Desde las primeras imágenes en movimiento, el cine se convirtió en el medio favorito para contar historias que tocan lo más profundo de la sociedad
En 1895, los hermanos Lumière filmaron La salida de los obreros de la fábrica. Con ella inauguraron un nuevo vehículo de expresión: el cine. Desde entonces, la pantalla ha servido para contar historias y, sobre todo, para explorar emociones universales como el amor y el miedo.
Entre todas las emociones que se han explorado a lo largo de su trayectoria, estos dos pilares se repiten con frecuencia, sin importar la época o el género del que se trate. No solo porque sean sentimientos universales, sino porque actúan como un gancho que logra atrapar al espectador y conseguir que se identifique con lo que ve.
El amor
En la gran pantalla se han visto siempre reflejadas tanto las aspiraciones como las inquietudes de la época, y el amor es uno de los ejemplos más claros. Ha adoptado múltiples formas a lo largo de la historia del cine. En la Era Dorada de Hollywood, estaba representado como un ideal casi inalcanzable. Casablanca, de 1942 es uno de estos ejemplos.

Narra el reencuentro de Rick Blaine, dueño de un café en la ciudad marroquí en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y Ilsa Lund, un antiguo amor. La historia se desarrolla en un contexto de conflictos bélicos y morales. Es la representación de un amor imposible, que justifica cualquier sacrificio con la intención de que se convierta en realidad.
Sin embargo, con el paso del tiempo el cine ha ido adoptando otras formas de amar, acercándose más a la cotidianidad del espectador. Las comedias románticas de principios del siglo XX reflejan un amor torpe, divertido y lleno de cercanía. Representando esta premisa está Notting Hill (1999), donde se cuenta la historia de William Thacker, dueño de una librería y Anna Scott, una famosa estrella de cine. Juntos tendrán que superar los percances provenientes de tener estilos de vida totalmente opuestos y las presiones que surgen en la industria del cine.
Un título más cercano es La La Land (2016). Aquí el amor se entrelaza entre sueños personales. Mia, una aspirante a actriz, se enamora de Sebastián, un pianista de jazz. Poco a poco irán dejando su huella el uno en el otro.

Son historias intensas que emocionan y al mismo tiempo pueden llegar a mostrar una verdad cercana a la realidad: no todas las historias de amor terminan con un final feliz.
El amor más allá de lo romántico
No obstante, el cine ha dado un paso más en este mismo aspecto. No solo se centra en reflejar el amor de pareja, sino que también se encuentra en la relación de un padre con su hijo, como en Buscando a Nemo (2003) o En busca de la felicidad (2006), o en el vínculo tan especial de complicidad en una amistad como en Toy Story (1995). Incluso puede representar el amor y la devoción por un deporte o un sueño, reflejado con grandeza en Billy Elliot (2000).
El miedo
Por otro lado, el miedo ha sido otra de las emociones más explotadas por el cine. Desde los monstruos creados en los años 30, como Drácula o Frankenstein, ambas de 1931, hasta los terrores psicológicos de Alfred Hitchcock, como Psicosis (1960). Estas logran mantener en vilo al espectador a través de la sorpresa, la oscuridad, lo desconocido y la tensión.

En algunos casos la experimentación con estos sentimientos ha conseguido crear experiencias inolvidables. El Exorcista (1973) es un ejemplo d eello. Cuenta el caso de Megan, una niña de 12 años que a raíz de sus cambios físicos y mentales determinan que ha sido poseída. Todos los elementos sobrenaturales que aparecen en la historia marcaron un antes y un después en el género. O El Resplandor (1980), donde algo tan normal como un hotel puede llegar a convertirse en uno de los mayores escenarios de terror.
Este género no solo se ha usado para asustar, sino también para reflexionar sobre identidades y conflictos interiores.
Cuando estos dos sentimientos conectan
Aunque parezcan sensaciones opuestas, el cine ha contado gran cantidad de historias cuyo motor es una mezcla entre el miedo y el amor. Titanic (1997), es un perfecto ejemplo de ello. Dos jóvenes de distintas clases sociales se enamoran y deberán intentar sobrevivir al naufragio más famoso del siglo XX. Enseñando que el miedo, además de poder estar en acontecimientos físicos, también está en perder algo que se ama.

