana comienza a molestar en sus entornos sociales, así que se crea el suyo propio. Se relaciona con los muebles de su casa, donde sabe que André vivía y por lo tanto donde para ella, sigue viviendo. Una casa que estira de la piel, que tira del cuerpo y que la vuelve rígida, como un mueble de madera.
La redacción llega a un punto en que confunde a Ana con su entorno, con sus muebles, con su fruta podrida y mohosa. Describe cómo se deja de vivir pero se sigue habitando una casa, cómo se puede llegar a ser un espacio, un ornamento más. Ana se sume en la pasividad, a veces en la ira y en el egoísmo; pero la entendemos, porque también nos duele. La delicadeza de los recursos, la pericia y exactitud de las palabras nos atrapa, entendemos a Ana.
Ser alguien atravesada por la pérdida
Ana es dañina, cuando se conforma de pliegues de dolor y no es capaz de ver más que de dentro hacia fuera de sí, se convierte en hiriente. Lo que hace que las páginas sean punzantes, casi sin pretenderlo. La historia claro que lo es, pero la forma va más allá. Los textos varían en textura, en ritmo, se acompasan con la etapa vital y aceleran o se ralentizan hasta la suspensión. Son textos delicados pero siempre con un tono oscuro, con el tono de quien no puede olvidar, ni rechazar el dolor, ni sobreponerse.
También se trae a escena la relación con el resto de personas. André deja un vacío que la viuda trata, inconscientemente, de rellenar. A veces con Madalena, a veces con Catarina, Tina, su hija, a veces con el recuerdo de Miguel, a quien no conoció pero a quien culpa sin descanso y sobre el que tergiversa e inventa motivos.
La maternidad es dura, Ana adora a su hija, pero tampoco sabe demostrarlo. Está como inmóvil, su amor y su cariño están paralizados. La historia rezuma dolor, gotea ese dolor sobre el parqué, gotea dolor y leche, Catarina también bebe de ese dolor. Aunque a través del amor que siente hacia su hija se da cuenta de la distancia que las separa. Con el paso del tiempo Ana empieza a entender, a ser más consciente, a abrir la cáscara y volar lejos del sábado fatídico en el que mataron a su marido.
Una redacción que también aprende
Las palabras de Mariana Salomão evolucionan, la historia es viva. A pesar de los fragmentos teñidos de desesperación, de una mujer que parece haber olvidad cómo se vive, a pesar de eso, la autora siempre regala un halo de esperanza. Sigamos leyendo juntas, merecerá la pena leer juntas. Mariana es para nosotras, sus lectoras, lo que Madalena es para Ana.
La historia se describe con crudeza, las interacciones son tímidas en un principio, forzadas. Pero se alcanzan picos de tensión narrativa cuando las protagonistas se dirigen directa y conscientemente la una a la otra, cada una por su bien, casi desde el cariño, sí desde la necesidad. Así se forja una relación de amistad entre Madalena y Ana que sorprende pero que por otro lado es orgánica.
Los miembros de la novela son símbolos: Madalena es el pepito grillo, la voz de la conciencia, lo que Ana sabe que tiene que hacer. Francisca es Ana-madre y Ana-hija, es la enseñanza del querer y del criar. Catarina es su motivo para seguir viva, y a lo mejor por eso no sabe quererla con el cuerpo, con cuidado, pero la quiere. El tomo en sí es un mosaico de metáforas, de simbolismo. Todo dispuesto y descrito de forma muy diestra, impecable. Incluso el propio título, Si no fuera por las sílabas del sábado, es una metáfora de cómo las sílabas se terminan o se consumen al hablar, cómo las sílabas tienen un significado, ponen en marcha una acción. Las sílabas se relacionan con las personas que como André se acaban; o que como Catarina crecen sin que nos demos cuenta.
Las imágenes, las pausas, los capítulos (que no están en orden cronológico), las bromas incluso. Todo avanza hacia el mismo sitio: la recuperación de Ana, la vuelta a la vida de una mujer que se había resignado a ser el polvo de sus muebles. Una historia construida a capas, ellas se conforman del pliegues incesantes de dolor, y Mariana construye una historia con saltos, con personajes complejos que giran en torno a lo mismo, que se enfrentan a lo mismo.


