El escritor jienense conversa con la autora Marta Sanz en la librería Rafael Alberti en el ciclo de charlas del Festival Eñe
Este noviembre la democracia española cumple 50 años, igual que la librería Rafael Alberti, espacio que ha sido símbolo de resistencia cultural durante la Transición. Desde entonces, ha reunido a escritores y lectores en el barrio madrileño de Argüelles, como el pasado viernes, cuando acogió la conversación entre David Uclés y Marta Sanz. Moderado por Enrique Llamas, el encuentro se produjo en el marco de conferencias celebradas por el Festival Eñe.
La charla, El placer de compartir lecturas en libertad, dio rienda suelta a las reflexiones de ambos escritores en torno al valor de las librerías, descritas por Marta Sanz como “dinamizadoras de cultura en los barrios”. Las librerías las humanizan los libreros y las libreras que, además, “configuran el canon, establecen el orden del escaparate y deciden impulsar unas conversaciones en lugar de otras”.
La cita también coincidió con el cumpleaños de la autora madrileña, que recuerda con cariño las librerías que marcaron su infancia, como El Galeón y La Tarántula, en la calle Sagasta en Madrid. Tanto la Rafael Alberti como esta última sufrieron atentados entre 1975 y 1977, durante una oleada de ataques terroristas dirigidos a este tipo de establecimientos. Se habían erigido como símbolo de lucha por la libertad, por la cultura y por el cambio frente a la dictadura.

Para David Uclés, “las librerías son como embajadas”, abiertas a todo el mundo. Los asistentes, por su parte, encontraron su propio espacio entre títulos escogidos con mimo. Escuchaban sentados o de pie, frente al escenario o desde las escaleras que daban paso a la sección de libros infantiles. En contraste con este universo tan personal, Uclés se pregunta por los sesgos algorítmicos que presentan grandes plataformas, como Amazon. Frente a estas dinámicas, “el librero no engaña”. En una línea similar, Sanz defiende que “los algoritmos nos llevan a los mismos bucles. Hay que ir más allá”.
Libros con inquina
Lorenzo Silva habló sobre que los libros los carga el diablo. Lejos de caer en narraciones que romantizan la positividad o la lectura fácil, Sanz sostiene que “la literatura sirve para ponernos en contacto con el lado oscuro de los seres humanos”. No se trata de poetizar el horror, sino de visibilizarlo a través de lo literario. La literatura es incómoda para no neutralizar “la voluntad de lucha y de transformación de la realidad”, defiende la autora de pequeñas mujeres rojas (Anagrama, 2020).
“Una cosa es poetizar el horror, que tiene algo de inmoral porque lo hace asequible. Y otra, es usar la poesía para hacer visible el horror. Quien calla es cómplice”. — Marta Sanz
Uclés apostó por el realismo mágico en La península de las casas vacías (Siruela, 2024) porque la realidad a veces supera la ficción y porque “en sí la guerra era surrealista”. Con ello pretendía reflejar la locura colectiva que supuso la Guerra Civil Española. Así, jugó a sacudir al lector para que esa sensación de incomodidad le generase nuevas preguntas: “El propósito fue perturbar al lector sobre lo que es real y lo que no”, explica. Esta ambigüedad le ha permitido incluir anécdotas falsas, como que en su pueblo se pintaban las paredes de las casas de negro cuando se moría una persona. Pero es firme con los límites que él mismo estableció para su novela: “Todas las escenas escatológicas fueron reales”.
“La Península de las casas vacías es un espejo de la guerra y de la locura colectiva”. — David Uclés
El placer de la intensidad y el problema de la atención
La fragmentación de la atención ha alterado la forma en que los lectores se acercan a los libros. Frente a un mundo rápido que impone ritmos, modas y caducidades, es difícil detenerse a dar valor al aburrimiento. “Hay que acostumbrarse a aburrirse”, reclama Uclés.

Sanz aboga por tomarse las cosas con intensidad: “Estamos acostumbrados a una sucesión rápida de momentos culminantes. La consecuencia es que lo álgido deja de ser álgido”. La introducción, el nudo y el desenlace pasan por escenas rápidas y lentas, que suben y bajan para poder jugar con las emociones y los pensamientos de los lectores. “Importa cómo leemos y qué preguntas nos hacemos”, comenta Sanz, quien confiesa que anota todas las reflexiones que le generan sus lecturas en la última página de los libros. Después, los devuelve a la estantería. Exprime los libros más allá del final.

El escritor Alejandro Dolina contó en una conferencia que “la gente no quiere leer, sino quiere haber leído”. Sin embargo, el acto de leer es placentero en sí mismo, por lo que el Festival Eñe, en su edición en torno al placer, no podía pasar por alto la sensación de leer un libro. Es tan lícito disfrutar de una buena lectura, como dejar a medias la historia que no nos termina de gustar. Sanz, por su parte, bromea diciendo que tiene una “maldición” porque es incapaz de abandonar sus lecturas: siempre tiene que terminar todo lo que empieza.
Uclés, en cambio, cuenta que no pudo con Ulises, de James Joyce, ni tampoco con Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y que los dejó a la mitad. Pero, dada la asertividad de Sanz, quien confiesa que incluso llegó a reír con la lectura del autor dublinés, Uclés admite que “igual que podemos no terminar los libros, también hay que estar abiertos a las segundas oportunidades”.


