“Los relámpagos de agosto” tiene su primera edición en el año 1964, pero hace unas semanas la editorial Altamarea la ha rescatado por considerarla “una obra pilar de una de las voces fundamentales de las letras hispanoamericanas”
La novela cuenta, en primera persona, la Revolución de México de 1929. La premisa que justifica la existencia del texto es la respuesta a unas declaraciones “falsas” de Germán Trenza en el Heraldo de Nuevo León y a las memorias del Gordo Artajo; ambos compañeros revolucionarios. El narrador de este tomo es el General de División José Guadalupe Arroyo, Lupe; y en orden cronológico describe su paso por la Revolución, el esqueleto de la misma. Siempre dando la puntilla: rebatiendo las declaraciones de su colega “el Gordo” cuando es menester – hecho que se da en la mayoría de las ocasiones–.
Es por ello que este libro, redactado ya cuando se conocía de manera más extendida la realidad de la Revolución del 29, es una rememoración que corrige los mitos incrustados en la historia del país. Son las memorias de Lupe, escritas por Ibargüengoitia.
Una interpretación social líquida a través de la literatura
La obra detalla los entresijos de la revolución, pero no desde una glorificación de la misma. Sino como una serie de casualidades que se fueron dando, casi por error en numerosas ocasiones, y que marcaron el rumbo de la historia. La sublevación de los generales en México prosperó al margen de la sociedad civil. El libro arroja luz sobre el verdadero motor de esta revuelta: los vínculos oportunistas de los generales. Con ciertos matices de humor, el autor describe las relaciones de interés de los militares, cómo cambian los bandos, cómo se rigen por favores y por ascensos. Sin tomar en consideración la democracia en ningún momento.
La redacción no se altera, lo que demuestra la normalidad de la corrupción en cualquier sistema político durante esos años en el país americano. El narrador, Lupe, consigue siempre justificar sus actos: desde asesinatos hasta violación de la Constitución. Se dibuja a la Revolución mexicana como un desastre dirigido por incompetentes que en cuanto caía el Sol se atacaban entre ellos por error. La lectura deja la sensación de que este enfrentamiento armado estuvo sostenido por pinzas y que no se sabe muy bien cómo resistió tanto tiempo.
La actitud del autor también se lee
Jorge Ibargüengoitia, escritor mexicano, nació en Guanajuato el 22 de enero de 1928. Estudió Arte Dramático y Letras, más tarde también Teatro. Fue dramaturgo, además de ensayista, narrador y periodista. Un hombre de letras de pies a cabeza. Es considerado como uno de los autores más agudos de la literatura hispanoamericana, que como dijo Félix Moyano: «está a otro nivel». Ibargüengoitia no dejó de ser un ferviente crítico de la realidad social y política de su país natal. Su literatura está atravesada por la crítica, la ironía y el humor; elementos que le han servido para reflejar lo que él percibía como la realidad de una nación. Los relámpagos de agosto es su primera novela y le situó como ganador del Premio Casa de las Américas, en 1964.
Las páginas son sinceras: tiene unas líneas muy claras y alejadas de lo “moral” (en el contexto de un movimiento político como es la revolución que se trata). Las descripciones son concisas, directas. El lenguaje es claro, tan claro como las imágenes que, muy bien reproducidas, constantemente dejan paso unas a otras. Es una redacción cristalina en cuanto a lo estético. Y es destacable la sencillez con la que se explica, no desde un punto de vista pedagógico pero sí histórico, la gesta y el estallido del conflicto. Al final el tema es complejo: muchos nombres (topónimos y antropónimo) y situaciones; relaciones de lealtad que tergiversan para acceder a cargos políticos; nombres de batallones… Un popurrí de términos y conceptos comprimidos en 128 páginas. La capacidad de síntesis del autor es destacable, ya que además resulta una trama sencilla de comprender.
Una estructura que tropieza
El volumen, a pesar de lo que pueda parecer, mantiene una calma constante en todo el proceso. No es una literatura con prisa: se reconoce la lúcida elección del autor en su jerga. Pero puede que, tantos pasajes medio humorísticos, por muy cosechados que estén, no vayan en sintonía con el relato de una revolución. Una vez que se deja clara la forma de ser del general Lupe, esta se repite con insistencia y sin cambiar el modo de hacerlo: siempre el mismo recurso. Al igual que sucede con los cambios en la trama: cada vez que algo va a ocurrir, le dedica una introducción. Por ejemplo: “lo que ocurrió después demuestra que nuestra alarma era perfectamente justificada”.
Para ser una lectura tan corta, este juego ralentiza el ritmo, cansa al lector. Y es que tampoco se alcanzan escenas tan largas, ni con una forma, que consigan sacar al público de lo que tiene delante: las anécdotas de un hombre. Parecería más acertado utilizar estos recursos (de manera tan seguida) en un cuento infantil, pero en estas páginas no funciona igual.
Es un libro entretenido, que de seguro resultará muy enriquecedor si se tiene un conocimiento bastante amplio sobre la historia de México y de la Revolución del 29. Pero la redacción, hablando de estilo, no me parece la más pulida. Si bien es cierto que al tratarse de las memorias de Lupe, no sé hasta qué punto mi disgusto es para el escritor o para el narrador.


