El escritor acomete el desafío de escribir el relato de una vida con la que no es fácil sentarse a conversar en sus memorias
Editado por Nota al Margen, Bajo un cielo cuadrado cuenta la historia de un militarismo político articulado por los valores del humanismo. Mohamed Serifi-Villar fue arrestado en 1974 y condenado a treinta y dos años de cárcel por expresar libremente su pensamiento político. Vivió las torturas más despiadadas, pero nunca dejó de luchar, ya fuera en la clandestinidad o en la cárcel, contra las injusticias de los años de plomo del Marruecos gobernado por Hassan II.
La historia del entramado político marroquí desde los años 60 hasta prácticamente el final de siglo viene caracterizada por la represión y la violación de los derechos humanos. Desapariciones forzadas, encarcelamientos por disidencia política y torturas en el marco de un gobierno que se había convertido en un régimen autoritario bajo Hassan II.
Un enfrentamiento del ser humano contra el ser humano, en sus más antagónicas facetas. Contra la opresión de los años de plomo marroquíes, varios movimientos de izquierda estudiantiles se levantaron a principios de los años 70. Entre ellos, el Movimiento 23 de marzo e Ila al-Amam.
La resistencia estudiantil marroquí
A este último grupo perteneció Mohamed Serifi-Villar. Al principio de su carrera universitaria fue colaborador de la UNEM (Unión Nacional de Estudiantes Marroquíes). Su lucha apostaba por la generalización y accesibilidad de la enseñanza, en una época en la que solo alrededor del 15% de la población tenía acceso a la educación universitaria en Marruecos.
En 1972 se integró en Ila al-Amam (Adelante, en español), donde se unió a la lucha por la creación de un partido político de clase trabajadora y la apertura hacia la creación de una república democrática popular. Esta organización fue prohibida en 1973. Sus militantes fueron detenidos y se les aplicaron condenas desproporcionadas a sus delitos.
Otros, como Mohamed Serifi-Villar, mantuvieron un perfil clandestino todavía anclado en la lucha política. Se dedicó a la formación de estudiantes y a la impresión y difusión de prensa revolucionaria bajo una identidad falsa. En su libro, recuerda esta época desde la pasión por su activismo, aunque relata en ella una incertidumbre asfixiante.
El autor fue condenado a cadena perpetua en rebeldía en 1972 y capturado en noviembre de 1974. Finalmente, se le condenó a 32 años de cárcel. Pasó dos años en el centro de tortura Derb Mulay Cherif hasta su traslado en 1976 a la prisión central de Kenitra, de donde fue liberado en 1991.
Un relato común
«El ‘yo’ que me atrevo a pronunciar, por momentos, es la expresión, ante todo, de un ‘nosotros'». Sobre esta frase se sustenta la publicación de este libro. La editorial Nota al Margen, nacida de forma independiente en 2024 y que cuenta con una docena de publicaciones, inserta en su colección Testimonios aquellos relatos escritos por personas, para personas, que no merecen caer en el olvido.
La traducción de Malika Embarek López del francés al español es el punto de partida de la difusión de una realidad que, comúnmente, se reserva a pequeños grupos de difusión delimitados por la lengua en la que se escribe la obra.
La motivación de Serifi-Villar al escribir sus memorias no es revivir un sufrimiento colectivo, sino compartir un relato que genere esperanza por la vida incluso en periodos de desgarro de muerte progresiva, como califica su estancia en prisión.
Recuerda los nombres de compañeros, unos más reconocidos que otros, como Abraham Serfaty, y los valores que les unían en aquel clima de restricción. Valores que hoy se inscriben en el estudio de la humanidad a través de sus huellas culturales.
Los años de plomo marroquíes se reproducen en la literatura, mayoritariamente francófona, a través de obras que Mohamed Serifi-Villar no deja de mencionar: Coulée de peinture sur les murs de Ali Idrissi Kaiotouni (un poeta encarcelado por la publicación de una de sus obras); Soliloque carcéral (2009) de Mohamed Fellous; A la sombra de Lalla Chafia (1989) de Dris Bouissef Rekkab; Les Rêves de l’obscurité de Mohamed Amin Mechbal o Ila al-Amam, l’autopsie d’un calvaire (2017) de Abdelaziz Tribak.
Destaca entre los testimonios de la violencia encubierta del régimen, una carta de Salah el Ouadie, dirigida al torturador Kaddour Yusfi, Lettre a mon tortonaire, [Carta a mi torturador].
Influencias de un humanista
La infancia de Serifi-Villar estuvo marcada ideológicamente. No por un adoctrinamiento, sino por las circunstancias personales y políticas de su familia. Su madre, una española republicana en el exilio. Su padre, un antiguo resistente contra el colonialismo, cuyo esfuerzo por la libertad se frustró ante el autoritarismo de Hassan II.
El entorno del escritor, de fuerte calado resistente por su convivencia con muchos exiliados españoles, le hizo consciente de la importancia de la lucha por la libertad y contra la injusticia. Le apodaron ‘el Rojo’, un apelativo que le ha acompañado toda su vida.
Se describe a sí mismo como comunista, pero bajo unos valores humanistas enraizados. Mohamed relata una vastedad de encuentros personales en los que se ven las facetas más crudas de la humanidad: la tortura, la negación de la libertad. Pero también la inocencia y la empatía: la infancia, la búsqueda del sosiego, la mirada hacia la vida a través de un cielo encuadrado en la ventana de una prisión.
El libro contiene también un constante diálogo entre el autor y sus influencias. Más allá de las personas con las que tuvo contacto, recuerda los escritores y las obras que le han acompañado en cada momento de su vida. Menciona ideas que absorbió de Rousseau o Montesquieu; resistentes como René Char; ideólogos como Marx o Lenin y filósofos como Althusser e, incluso, Erich Fromm.
Una biblioteca en la cárcel
En la cárcel de Kenitra, los presos políticos que procedían de Derb Mulay Cherif vivieron con una sensación de relativa libertad. Se les concedió el derecho a escribir, aunque no libremente. También se establecieron estrategias secretas para alcanzar la comunicación con el exterior que se detallan en algunos pasajes.
Su activismo seguía vivo, por lo que siguieron cultivando su pensamiento político y cultural. Serifi-Villar cuenta que mediante estrategias de protesta como huelgas de hambre y la ayuda de la colaboración internacional mediante Amnistía Internacional y otras asociaciones de derechos humanos, prensa, sindicatos y familiares, consiguieron presionar a la Administración Penitenciaria para obtener libros.
ESTÁBAMOS HAMBRIENTOS DE CONOCIMIENTO, DE ESA HAMBRUNA VORAZ QUE DELATABA NUESTRA IGNORANCIA DE LAS REALIDADES QUE QUERÍAMOS CAMBIAR
Los últimos presos políticos de Kenitra cultivaron «una de las bibliotecas más ricas del país», a través de la cual se impregnaron del conocimiento de las realidades de sus pueblos: la cuestión palestina, el origen del nacionalismo o el pensamiento contemporáneo árabes. Mediante la cultura pudieron mantener esa esencia de la humanidad que se va perdiendo, dice el autor, poco a poco en el presidio.


