Una historia que invita a ver más allá del éxito convencional y celebra lo esencial
El cineasta Frances Gilles de Maistre, conocido por éxitos como Mía y el león blanco, vuelve a la gran pantalla con una propuesta que conmueve a todas las edades.
Este 25 de abril se estrena en las salas españolas la película Moon, mi amigo panda. La cinta fue protagonizada por Sylvia Chang, Alexandra Lamy, Liu Ye y sus hijos Noé y Nina Liu Martane. La película se ambienta tanto en una moderna ciudad cosmopolita, como en la ruralidad más profunda de la montaña china. Esta dualidad llevará a los protagonistas a emprender un viaje entre la naturaleza que los obligará a ver hacia lo profundo de su ser.
La película francesa (de coproducción belga) narra la historia de Tian un niño solitario, adicto a los videojuegos, con un padre sobre exigente que empieza a tener serios problemas académicos. Los padres, preocupados, envían al niño junto con su hermana a casa de su abuela en las montañas de Sichuan. Allí Tian encontrará al primer amigo de su vida: un panda al que llama Moon. Este hecho le dará la vuelta a su vida y a la de su familia.
Más allá de la amistad
Tian empieza a frecuentar la montaña a diario y genera un vínculo especial con el oso. Pronto se da cuenta de que querer al otro pasa por verlo y entenderlo. El niño se preocupa por llenar al panda de regalos que puedan satisfacer sus necesidades y darle a su vida color. Se presenta ante él siempre entendiendo su condición y siendo muy respetuoso con su contexto. El niño, quien hasta el momento se vio aislado, empieza a entender como opera la empatía en las relaciones. Decide entonces entregarse al cuidado de su amigo panda incluso en situaciones límite.
No obstante, y aún cuando la película está atravesada por la narrativa de la amistad, hay algo que va más allá. La cinta presenta a un niño que a la corta edad de 12 años siente que es un «fracasado» y que su vida no tiene ni tendrá rumbo alguno. Él es hijo de un ejecutivo exitoso y adicto al trabajo que solo se hace presente para reprocharle sus fallos.
Es en este punto donde la película hace un primer planteamiento importante: ¿Qué es el éxito? la pregunta que salta a la vista es cómo un niño puede sentir que desde tan joven que ha perdido por completo el rumbo. Pero no hay que mirar muy lejos para encontrar la respuesta. El sistema de méritos que parece regir el mundo, lleva a los niños a entrar cada vez más pequeños a la maratón de los logros. Expedientes académicos impecables, varios idiomas y horas y horas de extracurriculares mantienen a los niños ocupados pero con alto riesgo de desconexión.
¿Qué pasa con aquellos que definitivamente no encajan en este modelo? Moon, mi amigo panda, esboza lo cruel que puede ser el mundo para aquellas personas que encuentras su sentido más allá de lo convencional. Tian, que nunca ha destacado en los estudios, descubre una verdadera pasión en su amigo y con ella, la motivación para aprender más acerca de algo que le resulta nuevo. Si algo deja claro la película, es que el propósito se encuentra, no viene dado y las destrezas se trabajan.
Los hijos perfectos y el vacío emocional
La historia aborda también la otra cara de la moneda: los hijos perfectos, que ocupan poco espacio y siempre están evitando dar dolores de cabeza a los adultos. En este caso, esta figura está representada en Liya, la hermana de Tian. Ella es aplicada, serena, sensata y hasta muy entrada la película no se desvela que Liya, de hecho, es menor que Tian.
La pequeña de la familia se va a ver también enfrentada a sí misma. Liya, también quiere ser vista, cometer errores y expresar sus dolores y alegrías. Pero ha adoptado el rol de la niña seria y madura. Ella No se permite ser espontanea y apenas si se queja, como es natural, vive con un vacío en el pecho. La niña también debe entrar en el bosque y soltar el control para hallar su propia voz. Allí dentro, lejos de los adultos y de las etiquetas, Liya abraza su propia vulnerabilidad y empieza a dar valía a sus sentimientos. Incluso a los que no son tan agradables como la ira.
Aunque el proceso de Liya es más íntimo y sutil, refleja un tipo de dolor más silencioso, pero igualmente parasitario. Su proceso, a fin de cuentas, es igual de importante en la narración.
La sabiduría en la abuela y la montaña
La abuela que acoge a los niños representa de la eterna sabiduría . Nai Nai, la abuela paterna de los hermanos va a hacer de guía emocional, casi espiritual, de los niños. Ella es a lo largo de la película la única figura adulta que ve las virtudes y las sombras de los niños. Su casa y su carácter se convierten en un espacio seguro en el que los hermanos encontrarán la fortaleza para verse ellos también en el espejo con todos sus matices.
Por su parte, «la mágica montaña», como la llama Nai Nai, se presenta ante el espectador como un personaje en sí misma. Ella no es sólo un escenario, sino también es catalizadora del cambio profundo. Es en su silencio y en sus senderos errantes donde Tian y Liya hallan las respuestas que el bullicio de la ciudad no les deja oír. El protagonismo de las montañas de Sichuan es una oda a la observación, a la calma y a la paciencia en contraste con la indiferencia, la prisa y la inquietud.
Moon, mi amigo panda, es una película que apela a todos los miembros de la familia. Desde las distintas perspectivas -padres o hijos- hace un constante llamado a abrazar la diferencia. A los más pequeños les hace saber que el éxito no se mide solo desde marcas convencionales como las notas escolares. Les muestra a los más exigentes que no necesitan sostener el mundo para ser amados y que pueden ser felices incluso si no es la perfección la que reina. A los padres los invita a ser considerados con sus propios hijos, quienes, como ellos lo hicieron alguna vez, están descubriendo su propio camino.


