Con motivo del estreno de la versión de Robert Eggers de Nosferatu, repasamos la corriente artística que inspiró al cineasta Murnau en las decisiones estilísticas de la obra de 1922
Según la historiadora del arte Amy Dempsey, el término expresionismo se refiere a «el arte-sea pintura, escultura, literatura, teatro, música, danza o arquitectura- en el que se enfatizan los sentimientos subjetivos sobre las observaciones objetivas«. Los principios usados en el expresionismo como la representación de los sentimientos e impresiones del artista frente a la realidad objetiva, uso irreverente del color y la forma, y crítica social y satírica planteó una nueva forma de entender el arte.
El expresionismo, una nueva manera de ver el mundo
El expresionismo promueve emocionalmente el uso del color y la línea; así, las obras que se adscriben a esta vanguardia actúan como catarsis de los autores que las realizan. En vez de “imprimir” la realidad que tenían enfrente como hacían los impresionistas, los expresionistas trasladaban su visión individual del mundo a su trabajo, creando obras supeditadas a su temperamento, su alienación en el mundo moderno, sus dudas, temores y sentimientos.

Es una corriente paralela al fauvismo francés, con el que comparte muchas características (rechazo de mímesis, colores llamativos), pero se diferencia principalmente en las temáticas sobre las que versan las obras, que, influenciadas por la pujante corriente existencialista del siglo XX, muestran una realidad desolada y pesimista. Se suele representar temas como la soledad, pobreza, relaciones sexuales o muerte, siempre desde la subjetividad del artista.
La crisis de entreguerras en Alemania, origen del expresionismo
La expansión industrial y el imperialismo generaron nacionalismos autoritarios y xenófobos entre las potencias europeas. El káiser Guillermo II clamaba por un “lugar al sol” para Alemania y pretendía aunar con la Liga Pangermana fundada en 1891 todos los pueblos desde la Champaña Francesa hasta Ucrania por ser presuntamente de origen alemán.

A pesar de la inicial confianza de vencer la Primera Guerra Mundial en una guerra rápida, Alemania, sometida a la dictadura militar de Paul von Hinderburg y Erich Ludenddorff, termina recurriendo al armisticio en 1918 y siendo declarada culpable de la guerra por el Tratado de Versalles, donde se decretó la deuda astronómica que debía a Gran Bretaña y Francia y la pérdida de territorio colonial. Los gastos de la guerra resultaron en la emisión de más moneda causando una inflación desbocada.
La derrota alemana causó la revolución civil, que finalizó con el establecimiento de un estado democrático conocido como la República de Weimar. La abolición de la censura convirtió a Berlín en la ciudad más libertina del mundo y el epicentro de la intelectualidad de Europa durante los años 20.

La imposición de la deuda del Tratado de Versalles, sumado a otros eventos en los que Alemania fue humillada por los aliados como la ocupación de Renania y su desmilitarización por los franceses, anidaron el disgusto entre la población alemana, favoreciendo el auge del NSDAP, el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Hitler no dudó en apoyar la “leyenda de la puñalada por la espalda”, la cual defendía que Alemania había sido traicionada por los socialistas, revolucionarios y judíos en el campo de batalla, augurando las políticas que llevaría a cabo cuando subió al poder en 1933.
Nuevas visiones artísticas a finales del siglo XIX
En torno a la mitad del siglo XIX, el Romanticismo da signos de estancamiento y nace el Realismo, corriente que busca la representación objetiva de la vida cotidiana (aunque destacan artistas como Honoré Daumier que impregnan su trabajo de crítica social), y, veinte años más tarde, el Impresionismo, que mediante técnicas diversas de trazado y color, también buscan representar la vida cotidiana de París.
Artistas agotados del impresionismo a finales de siglo como Cezanne con su simplificación y múltiples perspectivas, Van Gogh con su forma de trasladar su desequilibrio mental en sus pinturas y Gauguin con su cromatismo distanciado de la naturaleza, marcan el génesis del “arte moderno”.

A principios del siglo XX, la industrialización y la situación política internacional incrementan la tensión y angustia, causando un sentimiento de deshumanización y existencialismo. Mientras, la invención de la fotografía permite capturar la realidad como lo hacían antaño los artistas y el psicoanálisis pone el foco en las experiencias personales y el subconsciente.
Esta amalgama de factores es el perfecto caldo de cultivo para la formación de grupos artísticos que se rebelan contra la tradición, mostrando una visión del mundo inestable y fragmentada, que encuentra paralelismos en su férrea búsqueda por la emoción en sus obras con el romanticismo del siglo XIX.
El arte vanguardista de principios del siglo XX
En torno a 1905 comienzan a surgir las primeras vanguardias: el fauvismo y el expresionismo. El primero recoge su nombre del crítico de arte Louis Vauxcelles, que empleó el término fauvres (fieras) para referirse a las obras que este grupo expuso en el Salón de Otoño de París de 1905. Heredero del neoimpresionismo por los colores puros y yuxtaposiciones abigarradas, y del posimpresionismo de Cezanne y Guaguin, esta corriente se desarrolló hasta 1907, y marcó muchas pautas para el expresionismo como la ausencia de perspectiva, figuras planas de colores antinaturales o la vuelta al primitivismo.

Rápidamente empiezan a surgir otras corrientes artísticas. El cubismo nace en 1907 con las obras de Picasso Retrato de Gertrude Stein (1905-1906) y Las señoritas de Avignon (1907), en las que rompe con la perspectiva tradicional mediante la esquematización y geometrización de las figuras. El poeta italiano Marinnetti publica en 1909 el Manifiesto futurista en el que proclama que “un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia.”, iniciando así el movimiento futurista, que emula y exalta la velocidad, la potencia y originalidad de las nuevas formas urbanas.
Un año después, en la obra de Wassily Kandinsky, uno de los impulsores del grupo expresionista Der Blaue Reiter, comienzan a aparecer formas cada vez más irreconocibles, tendencia que evolucionó a una abstracción similar al surrealismo, corriente que se materializó finalmente en 1922.
Munch, pionero del expresionismo
La primera oleada de expresionismo se sitúa en torno a 1900 y coincide con el grupo simbolista y su forma de plasmar sentimientos extremos. Uno de los artistas representativos es el noruego Edvard Munch (1863-1944). Sus cuadros dejan atrás la representación objetiva de la realidad con sus esquemáticas caras fantasmagóricas y espacios irreconocibles y distorsionados para expresar no solo las emociones de los sujetos mostrados, sino el estado psicológico de Munch.

A pesar de la incomprensión inicial en los círculos artísticos nórdicos de su obra, marcada por las pérdidas familiares, los descontentos amorosos y la tendencia a la melancolía y angustia del autor, su primera exposición en Berlín en 1892 fue de gran inspiración para el grupo expresionista.
Ensor y la crítica social dentro del expresionismo
Otro artista clave de la primera generación es James Ensor (1860-1949), cuyo excéntrico trabajo desafió y criticó las convenciones sociales. Sus características sátiras de la sociedad contemporánea con abundancia de máscaras y payasos grotescos (sus padres vendían artículos carnavalescos, factor que inspiró a su extravagante obra) lo distinguieron dentro del panorama artístico impresionista.
Su pintura La entrada de Cristo en Bruselas en 1889 (1888), retrato de la hipocresía y decadencia de la sociedad, escandalizó hasta el punto de no poder ser expuesto por su temática revolucionaria: Cristo entre pancartas socialistas. Sin embargo, la férrea individualidad de la descripción del mundo que le rodeaba al artista belga es una de las características del expresionismo, dentro del cual cada artista desarrollaba su propia manera de hacer arte.

Finalmente, la aplicación violenta de color de artistas como Emil Nolde (1867-1956) cuya obra más representativa fue Danza alrededor del becerro de oro (1910) y Oskar Kokoschka, que en 1914 pintó La novia del viento, sentó las bases de las teorías del color de los expresionistas posteriores.
Segunda ola de expresionismo: Die Brücke
La segunda generación de expresionismo comprende desde 1905 a 1914, y coincide con el fauvismo. Inicia cuando Ernst Kirchner (1880-1938), Erich Heckel (1883-1970), Fritz Bleyl (1880-1966) y Karl Schmidt- Rottluff (1884-1976), un grupo de estudiantes de arquitectura de Dresde, deciden fundar Die Brücke, cuyo nombre evoca la idea de Nietzsche de que el hombre debía ser considerado como un puente para mejorar el mundo.
Grandes artistas de la historia del arte como El Bosco, Pieter Brueghel y Goya son considerados antecesores remotos de esta corriente. Sin embargo, estos estudiantes encontraron en las obras de Munch, Van Gogh, Ensor y Gauguin las marcas estilísticas con las que criticar a la burguesía posimpresionista y promover una vuelta a la armonía con la naturaleza. Inicialmente se centraron en paisajes y desnudos; no fue hasta 1911 con su traslado a la capital alemana que se enfocaron en la vida callejera berlinesa.

Las escenas sobre la vida urbana de la capital alemana de Kirchner como Calle de Berlín (1913), mostrada desde una composición angulosa y tonos apagados, trasladan un sentimiento de alienación y individualismo de un entorno industrializado, materialista y masificado. Asimismo, la Primera Guerra Mundial deja huella en los integrantes del grupo: Kirchner expresó las secuelas psicológicas que le dejó alistarse al frente en sus obras de principios de la década de los 20 (Autorretrato doble), mientras Heckel retrató a hombres heridos en combate (Dos hombres heridos (1915)) y la angustia y dolor que causó la guerra en los ciudadanos (Hombre en una llanura (1917)).
Der Blaue Reiter, el expresionismo más experimental
En 1911 surge en Munich otro movimiento expresionista, Der Blaue Reiter, de la mano de Vasili Kandinsky (1866-1944) y Franz Marc (1880-1916), más inspirado en el movimiento coetáneo del cubismo que el fauvismo (pero también recoge muchas características de este). Lo que une a estos dos artistas es la concepción del arte como una fuerza trascendental, casi espiritual, que podía curar la enajenación del hombre moderno. El tratamiento del color y las líneas está lleno de connotaciones simbólicas, al igual que los elementos representados.

En el caso de Marc, sus pinturas eran recurrentemente dedicadas a animales, rompiendo con una tendencia moderna más antropocéntrica y con la obsesión por el estudio objetivo de la anatomía. Como los cubistas, fragmenta las formas corpóreas de tigres, caballos y perros en formas geométricas, defendiendo una vuelta a lo primitivo, a la simplificación de las vidrieras medievales.
Mientras, Vasili Kandinsky depura hasta tal punto su estilo que se distancia totalmente de formas reconocibles y explota la expresividad de formas geométricas y colores. En “De lo espiritual del arte” (1910), Kandinsky explica que, «en una sociedad materialista y desalmada en la que vive, la representación de sentimientos básicos carece de sentido, por lo que el artista intentará despertar sentimientos más sutiles que actualmente no tienen nombre”.
La tercera generación expresionista: Nueva objetividad
Finalmente, la tercera generación comienza a partir de la Primera Guerra Mundial, cuando la llama expresionista se va poco a poco apagando y el dadaísmo está en auge. Se conoce como Nueva Objetividad, un movimiento reaccionario que reivindicaba mediante la sátira y caricatura las diferencias entre clases sociales.

La obra de uno de sus mayores representantes, Otto Dix, soldado en la Gran Guerra, se centra en su experiencias en el frente (Autorretrato como Marte (1915), Inválidos de guerra jugando a cartas (1920), Tropas avanzando bajo gas (1924), Soldado herido (1924)) y en la hipocresía de la alta sociedad de las metrópolis europeas (Prostitutas (1923), Weimar, Berlín (1927)). El comunista George Grosz, otro adalid del movimiento, encontró en el arte la forma con la que criticar la sociedad burguesa con cuadros como Metrópolis (1917).
El expresionismo, una corriente revolucionaria
“Nuestra alma, después de un largo período materialista se encuentra aún en los comienzos del despertar, contiene gérmenes de desesperación, de la falta de fe, de la falta de meta y de sentido”, explica Kandinsky en De lo espiritual al arte (1910). Como espectadores, encontramos en la exposición de las emociones más profundas del artista parte de nosotros mismos y las cuestiones que plantean los cuadros sobre nuestro contexto nos hace reflexionar sobre el mundo en el que vivimos. Así, la libertad creativa que ofrece el expresionismo ha permitido que esta corriente haya moldeado para siempre la expresión artística.


