La escritora publica el próximo 8 de octubre La edad infinita, un nuevo libro escrito en prosa que se suma a su trayectoria y abarca temas como la emigración, la identidad, la crisis económica de un país y el luto por abandonarlo
Una niña sube a un avión y cruza el Atlántico para llegar a Venezuela, es 1983 y con la pequeña comienza a sentir en su piel cuestiones que jamás se había planteado que quedan lejos de la Galicia rural donde vivía. Ha dejado su pequeño pueblo de Ourense donde reside todo lo que conoce, desde su familia hasta sus costumbres para comenzar de nuevo, para hacerse llamar “extranjera” en otra tierra. Así comienza el relato de Miriam Reyes (Ourense, 1974) en La edad infinita que cabalga entre la redacción de su historia y la ficción, combinando aspectos reales con esa narradora que se permite inventar, dialogar y exagerar una realidad para poder entenderla.
Venezuela como herramienta para llegar al interior
A la edad de ocho años llega a Caracas, y será allí donde se forme en Letras en la Universidad Central de Venezuela y donde comenzará a desarrollarse en todos los aspectos: físico, psicológico, profesional, social… Un camino que no fue fácil, en el libro explora lo costoso que fue sentir pertenencia a este nuevo país que despertaba muchos obstáculos en ella. Reyes indaga en temas como la identidad y la alteridad en el libro que llegará a librerías el 8 de octubre de la mano de la editorial Tránsito.
La autora no se queda en la experiencia de esta niña que se adapta al nuevo país, va más allá, a la mujer que sale de Venezuela y explora el preludio de los años oscuros del país que configuraron la historia posterior. Por primera vez lo cuenta a modo de prosa, destacando en una producción literaria compuesta por ocho libros de poesía y un compendio de la misma en Extraña manera de estar viva (Mixtura, 2022). La recién galardonada Premio Nacional de Poesía de 2025 por Con (La bella Varsovia, 2024), explora la identidad de quien emigra y vuelve tiempo después al país que dejó pero que ya no se siente propio, y cuyo vinculo se ha extinguido.
Pregunta: El estilo del libro recuerda a la poesía, como no está acostumbrada a ese género. ¿Cómo ha sido ese salto a la prosa?
Respuesta: Mi intención no era escribir prosa. Yo necesitaba contar esa historia y esa fue la manera que encontré. No pretendí hacerlo poético, pero obviamente para mí es muy importante el trabajo con la palabra, que tenga ritmo y que pueda haber elipsis, yuxtaposiciones, aliteraciones… Incluso, sé que la forma de corregir del libro no es la normal de alguien que escribe narrativa ya que fui frase por frase, me detuve en cada línea volviendo a corregir una cosita, luego otra. No es la manera más eficaz.
P: Hay una tangible necesidad de escribir de esa niña que aterrizó en 1983 al otro lado del Atlántico, ¿cómo ha sido regresar a ella con la mirada de una mujer adulta?
R: Me ha llevado mucho tiempo escribir este libro. Inicialmente, el germen de la escritura del libro en sí empezó en 2020 durante la pandemia, como tantas personas que aprovecharon ese momento para empezar algo en ese encierro. Pero, me di cuenta que realmente esto venía de unos textos que yo había escrito antes, en 2015, y que no sabía qué eran. Eran unos poemas en prosa que se quedaron sueltos, era algo que se podría llamar como “Maldita la infancia”. Ha sido duro, pero al mismo tiempo ha sido muy bonito volver a Venezuela con la escritura, volver e intentar entender qué había pasado allí y entender por qué me fui después de lo mucho que me había costado pertenecer.
P: ¿Cómo ha marcado ese límite de seguridad entre su historia y la ficción?
R: Cuando hablas de cosas donde no estás tú solamente es delicado. Al final, la novela es una ficción, que yo quería tener el parapeto de la ficción de alguna manera, y la libertad que te da la ficción de poder decidir simplificar cosas. Porque la realidad es mucho más compleja, y si intentas escribirla tal cual acaba siendo menos intensa, se convierte en una maraña si intentas apegarte a todos los datos. Por ejemplo, al principio con el tema de Venezuela me estaba apegando mucho a documentos, datos, y hechos históricos de esa época con artículos de periódicos y documentos de economistas. Te das cuenta de que eso no llega, no consigue transmitir y tuve que simplificar muchas cosas. Por lo tanto, no quiero que se entienda como unas memorias, ni es una crónica, yo creo que eso se ve. Necesitaba liberarme de la propia tiranía de la biografía aunque sea autobiográfica en ese sentido amplio que una novela puede serlo, no en el sentido cerrado.
«Ha sido muy bonito volver a Venezuela con la escritura, volver e intentar entender qué había pasado allí y entender por qué me fui después de lo mucho que me había costado pertenecer»
P: Es muy importante la labor de la narradora que une cada uno de los temas del libro y les da continuidad, ¿cuál fue la decisión para trazar en diálogo con Venezuela?
R: Yo quería hablar de dos proceso transformativos: la migración y el del país. Cómo un país se puede ver transformado por muchos factores. La mayor ficción es la narradora, construirla y que pueda hablar de la niña como habla y pueda hablar del país como habla, ya que si fuera yo sería más difícil de hacer. Esa narradora me da el suficiente toque fantástico para poder hablar del azar como destino.
P: La edad infinita, el propio título ya adelanta lo mucho que te puede marcar una edad y perpetuarse una y otra vez en la memoria, ¿qué le evoca esas palabras?
R: A mí me parece que la edad infinita de cada uno es la edad del trauma, o del primer trauma. Es fácil que te quedes ahí, que sea la edad a la que vuelves cada vez que hay una crisis, cada vez que algo se rompe y te quedas desvalida. Hay gente que le pasa en la infancia, y a otras en la adolescencia. Es una teoría que tengo, pero no me he psicoanalizado, se ha quedado ahí.

P: El tema de la acogida de un país foráneo está presente durante todo el libro. Durante su estancia en Venezuela vivió obstáculos y le costó generar una sensación de pertenencia. Cuando decidió marcharse, ¿cómo fue el regreso a España?
R: En el momento en el que me fui de Venezuela vivía el duelo de irme de mi país. Me encontré desubicada, fuera de lugar y como alguien que no pertenecía. Yo ahora hablo como una española, mi acento y mi vocabulario es de una persona española pero cuando llegué aquí no lo era. La primera vez que pisé España de vuelta fue en Salamanca en una época en la que la ciudad no recibía emigración. Me sentí tratada de una manera racista, no en el sentido de la raza, sino en la forma en la que cuando me escuchaban me preguntaban de dónde era y por qué tenía dificultad para hablar en español. No fui capaz de encontrar un trabajo, no fue fácil.
P: ¿Qué choques culturales encontró entre los dos países?
R: Había un choque cultural muy grande porque son mundos muy diferentes. La realidad que se estaba viviendo en Venezuela, no tiene nada que ver con la que se vive ahora que es más dura, pero era una realidad dura. No había los derechos que hay aquí ni la seguridad en todo, como que te vas a hacer viejo y que necesitas una pensión, una propiedad, un trabajo… La vida era más frágil por la inseguridad que había y no pensabas en ello. Me chocó ver anuncios de pensiones con gente joven, era algo que me costaba entender. Lo pasé fatal ese año, no me quedé en España y me fui a Holanda, tomé la decisión de no volver a Venezuela por no interferir en los planes de mis padres que se fueron a Costa Rica.
P: Hace hincapié en la cultura que conforma el imaginario colectivo de una generación, ¿cómo le conformaron esas piezas culturales en su trayectoria literaria?
R: Me han influido muchísimo. Yo empecé a escribir poesía allá, mi primer recital lo hice en Caracas y una buena parte de los poemas que conforman mi primer libro, que tardé en publicar y lo hice en España, los escribí en Venezuela. Yo vengo de una tradición diferente, con un uso de la lengua diferente y creo que eso se vio por algunas personas como novedoso, y otras lo han visto como algo que estaba mal. Tuve las dos reacciones, pero en todo caso sin darme cuenta, traía algo que no había en España, pero era porque venía fresca de otro lugar en muchos sentidos, mental, físico, lingüístico… Sin duda eso se nota en la novela.
También, hay todo un juego con el léxico que es venezolano ya que hablo a Venezuela y quiero que me entienda, pero al mismo tiempo se publica en España y quiero que me entienda también. Yo no puedo decir que sea una escritora venezolana, pero todo eso de la identidad es otra cosa que trabaja la novela y al final te das cuenta que la identidad está en continua transformación, no se puede entender como algo fijo. Para mí, es una pregunta muy incómoda cuando me preguntan de dónde soy.
P: ¿Considera que se ha reconciliado con la identidad que dejó en España?
R: Le he dado muchas vueltas, a veces parece que no encuentro cuando es mi lugar. Yo no quería volver a la violencia de la que me había ido, pero tampoco acababa de encontrarme. Ahora ya puedo decir que estoy en la ciudad en la que quiero estar, no puedo decir que pertenezco, pero es donde quiero estar, es Barcelona. Y eso para mí es mucho.
«Hay todo un juego con el léxico que es venezolano ya que hablo a Venezuela y quiero que me entienda, pero al mismo tiempo se publica en España y quiero que me entienda también»
P: Resulta muy interesante el prisma que aporta el libro, un español que emigra a Venezuela. Ahora, estamos acostumbrados a conocer historias del viaje inverso, ¿cómo es escribir de este proceso cuando está más normalizado el contrario?
R: Es muy importante cómo te leen, si una persona conoce Venezuela o si es de otra generación. Ahora a la gente le extraña mucho cuando digo que mis padres emigraron a Venezuela, pero cuando ellos lo hicieron fueron de los últimos. Como digo en la novela, ellos llegaron tarde pero todavía se entendía, no era extraño a principios de los 80, porque estamos hablando de un país mucho más rico y lleno de migrantes de todo el mundo. Fue una experiencia enriquecedora vivir allá, pasé de vivir en un lugar muy pequeño donde solo había gente de ese lugar, a llegar a un lugar muy grande donde había gente de todo el mundo. Y eso siempre es enriquecedor, y esa es la razón por la que estoy en Barcelona, porque dentro de las ciudades de la península es de las que tienen más migración y mayor diversidad cultural. Me hace sentir cómoda este contexto, uno más mixto donde hay aportaciones de todas partes.
Como va por tandas el fenómeno de la emigración hace que igual los que se quedaron no conocen la experiencia de emigrar, o los que volvieron fueron menos que los que se fueron… Falta esa empatía, entender que la cultura es una convención que creamos juntos para la convivencia. Demostrar que tu cultura es mejor que otra o que tú haces las cosas de una manera correcta porque te lo enseñaron tus padres lo entiendo porque todos sentimos eso, pero es importante detenerse y pensar que es una manera, pero no es la única.

P: Hay dos mitades diferenciadas en la historia, por un lado presentas a esa niña y después se torna en un discurso mucho más político hablando de la cuestión entre España y Latinoamérica relativa a la denominación de descubrimiento o invasión de América. ¿Cómo es acercarse a una discusión cultural que abarca siglos y de la que no existe consenso?
R: Inicialmente esa separación estaba marcada como dos partes, pero al final por la manera en la que las fui enlazando decidí eliminar la separación. Estaba pensado en una primera parte de una niña hasta el momento que pertenece y en el momento que pertenece mira al país y comienza ese otro proceso donde lo importante es la relación. Y es mucho más político, lo era para intentar entender qué es lo que pasó en el país.
El tema de cómo me posiciono, lo hago desde la exposición de hechos más que decir que es de una manera u otra. La pregunta sigue siendo, ¿cómo lo llamamos? Yo no sé cómo llamarlo, como yo no soy la narradora, lo que ella diga, ella sabe [risas]. La propia narradora se sitúa desde un lugar en el que puede haber ciertos términos que desde su punto de vista pueden ser más sensatos, o le hacen sentir más cómoda, pero la duda está ahí. La interpretación de la historia es algo que va cambiando, los cambios de nombre que va teniendo esa fecha es parte de lo que ha pasado. Yo he vivido allí el momento del Quinto Centenario que fue un momento un poco loco, y el caso que cuento es verídico pero eliminé sus nombres y los datos.
P: ¿Cree que recibirá críticas con ello?
R: Probablemente a algunos les va a parecer mal, a unos por mucho y a otros por poco. Yo quería exponerlo, y es parte de ese estar en otra cultura, igual que si el hijo o la hija de alguien de un país de Latinoamérica que nace aquí y estudia en el colegio y le cuenta otra historia tendrá sus conflictos. Es algo que genera conflicto personal, evidentemente. Sobre todo, lo que me gustaría es que hubiera un acto de escucha a pesar de que hablemos de algo que pasó desde hace más de 500 años y fuera una cosa muy normal en la Europa de aquella época.
No quería hacer algo como la explicación del BOE, para España el 12 de octubre sigue siendo la idea de haber sido un imperio lo más grande de su historia. Más o menos todos los países europeos funcionan así, hay una nostalgia imperialista que demuestra que todos quieren dominar el mundo y ser el imperio de su época. Entiendo que es algo que despierta sensibilidades y probablemente me van a decir de todo, pero solamente me gustaría que se reflexionase sobre eso sin sentirse atacado y sin sentirse culpable. En parte se sienten atacados porque les están diciendo que son culpables.
P: ¿Cree que el prisma habría sido completamente distinto de no haber tenido contacto con Venezuela?
R: Completamente, yo tuve esa otra realidad y por eso empecé a ver las cosas desde otra manera porque también me endoculturé en otro sitio y por tener mala relación con mi padre rechazaba lo español. No tiene por qué ser la experiencia de todos los niños que llegan a otro país, si estás bien con tu familia ellos siguen inculcando los valores del país de origen y puede ser que te mantengas ahí, aunque siempre habrá conflicto con lo que aprendes en la escuela y lo que aprendas con tus círculo de amigos. En mi caso, me negué por esa relación y por otro lado para evitar el dolor por lo perdido, fue un mecanismo de defensa. En todos estos procesos culturales hay un montón de cosas psicológicas por debajo que hay que tener en cuenta, intento que se vean en lo que cuento. Para mí lo psicológico es fundamental y siempre me parece que hablo desde ahí, a veces hay un elemento psicológico no consciente como pasa con la poesía que hay un pensamiento no racional. Es mi manera de pensar e intentó llevarlo a ese otro género.
«Me gustaría que se reflexionase sobre esto sin sentirse atacado y sin sentirse culpable. En parte se sienten atacados porque les están diciendo que son culpables»
P: ¿Cómo se conjuga en la historia esa nostalgia, que todo el mundo padece, por el pasado?
R: Es un rasgo típico, la idealización de lo perdido. Lo comento en un fragmento en el que hablo de los hombres que suspiran por las mujeres que se quedaron, como si fueran esas las que eran de verdad no las que vinieron con ellos. Es algo muy humano, soy consciente de ello, y por eso la narradora es una ficción porque exagera hasta el punto de hablar de esa predestinación loca. Hay una intensificación de ese sentimiento, en especial los gallegos de Galicia, (no los que están por el mundo), se han quejado de esa visión del gallego nostálgico que tiene que ver con la migración precisamente. Si el gallego no hubiera tenido larga historia de migraciones no hubiera sido considerado un personaje nostálgico, pero al estar teniendo que irse de su tierra está eso presente.
P: Resulta muy invasiva, crítica y reflexiva sobre muchos temas políticos, como la recesión económica de finales de los 80 en Venezuela. ¿Cómo fue digerir estos temas en el libro?
R: Son los temas que están en ese momento cronológico en el que me estoy situando, quería entender cómo había llegado Venezuela al chavismo. Fue un proceso gradual aunque parezca que fue de golpe. Quiero mostrar eso, se dan las condiciones previas y aunque no llegó más allá de 1996 en el libro, en el momento en el que Hugo Chávez se presenta todo el mundo cree que va a llegar alguien honesto que va a arreglar los problemas de corrupción, inseguridad y desigualdad que hay en el país. Realmente se cree en él, y mucha gente le vota y sale electo. Después, mucha gente se arrepiente cuando ve que tenía un disfraz.
Generó división en el país haciendo que familias se dejasen de llevar. Fue algo que no viví de primera mano, y además hay escritores en la diáspora hablando de eso. Se está hablando de eso pero las cosas vienen de un lugar, la revolución bolivariana está atacando un montón de cuestiones emocionales. En la televisión pública a cada rato aparecían dichos de Bolívar, hay unas serie de cosas que tienen que ver con construir el sentimiento nacional que son importantes porque dan unidad, pero también tienen peligro.
P: ¿Tiene alguna preocupación con el libro?
R: Hay cuestiones que todavía me interrogo, y que son complejas como el sentimiento o identidad nacional. Me preocupa que lo lean venezolanos y no se entienda la crítica a ese periodo porque se ha idealizado ya que lo que vino después fue tan terrible. Consideran que ahí estaban bien, que fue el episodio bueno y que es sagrado de alguna manera. He intentado ser cuidadosa, respetuosa y he quitado muchas cosas del tema económico porque es difícil de entender como ya dice la narradora cuando dice que “la economía es cosa del diablo”. Es complicado por cómo se ha ido moviendo la izquierda y la derecha, hay un trauma. Hay conflictos que no sé cómo se leerán, lo he hecho desde el amor y desde el respeto intentando ser sensata.


