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Se busca habitación propia

Entre alquileres y mudanzas, descubrimos que los hogares los levantamos nosotros mismos

Ha pasado ya todo un verano —un lapso temporal que puede resignificarlo todo— desde que me mudé, pero todavía sigo pensando en mi anterior hogar. Evidentemente, el piso no era mío, la única opción que tuve fue compartir alquiler con otras tres personas que no conocía de nada. Pero, milagrosamente, tuve suerte. La jugada salió bien.

La casa en la que vivo ahora es muy distinta a la anterior. Es más antigua —y, por ende, tiene mucho más encanto—, está en una mejor zona y el ambiente en general es bueno. Pero todavía no es una casa como tal. O, al menos, no me atrevo a llamarla así todavía. Llamar a una vivienda «casa» conlleva muchas más cosas que tener mi ropa interior guardada en una cajonera o haber traído mis sartenes para guardarlas en un horno que intentaré usar lo menos posible. Para semejante aspiración titánica, necesito mucho más.

No puedo evitar pensar en la anterior y compararla con la de ahora. También pienso en los individuos que estarán haciendo su vida en un entorno en el que yo me desarrollé un año entero —lo que a estas alturas de la vida es muchísimo tiempo— y si lograrán que esa casa les otorgue tantas satisfacciones como las que obtuve yo.

A pesar de que fuese un año no tan bueno como otros, esa casa me dio muchas cosas. Me dio seguridad y tranquilidad, se convirtió en un refugio para un mundo que no se estaba portando —digamos— demasiado bien conmigo. Y, por supuesto, también pude guardar mis sartenes en el horno. Pero hubo algo más. Siempre hay algo más.

Ahí puse los cimientos de una vida que terminaba y que a la vez empezaba de nuevo, y claro, ahora siento que, aunque no dejé casi nada material allí —pues siempre se abandona algo en las mudanzas por una cuestión de practicidad— sí que se quedó con una parte de mí.

Y es que los lugares que nos rodean, si pudieran hablar, dirían muchísimas cosas. A pesar de la generación condenada a la precariedad en la que me ha tocado nacer —y de la que muy difícilmente podré escapar—, que ha predestinado a una infinidad de personas más y a mí a no tener un hogar propio, un sitio al que poder llamar hogar con todas sus letras, siempre quedará la esperanza de poder construir algo similar aunque no conste uno como propietario en un contrato de compra-venta, porque en realidad los hogares, bajo mi experiencia particular, los construimos nosotros mismos.

Virginia Woolf hablaba de «una habitación propia» para poder escribir, yo hablo de tener un espacio propio para existir, para poder desarrollar mi vida sin miedo a tener que hacer las maletas dejando parte de mi memoria ahí. Porque tener una casa, como decía antes, no se limita únicamente a tener un espacio físico, también necesita construirse desde dentro, teniendo la seguridad de que si se quiere mirar hacia atrás, tendremos un sitio fijo y seguro al que acudir para hacerlo.

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