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Presos del calendario: ¿existe el amor?

San Valentín y el gobierno invisible de lo emocional: por qué el sistema nos enseña a aguantar

Inmersos en un mundo que explota la mercantilización, San Valentín se vuelve la excusa perfecta para miles de escaparates y cientos de marcas. Pero más allá de lo aparente, se esconde una realidad oculta: el empleo del calendario como mecanismo de control. Se establece un gobierno invisible de lo emocional, en el que esperar y aguantar se vuelven un mantra, siempre bajo la promesa de un futuro mejor.

Como cada 14 de febrero, la sociedad se prepara para la celebración de San Valentín. Una festividad especialmente celebrada por las parejas y explotada hasta la saciedad por un sistema que exprime su vertiente más comercial. Entre rosas rojas, peluches y bombones me abro un hueco para tratar de entender el funcionamiento de esta conmemoración más allá de lo visible; qué perpetúa, qué construye y qué legitima. 

Porque en este sistema, lo que no se paga con dinero se acaba pagando con tiempo. A mí me costó seis meses dejar una relación tóxica de un año. No fue la lógica la que consiguió que me desprendiera de ese vínculo venenoso, sino el agotamiento.

Presa del calendario social que rige el mundo, la sucesión de efemérides y fechas señaladas actuó como una especie de analgésico. Cada fecha era una nueva oportunidad “quizás cuando hagamos un año no sienta la necesidad de ocultar nuestra relación”, “tal vez un fin de semana nos venga bien”, ”quizá después de San Valentín todo sea distinto”. Tragué cosas que la niña que en Bachillerato sujetaba una cartulina morada con la frase “Machete al Machito” no podría asimilar. 

Pero así son las relaciones tóxicas, te hacen pequeña y crédula. Confías en versiones insostenibles por miedo al vacío, alejas a aquellas personas que te advierten, ignoras tus límites y cedes, porque la otra persona no los respeta. Acabas transformándote en alguien que juraste no ser jamás. Porque lo malo de una manzana podrida es que contagia al resto del frutero. Y así acabe pudriéndome yo también, renunciando a los valores indispensables que a mi parecer debían regir una relación, el respeto y  la confianza.

Tuve que volver a esa casa veinticinco veces para darme cuenta de que ya no era un hogar. Que ese anhelo constante de cambio en la actitud del otro no era esperanza, sino una forma invisible de control.

Esta es mi historia, pero sin embargo no es una situación aislada. Es el resultado de un sistema que nos enseña a esperar, que nos incita a aguantar y que premia la permanencia, estableciendo un gobierno invisible de lo emocional.

Cada sistema tiene sus mecanismos de control. Uno de los nuestros es el calendario. Un dispositivo de gestión emocional, antiquísimo, que con sus firmes filas y columnas, se parece demasiado a una reja. Una cárcel moderna que no regula solo el tiempo, sino también los sentimientos. No es un sistema inocente que marca solamente cuándo trabajamos o descansamos. Es, en esencia, lo que nos dice cuándo debemos ser.

Presos del reloj, vivimos aguardando instantes prefabricados que consigan sostener la angustia de la espera, el desconsuelo de la vida. Esta pedagogía del aguante es perspicaz, puesto que disfraza la obligación en inducción. Nos enseña a soportar el presente con la promesa de un futuro mejor.                                                             

Y es en esa espera, entre lo que Guy Debord llamó “pseudo-momentos”, donde sucede la vida. Aceptamos esta dosificación del disfrute, interpretándola como un escape de la rutina. San Valentín se convierte así en uno de los «pseudo-momentos» más importantes del año. Una efeméride en la que el calendario y el espectáculo se unen para dar lugar a miles de stories de parejas enamoradas, promociones de 2×1 en restaurantes y floristerías saturadas.

Hemos pasado del ser, al tener, y del tener al parecer. Esta última fase es consecuencia del desarrollo capitalista. ¿De qué me sirve ser amado si nadie ve cómo me aman, y sobre todo cuánto me aman?

Todd MacGowan distingue entre romance y amor (me atrevo a decir que el sujeto que ha inspirado esta columna se atascó en la primera). El romance busca en el otro la realización del propio deseo, y sin embargo el amor comienza en el deseo, pero va más allá, no se trata de usar al otro para la satisfacción, sino de encontrarla en la complacencia del otro. 

El romance permite amar de forma económica, y es por esto que el capitalismo lo prefiere. Lo fomenta porque es predecible, se exhibe. El amor no. El amor es disruptivo, revolucionario, difícil de mercantilizar.

Hace unos meses escribí sobre cómo el sistema capitalista favorecía el poliamor en términos de consumo rápido de cuerpos y vínculos desechables. Hoy entiendo que aquello no hablaba del amor, sino del romance. De esa fase inicial basada en la realización del deseo inmediato, la novedad constante y la satisfacción individual.

Cuando esta primera fase intensa y satisfactoria se agota, solamente queda la promesa del amor, de un futuro mejor, y es aquí cuando el sistema no empuja a irse, sino a quedarse. Desechar y aguantar no son comportamientos opuestos, sino las dos caras de una misma moneda. 

Y es aquí donde la permanencia adquiere relevancia. No se premia el bienestar, se premia el aguante. Lo vemos constantemente en anuncios de compañías telefónicas que te recompensan por llevar algunos años siendo cliente o en clubes de fidelización que te ofrecen descuentos. Cuanto más aguantas, más te recompensan, más vales.

Esta lógica se ha trasladado al amor —como no podía ser de otra manera— con un tinte de género (es lo que tiene vivir en sociedades patriarcales). El sacrificio y la espera se feminizan. Admiramos a la pareja de abuelos que pasean de la mano por el retiro y le dan de comer a las palomas, sin apenas  preguntarnos cuánto hubo que soportar para llegar hasta ahí. Las relaciones «de antes» duraban más no porque se amase mejor, sino porque abandonar el vínculo era socialmente impensable.

Esperamos a que cambien, a que no mientan, a que respeten nuestros limites, a que nos den nuestro lugar mientras celebramos el llegar juntos a cada fecha señalada, obviando el cómo lo hacemos.

Una rosa (con espinas), una carta (sin sobre), una cena (a medias), una story (oculta). Si el amor existe no lo he conocido, porque no puede haberse dado en la espera constante de una posibilidad remota de mejora.

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