La cantante y compositora argentina explora la pregunta del millón: ¿es el reggaetón machista? en su primer libro cuenta su experiencia
En mayo de este año, Perreo, una revolución llegó a las librerías para sumarse a una vieja conversación desde un punto de vista fresco: por primera vez una persona del gremio se enfrenta de forma seria y sesuda a los cuestionamientos sobre la posición que ocupa la mujer en el reggaetón como musa, como fuente y receptora de deseo, y por supuesto, como cantautora.

La conversación se avivó en redes luego de que la Cazzu participara como invitada en el popular podcast mexicano Se regalan dudas. Durante el capítulo habló tanto del contenido de su libro como del proceso de escritura y documentación. Contó cómo Perreo, una revolución, es también el resultado de una vida de lectura y cuestionamientos.
Julieta Emilia Cazzuchelli nació el 16 de diciembre de 1993 en Ledesma, Jujuy, en la localidad de Fraile Pintado. Pronto en su juventud salió de la casa materna para estudiar cine y posteriormente diseño multimedia. Su recorrido comenzó tras bambalinas, en la producción audiovisual para una banda masculina a la que acompañó de gira mientras los veía cumplir el sueño al que ella estaba destinada. Ya desde entonces experimentó el rechazo que una mujer talentosa puede generar si es percibida como una amenaza en un círculo mayoritariamente masculino. Entre discotecas, eventos, dudas, desprecios y mucho trabajo, Julieta forjó la carrera que hoy la consagra como Cazzu, «la jefa del trap».
Perreo y machismo
Cazzu confiesa que sí algo ha aprendido en la vida es a respetar las preguntas «tontas», puesto que ahí -afirma ella- es donde se encuentra lo sustancial de cualquier asunto. Así pues, se acerca a la pregunta más elemental de este debate: ¿el reggaetón es machista? Una cuestión que pocas veces se ha planteado a sus colegas hombres, pero que ella ha tenido que enfrentar de forma pública en incontables entrevistas. Rendir cuentas y dar explicaciones por todo un género resulta una tarea ardua, aún más cuando bajo esta pregunta genérica reposan cuestionamientos más delicados: ¿por qué una mujer feminista participaría de algo que es machista?
Las letras explícitas en boca de hombres heterosexuales que prometen grandes hazañas sexuales hacen que la respuesta parezca obvia. Sí, el reggaetón es machista, porque cosifica a la mujer y la sexualiza. Pero Cazzu invita a leer entre líneas para entender por qué este es un debate vivo.
«(…) la mujer reggaetonera es dueña de si misma, y lo más sorprendente, aunque un poco triste, es que no hay responsables de esta hazaña, no hay héroes ni salvadores a quienes darles las gracias, porque todo sucedió sin querer».
En su libro cuenta cómo el género urbano trajo por primera vez a la conversación pública la cuestión del deseo femenino y el consentimiento. No porque así lo hayan querido los primeros compositores, o porque estos hayan sido adelantados a su época, ni mucho menos porque ostentasen algún tipo de sensibilidad hacia el feminismo. Más bien, esto se debió a la imagen de mujer que se dedicaron a construir: una que desea a viva voz, que pide más y que no siente vergüenza ni pudor. La autora hace un ejercicio interesante al analizar letras de canciones que hoy se consagran como «clásicos del reggaetón» y señala cómo el consentimiento muchas veces se cuela de forma implícita en la periferia de la canción «dame más gasolina», se escucha de una voz femenina que corrobora un deseo.
El poder de la resignificación
El libro narra cómo este discurso sobre sexo sin tapujos fue la semilla que permitió que las mujeres, dentro y fuera del género, pudieran apropiarse y resignificar aspectos de la sexualidad femenina en el imaginario colectivo. Las líricas empezaron a romper estigmas ligados a preceptos morales y patriarcales que aún hoy permean las sociedades latinoamericanas.

El libro invita a reflexionar sobre la gran cantidad de palabras que se usan a modo de insulto en relación a la mujer y su sexualidad, y cómo estas, a su vez, pierden toda connotación negativa cuando se usan en su variante masculina. Pone, entre otros, el ejemplo de cómo la palabra zorra indica promiscuidad, mientras que zorro alude a la astucia. La llegada de lo explícito le permitió a oyentes y artistas darle una vuelta de tuerca a lo que ser una zorra significa.
«(…) por un lado replicaron la mirada machista que existe en todo lo que produce el patriarcado, pero por el otro, en los intrínsecos, los coros y después, en la voces principales de cantantes reggaetoneras como la mía se construyó un modelo de mujer libre, empoderada, que hace uso de las herramientas explícitas que da el reggaetón».
La figura de la mujer en el reggaetón
Cazzu propone la teoría de que el prototipo de mujer que ha construido el género, es en realidad una proyección masculina. Estas heroínas sexuales, como las llama ella, no son más que mujeres de un imaginario, dotadas con la impunidad moral de la que ellos mismos gozan. Impunidad que en sus letras trasciende a lo sexual: también está de por medio el derecho que se otorgan de vivir una vida de lujos y excesos y que trasladan a las mujeres sobre las que escriben. Es entonces cuando el libro plantea otro interrogante: ¿Quién determina cómo deben proyectarse las mujeres?
La cantante reconoce que apropiarse de este discurso ha sido profundamente disruptivo, pero propone ir un paso más allá. Como compositora apuesta por dar voz a una figura femenina más compleja, real y que sea concebida como un todo. Ella quiere crear una agente activa que es un ser sexual, sentimental e intelectual. Una mujer que vive con complejidades y ambiciones. El libro habla también de otras artistas del género que han adoptado esta postura. Todas en conjunto, y con el paso del tiempo, han creado una imagen de mujer en el reggaetón renovada y mucho más amplia.
Ser reggaetonera
La historia contada desde adentro por una artista que comenzó su carreara cuando los referentes femeninos eran pocos, aterriza esta conversación. Cazzu nos saca del plano conceptual para meterse de lleno en el día a día de una mujer que se abre paso con las uñas para sacar adelante su proyecto en un mundo, que aún en ese entonces, era considerado de hombres.
La artista argentina dedicó varios capítulos a relatar anécdotas que pueden ser fácilmente tildadas de escabrosas. En muchas de ellas narra cómo incluso su integridad física se vio amenazada por el simple hecho de ocupar un espacio dentro del género. Aunque no todas sus historias son igual de impactantes, guardan un elemento en común: un machismo preponderante. Cazzu no es la excepción. La artista también plasma en sus páginas las historias de otras cantantes y compositoras cuyas vivencias padecen los mismos síntomas.
Para este punto la historia misma lleva al lector a enfrentarse nuevamente a la pregunta de origen, pero ahora poniendo el foco en la industria y no en las letras: ¿es el reggaetón machista? La respuesta puede ser tan simple o compleja como la anterior. Sí, la industria del reggaetón es machista, tanto como lo puede ser cualquier producto de un sistema patriarcal. Nadie puede garantizar que su experiencia construyendo una carrera dentro de la industria musical hubiese sido diametralmente diferente si dichas artistas se hubiesen decantado por otros géneros.
La luz al final del túnel
Perreo, una revolución es de esos textos que pueden dejar en el lector un sabor agridulce. Por un lado, el sentimiento de injusticia es constante a lo largo del texto y hace que la luz al final del túnel no sea del todo clara. Por otro lado, el libro es la prueba viva de que incluso en los lugares más hostiles e insospechados, se pueden fraguar revoluciones exitosas.
«A MI YA NO ME DEFINE EL ODIO NI EL RENCOR. lA ÚLTIMA PERSONA QUE INTENTÓ HACERME SENTIR INFERIOR, QUE INTENTO ALECCIONARME Y RECORDARME QUE LA IGUALDAD CON LA QUE SUEÑO, ES SOLO ESO, UN SUEÑO, NO OBTUVO DE MI MÁS QUE LÁSTIMA».
Cazzu no da el asunto por cerrado. Todo lo contrario. Queda claro que a pesar de que los tiempos son otros, el camino sigue siendo especialmente largo en el caso femenino. Pero aún así invita a las nuevas generaciones a encontrar fuentes de poder más allá del dolor que el sistema les pueda infligir.

