Fundación Canal acoge la exposición Expresionismo. Un arte de cine, que se podrá visitar hasta el 4 de enero de forma gratuita
A finales del siglo XIX, el pintor Edward Münch y su “grito” adelantaron un gran cambio en el mundo del arte. Una figura distorsionada, colores intensos y un profundo sentimiento de angustia. Los espectadores quedaron aterrorizados. La Academia lo consideró perturbador. Sin embargo, un pequeño núcleo de artistas alemanes descubrió una nueva visión gracias a sus ruidosas pinceladas. Por primera vez, la expresión subjetiva se impuso sobre la realidad y la emoción se convirtió en protagonista. Fue bajo estas premisas en las que el expresionismo, una de las principales vanguardias del siglo XX, comenzó a florecer.
La idea de ruptura es la que convirtió al expresionismo en una corriente tan destacada. Aunque encontró en las artes plásticas su máxima “expresión”, el movimiento salió de los lienzos y llegó a la literatura y al cine. La conexión entre arte y cine es la que muestra la exposición Expresionismo. Un arte de cine, organizada por Fundación Canal. Está realizada en colaboración con dos instituciones alemanas: el Institut für Kulturaustausch de Tubinga y la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau de Wiesbaden, ambas dedicadas a la conservación y promoción del legado artístico alemán.
La muestra cuenta con 152 obras, entre cuadros, dibujos, esculturas y fotogramas de películas. Pintores como Otto Dix, Emil Nolde, Franz Marc y Käthe Kollwitz dialogan con las obras de los directores F. W. Murnau, Fritz Lang y Robert Wiene, entre otros. Dentro de los títulos más destacados, El Gabinete del Doctor Caligari (1920), Dr. Mabuse: El gran jugador (1922), Nosferatu, una sinfonía del horror (1921) o Metrópolis (1927).

La exposición muestra cómo el ideal expresionista se trasladó al cine para reflejar las consecuencias de los grandes cambios del siglo XX. Los conflictos bélicos, la aceleración industrial y urbana y las transformaciones sociales generaron una gran inquietud que se extendió por toda Europa. Los artistas plasmaron la inestabilidad, el miedo y el desequilibrio en sus obras a través de la manifestación de su mundo interior. Este ejercicio respondía a una misma necesidad: la urgencia de expresar las emociones humanas cuando la realidad no era suficiente para reflejarlas.
Un arte de cine
El cine expresionista nació y creció a caballo entre las dos Guerras Mundiales, en la década de los años 20. Buscaba expresar emociones internas, miedos y conflictos psicológicos, más que representar la realidad de forma objetiva. Esta transmisión se conseguía a través de varias fórmulas: la estética visual distorsionada, escenarios angulosos y poco realistas, los contrastes de luz y oscuridad o decorados exagerados y teatrales.
Para mostrar estas características, la exposición está organizada en varios espacios que muestran las claves del cine expresionista y cómo se relacionan con las artes plásticas. El primero de ellos refleja cómo los artistas tendieron a la distorsión de las formas exteriores para transmitir las crisis personales y sociales. En estos casos, la ciudad fue el escenario más común porque sobre ella se volcaron los males sociales. Esto se ve en obras pictóricas como La vieja fábrica (1920) de Walter Dexel, o Metrópolis (1925-26) de Otto Dix. En las películas, la ciudad también fue entendida de la misma manera, tal como se ve en los fotogramas las películas El Golem (1920) dirigida por Paul Wegner, cuyos escenarios están a su vez diseñados por el artista Hans Poelzig y muestran el gueto judío de Praga.

La deformación no se aplicó únicamente a los espacios exteriores, sino a la figura humana. En esta época, comenzaron a surgir las teorías psicoanalistas que ponían el foco en el malestar humano y en las emociones internas, por lo que, a través del lienzo y la pantalla, los artistas encontraban una forma de retratarse a sí mismos. Es el caso de películas del conde Orlok de Nosferatu (F. W. Murau, 1921), o el Dr. Mabuse: El gran jugador (Frizt Lang, 1922).

En realidad, ambos casos son una consecuencia de la aceleración industrial de las ciudades. Este ejemplo se entiende muy bien a través de la película Metrópolis, donde el hombre es entendido como una máquina y pieza más del sistema alienada con el trabajo y el militarismo de la época.
En el siguiente espacio de la exposición, la muestra refleja uno de los temas más recurrentes en este movimiento: el sueño y el trauma. El expresionismo buscó mostrar cómo la realidad es vivida, deformada y sufrida por la mente en contextos de angustia y miedo. El sueño y el trauma se convirtieron en lenguajes para expresar emociones reprimidas y conflictos psicológicos.
El sueño no representa un descanso, sino un lugar donde la razón y la locura se entremezclan. En el cine, esto se traduce en escenografías irreales y sombras exageradas, que dan la sensación de encontrarse en una pesadilla. Son grandes ejemplos El Gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) con la idea del sonámbulo. El trauma, por su parte, se expresa a través de los personajes: cuerpos fragmentados, rostros descompuestos y ocultos o atmósferas oscuras. Se observa a través de obras como Monja (1935), de Werner Scholz, donde también se refleja el papel central de la mujer en este universo como figura frágil.

El último espacio de la exposición, presenta otro gran tema del expresionismo: la idea del “monstruo” y el miedo. La película Nosferatu fue un hito y convirtió a este tenebroso personaje en el monstruo expresionista por excelencia. Otros ejemplos, como la criatura de El Golem o el robot Maria de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), muestran que los directores recurrieron a la idea del “monstruo” como forma de expresar el malestar, la dualidad moral y la locura de la época. Las figuras monstruosas manifestaron el miedo y las amenazas cotidianas a través de la descomposición humana. Se trata de una gran metáfora visual donde los colmillos, las garras y lo desagradable se convirtió en un símbolo de la realidad.

El espejo del cambio
Si bien es cierto que el expresionismo explora aspectos “negativos” como la alineación, el trauma y el miedo, sus obras no son siempre oscuras y opresivas. Muchos artistas utilizaron formas llamativas, colores vivos y pinceladas gruesas para expresar lo mismo.

Es el caso de artistas alemanes que trabajaron en el periodo de entreguerras. Muchos formaron pequeñas sociedades con pintores con los que compartían las mismas ideas. Entre ellos, Die Brücke, el Grupo Puente (Dresde, 1905), entre los que destaca el alemán Ernst Kirchner con obras como La cala (1914), donde se identifican formas abstractas. Más adelante, surgió el famoso grupo Der Blaue Reiter o El Jinete Azul en Múnich, formado por Maria y Franz Marc, Vasily Kandinsky o Bernhard Koehler. Estos jóvenes artistas, descontentos con el panorama alemán, realizaron exposiciones y escritos individuales en los que divulgaron su arte figurativo, antinaturalista y expresionista.
Con el auge del nazismo en Alemania, muchos artistas partieron al exilio al ser considerados “contrarios” al régimen. Esta separación marcó el fin del expresionismo como movimiento, pero no el de su alcance. Sus ideas siguieron expandiéndose por Europa y fueron clave para el nacimiento de vanguardias posteriores, como el cubismo o el surrealismo. El cine también siguió su camino, y la herencia del expresionismo se ve hoy en directores como Tim Burton o Guillermo del Toro, que abordan las mismas temáticas y fórmulas visuales.
Las obras de la exposición muestran que el impresionismo y el realismo, movimientos inmediatamente anteriores, no fueron suficientes para los nuevos artistas del siglo XX. El interés pasó de intentar reflejar la realidad a huir de ella y deformarla. A través del conflicto entre el individuo y la sociedad, el expresionismo no fue reflejo, pero sí espejo, de una realidad marcada por el cambio.

