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El «casi» que dio lugar a ‘Oxígeno’, la nueva novela de Marta Jiménez Serrano

La autora madrileña regresa a las librerías con Oxígeno, el libro en el que cuenta cómo estuvo a punto de perder la vida por una intoxicación por monóxido de carbono

Marta Jiménez Serrano, autora de Los nombres propios y No todo el mundo ha regresado con su tercera novela, Oxígeno (Alfaguara, 2026). Se trata de la historia que nunca hubiera querido escribir, confiesa ella misma entre sus páginas. También es la historia que ha posibilitado la existencia de sus dos novelas anteriores: si Jiménez Serrano hubiera muerto por la intoxicación de monóxido de carbono, ella no habría llegado hasta nuestras estanterías.

Es un alivio, entonces, que este libro se titule Oxígeno. Eso significa que su autora volvió a respirar, que celebra la vida al hablar de la muerte. En esta novela asistimos una vez más a la autoficción de su narrativa, lejos de mostrarnos un libro de autoayuda. Oxígeno es uno de esos relatos que te deja sin aliento, de los que oprime el pecho a la vez que exhala todo lo que debía contar. Incluso también aquello que Jiménez Serrano ha dejado en el aire a propósito.

Las probabilidades de morir por una intoxicación por monóxido de carbono son muy bajas. Y aún con la estadística de nuestra parte, casi perdemos a dos de los grandes referentes de la literatura española contemporánea en un accidente que tuvo como responsable a la casera que les alquiló su piso en Madrid. Así, Jiménez Serrano decidió narrar lo que pasó, contar el «incidente (individual)» que ocurrió durante la «pandemia (mundial)» y dejar constancia de que tanto ella, como Juan Gómez Bárcena, sobrevivieron. Porque hay que vivir para contarlo.

«El mundo no existe, sólo existe el texto»

«La escritura tiene una dualidad seductora: uno está más presente que nunca y al mismo tiempo deja de existir», cuenta Jiménez Serrano. Ella está presente en su propia ausencia. Y desde esa ausencia, decide reconstruir los acontecimientos ocurridos con la mentalidad de un periodista de investigación. También con la de un arqueólogo, solo que en lugar de pasarse todo el día de cuclillas entre yacimientos antiguos, vuelve a las habitaciones de su casa, a la caldera rota y a la mesa puesta para comer justo antes de que se desmayase.

Como ocurre con la arqueología, su relato es ecléctico, está construido sobre capas distintas que se van alternando. Entre palimpsestos, tan pronto recorre el momento 0 (cuando perdió el conocimiento en el baño de su piso), como interrumpe la narración con titulares de noticias relacionadas con muertes o accidentes por monóxido de carbono o «muerte dulce». Luego vuelve al día en que conoció a Juan, entonces su pareja, para posteriormente saltar a una explicación rigurosa de las características del oxígeno. Va y viene, como bocanadas de aire gigantescas, y poco a poco todo encaja. Encuentra las pistas, las esparce sobre el escritorio, anota y reflexiona.

El piso que no fue hogar

La novela está escrita en un tono casi conversacional. Por eso atrapa, como si Jiménez Serrano estuviera frente a nosotros, sentada al otro lado de la mesa, hilando los recuerdos de una de las anécdotas más difíciles de contar. Así, Oxígeno no es una historia de supervivencia, aunque sus protagonistas sobreviviesen. La denuncia entre sus líneas es explícita. Muestra con toda crudeza la otra parte de la crisis de la vivienda a la que estamos asistiendo. ¿Quién supervisa el estado de las calderas de la generación que solo puede acceder a una vivienda a través del alquiler?

La respuesta es clara: la Arrendadora. La otra gran ausente de esta narración y de muchas otras historias que todavía no se han contado pero que, quizá, se están escribiendo.

Cuento, luego existo

Pero va más allá, Jiménez Serrano se pregunta por el narrador de la historia. La narrativa puede avanzar sin sus personajes, pero, ¿puede avanzar sin su narrador? En Oxígeno, Jiménez Serrano vertebra todo el relato, pero está ausente: «Durante el punto álgido de la narración, yo estaba inconsciente. Las historias las narran los que la vieron o los que la vivieron, y yo esta ni la vi ni la viví. Todo lo importante pasó mientras estaba inconsciente, en el clímax de esta trama yo no estoy. No hice absolutamente nada en esta historia, ¿cómo iba a contarla yo?».

Por suerte, lo hizo. Para quienes no hayan leído su narrativa, deben saber que Jiménez Serrano es una voz que acompaña en todo momento. Es la escritora de las crisis, la del cursor del ordenador, la de los bolígrafos de gel y la de la certeza del tiempo. Se trata de un relato íntimo en el que nos hace partícipes a todos los lectores. Pero, sobre todo, es una voz. Y qué hubiéramos hecho sin su voz…

Por eso Oxígeno no es una historia triste. Nos invita a coger aire y soltarlo poco a poco, a reírnos con ella, ponernos de su parte, entrar en su cabeza. En una historia en la que casi muere, celebramos el casi como si no hubiera un mañana. Casi no publicó su primera novela, pero lo hizo. Casi no despertó, pero lo hizo. Casi no lo contó, pero escribió este libro.

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