La cuestión eterna
La última película del enfant terrible chino, junto con su habitual derroche de habilidad técnica y visual, es una gran oportunidad de meditar acerca de la trascendencia de los sueños y del séptimo arte
Hace ya casi siete décadas, el periodista André Bazin quiso responder a la pregunta: «¿Qué es el cine?». Tamaña pregunta viene a estar a la altura de otras como ‘¿Qué es la vida?’ o ‘¿Por qué estamos aquí?’.
Por ello, Bazin necesitó de un libro entero para tratar de desentrañar el gran interrogante que se había planteado. Su acercamiento sincero y apasionado convirtió esta obra en un referente de obligatorio estudio en escuelas y universidades.
Ahora, siete décadas después, el último en aportar su propio pensamiento a este recurrente enigma ha sido Bi Gan, un cineasta de 36 años natural de Kaili City, China. Cuenta con una edad similar a la que tenía André Bazin al publicar su obra magna, y en los trabajos de ambos puede apreciarse un claro interés no solo en las películas como medio y arte, sino en su esencia misma, el espíritu del fotograma, y su impacto en el espectador.
Ya en cines españoles, su última película, Resurrection (Kuangye shidai, 2025) es un viaje sorprendente que desgrana, desde diferentes perspectivas y facetas, la personal respuesta del director al eterno interrogante que tantos han tratado de resolver.
¿Qué es soñar? Y otros misterios
Resurrection nos lleva a un mundo alternativo -¿presente, pasado o futuro?- en el que la humanidad ha renunciado a soñar a cambio de inmortalidad. Aquel que se resiste, llamado Delirante, se va convirtiendo en un drogadicto, deforme y triste, que sufre a cambio de poder echar a volar su mente.
A través del formato antología, Bi Gan construye cinco relatos que no podrían ser más diferentes entre ellos. De uno a otro, modifica elementos tan dispares como la paleta de colores, la temática, el estilo visual, las épocas, los temas y conceptos. Un proyecto ambicioso, que además recrea también cinco fases históricas del cine, en un largo y continuado homenaje a ya más de un siglo de películas.
El protagonista —Jackson Yee, en cinco papeles diferentes— se convierte en un ser errante que modifica su naturaleza con cada segmento. Enfrentando escenarios prácticamente irreconciliables, funciona como un sueño febril que transmite muy bien la esencia del cine como un último refugio de la imaginación.
Shu Qui, Li Gengxi y Huang Jue completan el reparto con personajes vivos y a la vez fugaces, que se quedan grabados en la retina.

El joven prodigio
Desde su irrupción con Kaili Blues (2015), inspirada en su ciudad natal, el jovencísimo Bi Gan se consolidó como una de las voces más singulares del cine contemporáneo chino. Sin embargo, sería con su segunda obra, Largo viaje hacia la noche (2018) -no confundir con la obra de teatro homónima de Eugene O’Neill- cuando alcanzaría el Olimpo cinematográfico.
Laureada por muchos como una de las mejores películas del siglo, se trataba de una obra tan compleja, tan laboriosa en lo técnico y profunda en el sentido, que sorprendía verla firmada por un tímido estudiante de cine, de 30 años, bajito y con gafas.

Si en Largo viaje -con su deslumbrante plano secuencia en 3D– Bi Gan ya jugaba con la idea del cine como tránsito físico y emocional entre mundos, con Resurrection lleva todavía más lejos esa idea.
La película dialoga abiertamente con la historia del medio —expresionismo alemán, noir, melodrama, terror y ciencia ficción— y subraya insistentemente la premisa de que el cine no sirve para representar la realidad, sino para invocar aquello que la realidad ha perdido.
En su entrevista en Cannes, con motivo de la recepción del premio del jurado por Resurrection, Bi Gan comentaba su intención con la película: «[…]sobrecargar al espectador, hacerle revivir, al igual que al monstruo, un siglo entero en dos horas y media. Quería revivir la belleza que una vez perteneció al cine.»
La entrevista completa, que puede leerse en la página de Janus Films, no tiene desperdicio.

El cine es sueño
Si en los orígenes del séptimo arte, tanto artistas como espectadores estaban de acuerdo en que el cine servía para evadirse del mundo real, hoy quizá no es tan obvia esta conclusión.
Las películas ya no nos hacen soñar, se han vuelto contenido en una gran librería, entretenimiento para tardes monótonas. Resurrection demuestra que cada nueva obra de Bi Gan es una invitación a decir «no». A resistirse, como un Delirante. A sacrificar la vida, a sufrir y soportar dolor, con tal de poder vestir la piel del otro, viajar a mundos imposibles, meditar sobre nuestra propia naturaleza.
Hace unos meses, el papa León XIV llamaba a los cineastas a -frente a los algoritmos- «defender la lentitud cuando sirve un propósito, el silencio cuando habla y la diferencia cuando es evocadora.» Pocos directores han aprendido la lección tan bien como Bi Gan. Que su carrera sea larga y fecunda.


