Alfaguara publica una edición que reúne los cuentos completos del escritor argentino con motivo del cuadragésimo aniversario de su muerte
Cuando uno entra en la narrativa borgiana, recuerda la puerta del laberinto, pero jamás sale del todo de sus páginas. A veces aparece como una biblioteca infinita, repleta de entresijos, callejones sin salida y escaleras inútiles por las que no se puede caminar porque están diseñadas del revés. No podría ser otro, Borges es un tipo con mucho cuento. Porque claro, hay cuentistas. Siempre los ha habido. Pero hay cuentistas y luego está Jorge Luis Borges, quien en lugar de retratar la realidad la inventa a su antojo. Y sólo porque él la escribe cobra vida.
Alfaguara propone una edición en la que reúne sus cuentos completos, para quien pretenda tener al alcance de su mano un pedacito enorme de la historia de la literatura, con motivo del 40 aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges. Porque del laberinto se sale leyendo, pero quizás no queremos salir nunca de allí.
Un viaje
Manuel Jabois decía que «son días de lecturas borgianas, eso que ganamos». Así que, en tiempos infames, siempre es buen momento para volver a Historia Universal de la Infamia (1935). También es aconsejable acudir a Ficciones (1944), porque en ocasiones la realidad supera la ficción y, al menos, nos queda la literatura. También podríamos probar a inventarla y recrearnos en ella.
Vimos laberintos rotos y espejos que nos cortaban los dedos que no siempre nos devolvían aquello que queríamos ver. Viajamos a ciudades inmortales habitadas por personas grises que olvidaban su camino -a medias, porque a veces sufrían estallidos y recordaban-, y recorrimos desiertos a solas y acompañados. Por eso El Aleph (1949) ocupará un lugar especial ajeno al tiempo, en el que reúne en unas cuantas páginas y 18 cuentos la vida y su reverso.
También podemos diseccionar la realidad a través de El informe de Brodie (1970). O contemplar cómo se nos escapa entre las manos con El libro de arena (1975), entre utopías y desdichas, dobles y máscaras, tigres y serpeantes ríos. Y laberintos, más laberintos.
Si aún hay intención de localizar una puerta de salida, la memoria nos arranca del cuerpo y nos devuelve a la (no) existencia. Porque esta edición cierra con La memoria de Shakespeare (1983) y ojalá averiguar, al margen de las fronteras del tiempo y del espacio, cómo el dramaturgo británico hubiese leído a Jorge Luis Borges.
Al otro lado del laberinto
Borges escribía laberintos de enorme nitidez y los ponía frente a los lectores. Confieso que soy de las que piensan que el laberinto se aparece de forma distinta para cada uno. Me abstengo de describir el mío porque el poeta y ensayista logró encontrar formas de mostrármelo que superaban los límites de mi propia imaginación. Porque Borges pintaba laberintos que no tenían paredes y escribió: «Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de Los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla».

Luego está él, que claro, además de tener mucho cuento pudo vivir de él. Y esa vida, esa fuerza creadora, ha traspasado fronteras y cronologías. Ahora, no se trata de pensar en qué tipo de literatura puede existir después de su obra. En qué puede ser escrito que no haya plasmado ya. Porque su universo se ha ido expandiendo de forma sombría y acogedora al mismo tiempo. Si no sabes dónde ir, siempre estará Borges. En palabras de Han Kang: «[En un periodo de bloqueo creativo] únicamente podía leer los cuentos de Borges».
El cuento como fuerza inabarcable
El cuento es uno de los géneros literarios más difíciles. No todo cabe en una introducción, nudo y desenlace y parece que las palabras nos retan a saber cómo desenvainarlas sin que se agoten. Sin embargo, es una de las formas más naturales de expresarnos. Debería ser sencillo. Somos historias, contamos historias, inventamos excusas, reiteramos intenciones, acudimos al pasado. Nos remiten al juego y a la infancia. ¿Por qué es tan complicado escribir un cuento?
Decía Flannery O’Connor que «Las cosas más obvias son siempre las más difíciles de definir. Por mi parte lo tengo claro: un cuento compromete de modo dramático el misterio de la personalidad humana». Borges era un sustantivo que dio lugar a un adjetivo, lo borgiano. No contento con resolver el misterio, contribuyó a hacerlo más inmenso. Y qué vértigo y qué manera de crear tantas otras cosas que se hacen unas y contrarias, hostiles y acogedoras, frías y cálidas, inútiles y trascendentales.
Vamos, que profundizó en las preguntas como si hubiera dado con una clave que no estaba por la labor de compartir en voz alta con el resto de la clase. Pero, de alguna forma, nos hizo partícipes del chiste, incluso cuando no tenía ninguna gracia y nos dejaba con la boca abierta ante un abismo sin final. Él decía que «Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído». Así que dejó las cosas al azar, a propósito, de forma cruel y cariñosa. Y nos contó un cuento.


