En una época en la que tenemos contenido audiovisual infinito a la carta, ¿dónde queda hueco para una cultura compartida?
Parece ser que llegar a casa los viernes, sabiendo que te estaba esperando un sándwich de chocolate junto a un episodio especial de Disney Channel, es ya una cosa del pasado. Podríamos decir, incluso, que se trata de un acto revolucionario, un acto de culto porque, hoy en día, en el auge de las plataformas digitales, ya nadie practica el arte de la espera.
A pesar de que la Generación Z estamos —casi inevitablemente— sumergidos en un mundo online, es posible que fuéramos los últimos supervivientes del fin de una era. Cuando éramos niños nos memorizábamos la guía televisiva de nuestros canales favoritos, para así saber cuándo podríamos ver a nuestros personajes favoritos en pantalla.
Existía una cultura compartida, un universo común a todos nosotros. Había cierto confort en saber que esa misma serie que estabas viendo tú, probablemente la estaría viendo simultáneamente tu amigo. Y después la comentaríais juntos, creando un espacio común.
Hoy, con decenas de plataformas donde elegir y miles de series y películas entre las que seleccionar cuál verás esa tarde, no hay tiempo para ese universo común. Los niños ya no hablan de sus dibujos favoritos en los recreos. Ahora, cada uno tiene su propia cultura individual.
Siendo sinceros —que no melindrosos— es algo verdaderamente triste. La cultura es más bonita cuando es compartida. Y habrá que aceptarlo, la televisión, tal y como la conocemos, está muriéndose, y ya no tan lentamente.
Además de esta pérdida, el cambio en nuestra manera de consumir la cultura ha generado que vivamos en una constante sobreestimulación de la vida, donde ya nada nos satisface. Una vez leí un tweet que decía que, antes, ir al cine suponía el mayor momento de explosión de estímulos que ibas a tener en todo el día, mientras que ahora es el único lugar en el que existe una pausa ante esa sobre estimulación.
Vivimos en un mundo que, a medida que ha crecido en opciones, ha aumentado también en agotamiento. Ya nada parece ser especial. Todo consumo es un intento de evasión de la realidad, en vez de una forma distinta de conectar con la misma. Y puede que ahí esté el problema: que todo es consumo y no una experiencia.
Cuando mis padres me decían que no es lo mismo una foto en el móvil a esperar pacientemente al carrete de tu cámara analógica, pensé que era una exageración. Para qué esperar teniendo una cámara en tu bolsillo en todo momento. Luego llegó el día en que recogí por primera vez el carrete de las fotos de un viaje. Un carrete del que un cuarto de las fotos habían salido en negro, pero que se sintió como si hubieran venido los Reyes Magos.


